Un incendio declarado en la conocida como atalaya de Alcalá de Gurrea se ha extendido por el viento procedente del Moncayo hasta el término municipal de Lupiñén, con campos todavía por cosechar, y ha calcinado cien hectáreas.
Una de las causas fundamentales de que la cosa no haya ido a más ha sido la rápida intervención de los primeros que llegan siempre a los incendios: los propios agricultores que acuden para contribuir a controlar el fuego con sus manos y con sus maquinarias para proteger sus propios recursos y los generales. Ese instinto arraigado desde lo más profundo de los tiempos que contribuye a la contención de los incendios.
Esas manos valerosas han permitido ganar el tiempo preciso para la llegada de las fuerzas oficiales, las brigadas forestales, los bomberos procedentes del Parque de Huesca y dos helicópteros de Infoar con sus grandes bolsas de agua que han podido rellenar en el embalse próximo para apagar el fuego rápidamente.
Un trabajo en equipo con los arietes que son los hombres y mujeres del campo luego secundados y liderados por los profesionales. Y un cierto aviso de que entramos en tiempos de complejidad forestal.
