La capilla del Monasterio de la Inmaculada de las Hermanas Clarisas de Monzón ha acogido el 4 de agosto un concierto extraordinario dentro de los actos conmemorativos del VIII Centenario del Tránsito de San Francisco de Asís, propiciando una fusión entre la música y la oración..
El obispo de Barbastro-Monzón, monseñor Ángel Pérez Pueyo, invitaba a los asistentes a comprender que no se encontraban ante un recital al uso. Explicó, tal y como refleja Iglesia en Aragón, el sentido de esta propuesta musical, que no es otro que el centenario y la dinámica que acompañaría toda la celebración: una breve introducción antes de cada pieza para descubrir el contexto espiritual de los textos franciscanos y, sobre todo, una petición poco habitual en nuestros tiempos: guardar los aplausos hasta el final.
El motivo era sencillo y profundo. Si, como recuerda la tradición cristiana, "quien canta reza dos veces", aquella tarde cada interpretación debía ser acogida como una oración compartida y no como una actuación interrumpida por el aplauso. Sin distracciones respecto a lo nuclear.
Un piano, un violín y dos voces pusieron color musical a las enseñanzas de San Francisco que se hicieran presentes en la capilla. Cristina, al piano y poniendo voz a las composiciones, Rafa, al violín, y Antonio, completando el dúo vocal, vehicularon un recorrido espiritual de enorme delicadeza.
Abrazados por los sonidos, los bancos completamente ocupados y las sillas supletorias también llenas, con lo que se hizo realidad aquella intuición del propio santo de Asís: "Predicad el Evangelio y, si es necesario, utilizad las palabras".

Nueve piezas inspiradas directamente en los escritos y oraciones de San Francisco por los grandes ejes de su experiencia creyente. Desde la adoración a Cristo -Te adoramos, Santísimo Señor Jesucristo- hasta la oración ante el Crucificado de San Damián; desde las alabanzas al Dios Altísimo y la contemplación de la creación en el Cántico de las Criaturas, hasta la profunda devoción eucarística del Pobrecillo de Asís.
Cada composición fue construyendo un auténtico itinerario interior en el que la música parecía convertirse en una escalera directa hacia el cielo y las palabras conmovían.
El concierto avanzó serenamente, respetando el silencio entre las piezas como parte inseparable de la propia música. En una sociedad acostumbrada al ruido permanente, ese silencio terminó siendo también una forma de oración.
El broche final llegó con una de las páginas más conocidas del legado franciscano: "Hazme, Señor, instrumento de tu paz". En esta última interpretación se unieron también las Hermanas Clarisas, felices y radiantes de seguir haciendo presente a Jesucristo vivo a través del carisma de San Francisco y de una música convertida en plegaria.
Cuando el último acorde se apagó y el silencio terminó de decir lo que la música había comenzado, la capilla estalló en un largo y emocionado aplauso. No era solo un reconocimiento a los intérpretes. Era el agradecimiento de toda una asamblea tras experimentar que, "cuando la belleza nace de la fe, deja de ser únicamente arte para convertirse en camino hacia Dios". Y una conclusión: a las atribuciones virtuosas al arte de la música, se sumó su capacidad de orar.