Carlos López-Otín ha encontrado en la historia de Sami Basso, el joven italiano al que la ciencia permitió vivir varios años más de lo que auguraba su enfermedad, el motivo para escribir La eternidad y un día más. El catedrático de Bioquímica y Biología Molecular relata en su nuevo libro una relación que comenzó cuando Sami tenía 12 años y se prolongó durante más de quince. Afectado por el síndrome de Hutchinson-Gilford, una forma extraordinariamente rara de envejecimiento prematuro, el muchacho tenía una esperanza de vida que apenas alcanzaba los 12 o 13 años. Sin embargo, los avances de la ciencia y la medicina consiguieron prolongarla hasta los 19. Ese tiempo adicional inspiró el título de una obra que reconstruye el vínculo entre ambos.
En una entrevista concedida este domingo a Julia Otero en Julia en la onda, de Onda Cero, el investigador ha repasado las vivencias que han dado forma al libro. Su primer encuentro con Sami tuvo lugar en un congreso científico en Boston. Después de presentar sus investigaciones con ratones modificados genéticamente para reproducir la enfermedad, un niño de aspecto anciano se acercó al estrado para despedirse: estaba a punto de cumplir 13 años y creía que no llegaría al siguiente congreso. Antes de marcharse, pidió al científico que continuara trabajando para quienes vendrían detrás. López-Otín ha recordado aquel momento como una experiencia sobrecogedora que no pudo olvidar al regresar a Asturias.
La relación evolucionó hasta convertir al joven en alumno y colaborador del investigador. Ambos establecieron clases a distancia los domingos, Sami cursó la universidad con excelentes calificaciones y realizó su tesis de grado en el laboratorio asturiano. López-Otín ha explicado que terminó siendo un maestro para él y ha recordado el significado de la expresión japonesa sensei, que designa a quien ha recorrido más camino y puede enseñar a los demás. La obra recupera también la historia de Néstor Martín Ortega, un joven de Gran Canaria diagnosticado con una variante extremadamente rara que, junto a otro paciente llamado Guillermo, dio nombre al síndrome de Néstor-Guillermo. El científico eligió los nombres de ambos afectados para denominar la enfermedad, en lugar de utilizar su propio apellido como han hecho otros.
El libro incorpora asimismo recuerdos de la infancia del científico. "Mi vida ha sido un viaje al centro del conocimiento desde que me subí a aquel tren en Sabiñánigo". El manuscrito, que terminó el 2 de mayo, está dedicado a sus hijos, Daniel y Laura. Durante la conversación, el investigador ha confesado que considera esta su última publicación: "Creo que con este libro ya he escrito todo lo que tenía que escribir".
La educación constituye otro de los grandes asuntos de la conversación. López-Otín ha distinguido entre enseñar, una tarea que requiere conocimiento y trabajo, y educar, que considera un arte porque implica ayudar a cada persona a desarrollar lo mejor de sí misma. También ha defendido que la investigación debe mantener siempre una finalidad humana: "Un descubrimiento no sirve de nada si no contribuye a mejorar la humanidad".
Frente a la aspiración de alcanzar la inmortalidad, que considera arrogante y narcisista, ha reivindicado una ciencia orientada a comprender los mecanismos de la vida y mejorar las condiciones de quienes padecen enfermedades. La historia de Sami da rostro a esa convicción.