Multitudinaria despedida de Castejón de Sos a José Manuel Abad: "Salió al monte... y se encontró con su nueva Casa"

Emocionante y sobrecogedora homilía del obispo Ángel Pérez Pueyo en una abarrotada iglesia con centenares de personas en el exterior

08 de Octubre de 2026
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Exterior de la iglesia de Castejón de Sos
Exterior de la iglesia de Castejón de Sos

La Parroquia de San Sebastián de Castejón de Sos se ha quedado diminuta para despedir a José Manuel Abad Saura, el alcalde que ha dedicado quince años al progreso de su pueblo y que no sólo ha dejado una hoja de servicios sobresaliente, sino que sobre todo ha legado una manera de ser, una forma de hacer, una huella humana imborrable.

El exterior del templo estaba tan concurrido, si no más, que el interior. No por falta de voluntad de ingresar para la a la vez íntima y multitudinaria despedida al servidor público, sino por la imposibilidad de ensanchar más el espacio. El sentimiento de duelo acompañaba la intención irreductible de acompañar a Margarita, la esposa del finado, las hijas Berta y María y su madre, Marisú. Vecinos y autoridades presentes, como el presidente de la Diputación Provincial de Huesca, Isaac Claver, junto a ediles del valle y de la provincia, además de compañeros de partido.

En el oficio trascendental, el obispo de Barbastro-Monzón, Ángel Pérez Pueyo, que después del abrazo de la palabra a los familiares, la corporación municipal, las autoridades, compañeros de trabajo y amigos y vecinos, afirmaba sobrecogido: "Desde ayer, el valle parece haber enmudecido al conocer la noticia de su partida".

Monseñor Pérez Pueyo recordaba las últimas horas del alcalde. "José Manuel salió al monte como tantas otras veces. A respirar el aire del Pirineo, que formaba parte de su vida. A caminar por una tierra que conocía y quería. Nadie podía imaginar que aquel iba a ser su último camino. La muerte, a veces, es así de cruel: no llama, no avisa, no pide permiso. Irrumpe".

En unos segundos, agregaba el prelado, la muerte deja "una silla vacía, una familia rota y un pueblo que se siente huérfano". Y, en el centro de todo, una esposa, dos hijas jóvenes, una familia, un hotel, un ayuntamiento y muchos proyectos que afrontaba en sus 53 pletóricos años.

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No ha querido el pastor "explicar lo inexplicable" ni "ofrecer respuestas fáciles ante una muerte así". Sólo ha venido, "sencillamente, a estar con vosotros. A abrazar vuestro desconcierto y vuestro llanto. Y a abrazarme, con vosotros, a la cruz de Cristo". En ese gesto, ha colocado junto al féretro una sola palabra del Evangelio: "CASA". Ha parafraseado a Jesucristo cuando explicaba que "en la casa del Padre hay muchas moradas... Me voy a preparaos un lugar".

José Manuel Abad, en el Hotel Pirineos, conocía perfectamente todo el sentido de abrir una puerta, porque abrió muchas desde este valle donde nació y echó raíces, donde absorbió nombres, historias, problemas y esperanzas, en español y en patués. "Todos lo apreciaban como profesional. Pero, sobre todo, lo quisieron como persona. Cercano. Pendiente de los demás. Dispuesto a echar una mano a quien lo necesitara. Quizá esta sea una de las claves para comprender por qué lo eligieron como alcalde: José Manuel no se hizo cercano porque fuera alcalde; llegó a ser alcalde porque ya era cercano y servicial. Y, con él, Castejón creció".

Como ser humano pirenaico, conoce el trabajo para que un pueblo no se vacíe. "Pero quizá su obra más importante no pueda inaugurarse ni llevar una placa con su nombre. Su obra más hermosa fueron las personas. Porque hay alcaldes que administran municipios. Y hay otros que hacen pueblo. Y hacer pueblo comienza por algo tan sencillo y tan difícil como querer a la gente. Por eso, desde ayer, Castejón se siente un poco huérfano. No solo habéis perdido a vuestro alcalde. Habéis perdido a uno de los vuestros".

Ha aflorado a la memoria de Ángel Pérez Pueyo la fiesta del Pilar de hace dos años. "Lo recuerdo como un vecino más. Delante de la Virgen. Bailando vuestro tradicional baile del pañuelo. ¡Qué hermosa fotografía para guardar hoy en el corazón! El alcalde mezclado con su pueblo. Sin distancias. Sin privilegios. Un vecino entre sus vecinos, bailando ante la Virgen una tradición que recibisteis de vuestros mayores y que entregaréis a vuestros hijos".

Esta danza estará ayuna de su alcalde de tres lustros, porque "ha cambiado de corro. Su pañuelo ha quedado, de alguna manera, suspendido en el aire. Y me gusta imaginar que lo recogerá la Madre. Aquella Virgen ante la que tantas veces bailó será ahora quien lo tome de la mano y lo conduzca hasta su Hijo".

Y el Hijo ejercerá de anfitrión. "será Él quien le diga: "Pasa, José Manuel. Ahora eres tú el huésped. Entra. Esta es tu nueva Casa. Tu morada definitiva".

Una invitación a Margarita, Berta y María, consciente de que hay vacíos que no se pueden llenar, "sólo pueden abrazarse. Pero todo lo vivido juntos, todo lo amado, todo lo construido, todos los días compartidos, no los puede borrar un instante. Nada del amor que José Manuel os dio se ha perdido. Nada de lo que hizo por Castejón se ha perdido. Nada de su hospitalidad se ha perdido. Nada de su servicio se ha perdido. Nada de aquel compañero, esposo, padre, amigo, hotelero, alcalde y vecino que conocisteis y quisisteis se ha perdido. Solo ha cambiado de Casa".

Una petición al finado para el reencuentro. "Deja entreabierta la puerta de tu nueva Casa. Me encantará que seas tú quien me reciba cuando también a mí me llegue la hora de regresar definitivamente a CASA". Viene a llamarse una reserva sin fecha y siempre en temporada alta.

Sobrecogidos, los feligreses mantenían un silencio respetuoso. El último adiós a José Manuel Abad ha resultado triste pero hermoso. Doloroso y reconfortante. Parecen dicotomías, pero son confluencias. Todo concurre en el amor de su pueblo al alcalde y, especialmente, a la persona.

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