Más de 500 mujeres llegaron a formar parte del Lyceum Club Femenino de Madrid, una asociación nacida en 1926 para abrir espacios de cultura, creación y debate en una sociedad que todavía discutía la capacidad intelectual y la autonomía de las mujeres. Ese es el punto de partida de El club de las modernas, el ensayo con el que Eva Cosculluela reconstruye una historia que abarca desde la reforma de las leyes hasta la creación de una guardería para hijos de trabajadoras, la producción de libros en Braille y el impulso de nuevas escritoras.
La autora presentó este viernes, 25 de septiembre, su investigación en la Librería Anónima de Huesca, en una conversación con la profesora Charo Ochoa. Desde el público, Pilar Torres aportó además su experiencia sobre la formación y el acceso a la lectura de las personas ciegas.
El acto comenzó con un breve teatrillo y la lectura de poemas de Angélica Morales, que encarnó la figura de Concha Méndez.
Charo Ochoa destacó de la escritora su trayectoria como crítica literaria y gestora cultural, así como su vinculación con el feminismo y la literatura. Recordó su etapa al frente, junto a su marido, de la librería zaragozana Los Portadores de Sueños, convertida durante años en un referente de la actividad cultural y literaria, y su trabajo como coordinadora del Club de Lecturas Feministas de la Universidad de Zaragoza. También mencionó su participación como jurado del Premio Tusquets de Novela.

Charo Ochoa situó El club de las modernas en el contexto de una serie de iniciativas y conmemoraciones vinculadas a la recuperación de la memoria histórica de las mujeres. En ese recorrido mencionó los aniversarios de la Residencia de Señoritas, Emilia Pardo Bazán y Carmen Martín Gaite, además del 250.º aniversario del nacimiento de Jane Austen y otros hitos relacionados con la historia del feminismo. También presentó la trayectoria de Cosculluela como crítica literaria, gestora cultural y coordinadora del Club de Lecturas Feministas de la Universidad de Zaragoza.
Eva Cosculluela explicó que el origen de su investigación estuvo en 2015, cuando acudió a la exposición Mujeres en vanguardia, en la Residencia de Estudiantes. A partir de aquel momento comenzó un trabajo que se ha prolongado durante una década y que ha dado lugar a un ensayo que ya alcanza su cuarta edición. La autora ha recurrido a documentación, correspondencia y archivos para reconstruir la historia de aquellas mujeres.
Durante la conversación se explicó qué diferenciaba al Lyceum de otras iniciativas femeninas de aquellos años, como la Residencia de Señoritas, el Instituto Internacional, la Junta para Ampliación de Estudios o el Instituto Escuela. Mientras estas entidades tenían una orientación principalmente educativa, académica o asistencial, el Lyceum se constituyó como una asociación cultural privada, dedicada a la creación, el arte y la cultura. Su propósito quedó resumido durante el acto con una expresión especialmente significativa: “adelantar el reloj de España” y, con él, el de los derechos de las mujeres.

El contexto intelectual también ocupó un lugar destacado en la conversación. Olympe de Gouges, Mary Wollstonecraft, Josefa Amar y Borbón, Inés Joyes y Blake, Concepción Arenal y Emilia Pardo Bazán forman parte de la genealogía que conduce hasta las integrantes del Lyceum. Frente a sus reivindicaciones aparecieron teorías que pretendían justificar la desigualdad mediante diferencias biológicas o intelectuales. Cosculluela se detuvo en La inferioridad mental de la mujer, de Paul Julius Moebius, y en las anotaciones con las que Carmen de Burgos cuestionó el contenido de su traducción. También abordó las posiciones de José Ortega y Gasset y Gregorio Marañón sobre las capacidades intelectuales de las mujeres.
De ahí procede una expresión central en el libro: “Feministas de acción”. Cosculluela explicó que algunas mujeres evitaban identificarse públicamente como feministas por la descalificación social que sufría el término, pero desarrollaron una actividad que se plasmó en derechos, proyectos y cambios concretos. Carmen de Burgos, que defendió el divorcio y desarrolló una trayectoria profesional independiente, es uno de los ejemplos que recorre el ensayo, junto a María de Maeztu, Victoria Kent, Clara Campoamor y María Lejárraga.
La propia fundación del Lyceum estuvo marcada por debates. María Martos impulsó las reuniones preparatorias, inspiradas en el Liceum Club de Londres, y entre el grupo fundador estuvieron María de Maeztu, Carmen Baroja, Victoria Kent, Pilar de Zubiaurre, María Rodrigo, Isabel Oyarzábal y Ernestina de Champourcín. La presencia masculina fue una de las primeras cuestiones discutidas. Victoria Kent defendía una mayor apertura, mientras Martos y Baroja querían preservar un espacio propio para las mujeres. Finalmente, los hombres pudieron acceder al salón de té y a las conferencias acompañados por una socia y previo pago, una fórmula que también contribuyó a financiar la asociación.
La entidad tuvo que sostenerse con recursos propios. Las socias aportaron fondos y bienes para mantener la sede de la Casa de las Siete Chimeneas, en la calle Infantas de Madrid. Pilar de Zubiaurre cedió cuadros de sus hermanos, los pintores Valentín y Ramón de Zubiaurre, mientras Carmen Monné y Ricardo Baroja facilitaron el teatro de cámara El Mirlo Blanco. Allí se celebraron cuatro funciones con la participación de Ramón María del Valle-Inclán, Miguel de Unamuno, Cipriano Rivas Cherif, Isabel Oyarzábal, Josefina Blanco y Concha Méndez, entre otros. Las representaciones recaudaron 4.000 pesetas para acondicionar la sede, inaugurada oficialmente el 4 de noviembre de 1926 con una exposición de Elena y María Sorolla.

