Mi amigo Pablo siempre ha esgrimido una solución que sería eficaz para la infausta costumbre de echar la ceniza de los cigarros en las tazas de café: que cuando el susodicho pida una segunda consumición, el camarero sirva el café en el plato. Los equilibrios serían dignos de ser grabados.
Algo similar sucede con la invasión de carriles-bici en los entornos de los colegios por coches que acuden a llevar a los niños. ¡Con lo sano y hasta cardiosaludable que es ir andando! ¡Con el buen ejemplo que representa la puntualidad y la previsión para no tener que coger el vehículo y dejar la correspondiente huella de carbono! Sucede, empero, que los ciclistas se encuentran con su espacio reservado pletórico de automóviles que acaparan las dos direcciones, de ida y vuelta, con la correspondiente obligación de facto de invadir, ora la acera, ora la calzada preparada para los coches. Esta imagen remitida por María Ángel es enormemente expresiva. Detrás de ese bonito Mercedes, se aprecia que hay otros detrás. Clausurado el carril-bici.
Una de las bases de la convivencia es el respeto de los espacios. El efecto contrario es el caos, la anarquía indeseada, la entropía y, finalmente, el conflicto. Y vivir en medio del conflicto afea el rostro humano del urbanismo. Podrán aducir que son unos minutos (siempre se prolongan), pero no hay nada que no se pueda solucionar con planificación. Y, si no, "receta" al canto.