Javier Martínez Tabernero ha cambiado el campo de fútbol por los juzgados. El joven oscense, que llegó a debutar con el primer equipo de Osasuna, ejerce desde febrero como juez titular en Ejea de los Caballeros, su primer destino en la carrera judicial. Entre una etapa y otra hay años de fútbol, estudios, lesiones y una oposición que comenzó apenas un mes después de disputar su último partido. Ahora, en sus primeros meses como juez, instruye además la investigación de un crimen cuyos restos aparecieron en el embalse de Yesa, un caso que, por su complejidad y por la responsabilidad que entraña, ha marcado hasta el momento su experiencia en la judicatura: "Nos pagan por la responsabilidad, por decidir. Para mí, lo bonito es estar en casos así".
Su relación con el fútbol comenzó mucho antes de que apareciera la posibilidad de convertirlo en una profesión. Desde niño destacó en los campos de Huesca y pasó por la EFO, la Escuela de Fútbol Oscense, antes de incorporarse al Peñas Oscenses. A los 12 años ya formaba parte de su estructura y fue allí donde terminó de hacerse visible un talento que venía apuntando desde las categorías inferiores.
A los 14 años, aquella progresión le llevó hasta Pamplona. Osasuna se fijó en él y lo incorporó a su cantera. Para Javier supuso dejar Huesca y trasladarse a una ciudad en la que la actividad deportiva iba a ocupar una parte esencial de su vida durante los siguientes años. Entre los 14 y los 19 permaneció ligado al club navarro, avanzó por su estructura hasta llegar a Osasuna Promesas y disputó incluso dos partidos con el primer equipo.
Los horarios de aquella etapa dejaban poco margen para la improvisación. Las mañanas estaban dedicadas a la preparación física y las tardes, a los estudios. Antes de llegar a la universidad había cursado el Bachillerato Tecnológico nocturno en Plaza de la Cruz y su primera intención había sido estudiar Ingeniería Mecánica. El horario de esa carrera no encajaba con las sesiones matutinas. Fue su padre quien le planteó otra posibilidad, Derecho, y Javier acabó matriculándose en la Universidad Pública de Navarra, con clases por las tardes.
Aquella elección, adoptada inicialmente para poder conciliar las obligaciones académicas con la competición, fue adquiriendo entidad propia. "Cuando me metí en Derecho, la verdad es que me gustó. Iba a clase y lo disfrutaba, y ahí empezó a germinar un poco el deseo de ser juez. Pero estaba enfocado en el fútbol y lo veía muy difícil, porque si quería seguir jugando no podía afrontar una oposición de ese calibre".
Después de su etapa en Osasuna, la carrera continuó lejos de Pamplona. Javier pasó por el filial del Lugo, en Cerceda, siguió en el Izarra de Estella y posteriormente llegó al Real Unión de Irún. Había alcanzado un nivel en el que dedicarse profesionalmente al fútbol constituía una posibilidad concreta y aquella opción seguía ocupando un lugar central en sus planes.
Las lesiones habían aparecido desde sus primeros años y fueron acompañando su trayectoria a medida que avanzaba por distintas categorías. Después de debutar en Segunda División, Javier recuerda aquel momento con una percepción muy concreta. "Vi que la gente iba a un nivel físico y yo me veía por debajo; no aguantaba ese ritmo".
En sus seis temporadas en Segunda B buscó soluciones con fisioterapeutas, nutricionistas y médicos, además de recurrir a plantillas y modificar sus rutinas de preparación. Los problemas musculares le afectaban especialmente a isquiotibiales y gemelos. Los tres últimos cursos transcurrieron en el Real Unión de Irún, donde los periodos de recuperación se sucedieron mientras trataba de mantenerse en competición. "Llevo tres años matándome y no aguanto dos partidos", pensó, y a los 23 años decidió dejar el fútbol.

En diciembre de 2020 disputó su último partido. Apenas un mes después comenzó la oposición a juez. La decisión no suponía empezar una vida completamente distinta desde cero, porque la idea de la judicatura llevaba tiempo creciendo mientras estudiaba Derecho y se acercaba a los tribunales. Ahora había llegado el momento de convertirla en una profesión: "A los 23 años pensé que el momento de ser juez era ahora. Si me iba a dejar el fútbol a los 30 y me ponía entonces a opositar, podía estar años hasta aprobar".
El cambio de rutina fue radical. De entrenar seis días a la semana durante toda la mañana pasó a estudiar alrededor de 14 horas diarias durante tres años. La oposición ocupó prácticamente todo su tiempo y tuvo también una consecuencia física: perdió 13 kilos. La exigencia era distinta, pero Javier encontró una diferencia evidente respecto a los años anteriores: "Estudiar 14 horas era duro, pero al menos aquí no me lesiono".
En enero de 2021 comenzó la preparación y en noviembre de 2023 aprobó la oposición a juez. Ese mismo año había superado también las pruebas para letrado de la Administración de Justicia, una vía profesional distinta dentro de los tribunales. Finalmente eligió la judicatura, la opción hacia la que se había ido inclinando durante los años anteriores.
Superar la oposición tampoco cerraba el proceso de formación. Javier tuvo que completar un año en la Escuela Judicial de Barcelona, donde profundizó en los conocimientos adquiridos durante la preparación y compartió formación con otros aspirantes que habían atravesado un recorrido similar. Después de tres, cinco o incluso más años de estudio para algunos de sus compañeros, aquella nueva etapa podía hacerse larga, aunque el contacto con otros opositores introducía una experiencia diferente después de tantos años de preparación individual.