Dos meses después de la inauguración llegó una de las actuaciones más relevantes del club: la intervención en la reforma de la legislación. En enero de 1927, la Sección Jurídica presentó once propuestas ante la Comisión de Códigos. Clara Campoamor, Victoria Kent y Matilde Huici reclamaron modificaciones en unas normas que mantenían a las mujeres en una posición de dependencia. Entre ellas figuraba el artículo 438 del Código Penal, que establecía un tratamiento penal específico para determinados delitos cometidos por el marido contra su esposa. También cuestionaron disposiciones del Código Civil que exigían autorización marital para trabajar, ejercer el comercio o administrar determinados bienes y que establecían la obediencia de la esposa al marido.
La investigación dedica otro de sus capítulos a la Casa de los Niños, instalada en el barrio madrileño de Cuatro Caminos. La enfermera Consuelo Bastos dirigió este centro destinado a las familias trabajadoras, con un horario de ocho de la mañana a ocho de la tarde, tres comidas diarias, vacunación, atención médica y actividades al aire libre. El edificio fue diseñado por Ignacio de Cárdenas, arquitecto del edificio de Telefónica. Las fichas conservadas de las familias atendidas permiten conocer también las condiciones de pobreza de algunas madres y sus hijos.
En aquella guardería participó también Elena Fortún, formada en biblioteconomía en el entorno del club y vinculada a la llamada hora del cuento. Sus anotaciones sobre el lenguaje infantil llegaron a María Lejárraga, que facilitó su publicación en Gente Menuda, el suplemento de ABC. De ahí surgió Celia, uno de los personajes fundamentales de la literatura infantil española. Cosculluela abordó asimismo la trayectoria de Fortún durante el exilio y la dimensión autobiográfica de Oculto sendero.
Otro de los proyectos recuperados en el libro es el Comité del Libro para el Ciego, coordinado por Mercedes Rodrigo. Las integrantes del Lyceum colaboraron con copistas ciegas en la transcripción de libros al sistema Braille y consiguieron un espacio en la Biblioteca Nacional. El comité impulsó además cursos de masajistas y fisioterapia para personas ciegas, con el propósito de facilitarles una profesión. Durante el acto, Pilar, asistente con discapacidad visual, confirmó algunos de los datos expuestos y explicó la evolución de las herramientas utilizadas para escribir Braille, desde la pauta y el punzón hasta las máquinas mecánicas y la tecnología digital.
Uno de los hallazgos fundamentales de la investigación fue la recuperación del archivo del Lyceum. Durante años se dio por perdido tras la Guerra Civil, pero Pilar de Zubiaurre consiguió llevar parte de la documentación al exilio mexicano. Cosculluela siguió su pista hasta Garay, en Vizcaya, donde la nieta de Zubiaurre conservaba el fondo familiar. Allí encontró un censo manuscrito elaborado por Pilar de Zubiaurre y Ernestina de Champourcín que amplió de forma sustancial el número conocido de integrantes: frente al centenar manejado anteriormente, el documento registra más de 500 mujeres. El manuscrito presenta además dos lagunas, ya que faltan los legajos correspondientes a las letras A y M.
Angélica Morales abrió y cerró la presentación con poesía, con textos de Josefina de la Torre y Ernestina de Champourcín. Su intervención acompañó un encuentro que permitió recorrer la historia del club desde sus debates intelectuales hasta sus iniciativas jurídicas, educativas y culturales. El libro está dedicado por Eva Cosculluela a la memoria de su madre.