A la Escuela Judicial siguieron seis meses de prácticas en distintos órganos, con dos meses en cada una de las jurisdicciones por las que pasó: civil, instrucción, contencioso-administrativa y social. Bajo la supervisión de un juez tutor pudo conocer procedimientos y materias diversas. Durante ese periodo todavía no podía firmar sentencias y su actividad estaba sometida a evaluación.
Después llegó su primera experiencia jurisdiccional como juez en los juzgados civiles de Zaragoza, donde permaneció otros seis meses en un destino provisional. Allí comenzó a dictar resoluciones y llegó la primera sentencia con su firma, un momento que condensaba los años de preparación que habían quedado atrás: "Al menos todo el esfuerzo, todas las horas, todo el sacrificio, valió para algo".

EJEA Y EL CRIMEN DE YESA
El destino definitivo se decidió por el orden de nota obtenido en la oposición. Javier quería permanecer en Aragón, pero las posibilidades eran reducidas. En su promoción solo había una plaza en la comunidad, la de Ejea de los Caballeros, mientras que muchas de las opciones para los nuevos jueces se concentraban en Cataluña. La elección le permitió continuar viviendo en Huesca y evitar el traslado fuera de Aragón. "Cuando vi que había salido Ejea y que podía quedarme en Aragón, fue una alegría".
Desde febrero, se desplaza cada día desde Huesca hasta Ejea. El trayecto dura unos 50 minutos y forma parte de una rutina que le permite mantener su residencia en la capital oscense. El puesto tampoco ha resultado exactamente como se lo habían descrito antes de incorporarse. Esperaba un destino tranquilo y se ha encontrado con una actividad mayor de la prevista.
En Zaragoza había trabajado exclusivamente en civil y había encontrado asuntos de gran complejidad, pero durante seis meses podía profundizar en una misma jurisdicción. En su actual destino, la casuística cambia continuamente y aparecen cuestiones que van desde los conflictos familiares hasta los procedimientos penales o las disputas por los límites de una propiedad agrícola. "En Ejea eres juez de civil y juez de instrucción, tienes que estar a todo. Un día tienes un divorcio, al siguiente estás tomando una declaración penal, otro día tienes un juicio por delito leve y otro estás tomando declaración a una persona para su ingreso en prisión".
El funcionamiento de un juzgado pequeño también implica una participación más amplia en la actividad cotidiana. Hay menos funcionarios y el trabajo del juez no termina en la resolución de los procedimientos. La dimensión práctica del órgano forma parte de una experiencia profesional que Javier todavía está descubriendo.
Entre los asuntos que han llegado a su mesa está la instrucción relacionada con Yesa, sometida a secreto de sumario. Por las propias características de la investigación no puede facilitar detalles de las diligencias, aunque sí valora el trabajo realizado por la Guardia Civil. Para él, además, la responsabilidad asociada a un caso de estas características forma parte de la razón por la que decidió dedicarse a la judicatura: "Cuando llevas solo seis meses en un destino, un caso así da un poco más de respeto, pero la instrucción la he disfrutado mucho. Desde el punto de vista profesional ha sido gratificante y la Guardia Civil ha hecho un trabajo excepcional".
SERVICIO PÚBLICO
Cuando comenzó a preparar la oposición, el Derecho penal era el ámbito que más le atraía. Su paso posterior por la jurisdicción civil en Zaragoza cambió ese equilibrio y le permitió descubrir que también se encontraba cómodo en esa materia. Ahora no establece una preferencia clara. La instrucción le interesa por la investigación, las diligencias y el trabajo con la policía, mientras que la experiencia adquirida en Zaragoza le ha dado seguridad en el ámbito civil.
Más allá de las materias jurídicas, Javier ha encontrado en los primeros meses de ejercicio una dimensión de la judicatura que no había conocido de la misma manera durante su formación. Entiende el trabajo en los juzgados pequeños como un servicio público, especialmente cuando llegan situaciones que exceden de un conflicto estrictamente jurídico.
En Ejea se encuentra con personas que acuden a los tribunales por problemas relacionados también con la discapacidad o la exclusión social, situaciones para las que otros ámbitos de la sociedad no siempre ofrecen una respuesta. La relación con quienes acuden al juzgado es, además, más directa que en un órgano de una ciudad grande. "Muchas veces la problemática jurídica está clara, pero la gente quiere que la escuches. En Ejea, como es un juzgado pequeño, el trato con el juez es más cercano. Aunque, al final, eres el juez, tienes que decidir y tampoco puedes hacer de psicólogo".
Ese contacto con el ciudadano ha terminado ocupando un lugar importante en su manera de entender el oficio. La resolución judicial tiene un contenido jurídico concreto, pero detrás de cada procedimiento hay una persona que espera una respuesta. "Al final, ver que ayudas a la gente, es muy bonito".
Han pasado pocos años desde que dejó el fútbol, aunque ahora disfruta en las filas del Almudévar. Entre aquella decisión y su llegada a Ejea quedaron una carrera universitaria, tres años de lesiones, una oposición de tres años, la Escuela Judicial, las prácticas y sus primeros meses de ejercicio. Ahora, en su primer destino, Javier Martínez Tabernero afronta una profesión que ya no conoce desde los libros, sino desde la responsabilidad diaria de decidir.