Frotar dos palos o hacer uso del sílex, con diferentes variaciones, fue la forma de encender el fuego desde la prehistoria, hasta que, en Inglaterra el año de 1781, un químico y farmacéutico de profesión descubría de forma casual al tratar de crear un nuevo explosivo mezclando algunos productos químicos como sulfato de antimonio, clorato de potasio, goma, almidón y azúcar en un mortero y removiendo con un palo, que, al dejar de mover la mezcla comprobaba como en la punta de éste quedaba residuo sólido adherido, y rascándolo en el suelo, la sorpresa fue que prendió una llama. Así de forma sencilla este hombre llamado John Walker, había inventado la cerilla. Por ello, siguió trabajando y presentó su descubrimiento en Londres, donde Samuel Jones, viendo el potencial que había en este producto o sistema, lo patentó como “Cerillas Lucifer” o “lucíferos”, y comenzó seguidamente a vender unos palillos impregnados de clorato potásico, azufre y azúcar que producía la combustión.
Como negocio comenzó a ser rentable porque, además de la ventaja que suponía el encendido del hogar, ayudó considerablemente a la venta y consumo del tabaco, pues facilitaba el encendido de la pipa o del cigarro en cualquier lugar sin tener que acercarse a un fuego y prender un palo para poder comenzar a fumar. Así fue que las “astillas inflamables” comenzaron a extenderse a pesar del riesgo que entrañaba llevarlas encima, para lo cual y al objeto de poder llevarlas en el bolsillo, se crearon unas cajas de cartulina con cajón separado que se deslizaba dentro de una cubierta. En otros países avanzaron en la seguridad creando una caja a charnela o bisagra, cuya tapa sujeta por dos tiras de goma elástica impedía se salieran los fósforos.
Los fósforos, cerillas, labor o mixtos, como han sido llamados en España, llegaron en torno a 1838, pues en nuestro país no había experiencia fosforera, si bien estaba autorizada su venta por Real Orden de 1862, aunque un intrépido aragonés, Emilio Pascasio Ruiz Lizarbe, comenzó a fabricarlos en la localidad zaragozana de Tarazona de Aragón fundando la Fosforera del Carmen, que será conocida como la “Catedral de los Fósforos”.
En 1874, cuando se ha generalizado en España el uso de estos fósforos, la maltrecha situación de la hacienda pública llevó a la creación de un impuesto transitorio, conocido como impuesto de guerra que recayó sobre la venta de las cerillas justificándolo en tres razones: la índole de esta industria, el gran desarrollo de su comercio y la forma particular en que se ejercía. A pesar de las quejas de las empresas, se obligaron a entregar a la Hacienda el impuesto anual de 2.050.000 pesetas por mensualidades, algo que resultaron incapaces de cumplir y la Hacienda dispuso la creación de un Monopolio estatal de fósforos, y el mes de enero de 1894 se constituía la Compañía de Cerillas y Fósforos a la que los fabricantes encomendaron la expedición y venta de las cerillas reglamentarias.

En 1908 el Estado asumió la administración directa del monopolio, que comenzaría en 1911 con la expropiación de las fábricas de cerillas en manos de particulares, pero la propia administración reconocería en 1922 su insatisfacción y a pesar de la ley publicada en julio que autorizaba al Ministerio de Hacienda a revisar y establecer otros contratos, finalmente nacía en Madrid la Compañía Arrendataria de Fósforos, adjudicataria única de este monopolio.
De la importancia y consumo de este producto ya de primera necesidad, nos da fe cómo en marzo de 1926 las cerillas saltan a la primera página de los periódicos, bajo el titular “Las Cerillas suben” en el cual se denuncia que la Compañía Arrendataria de fósforos, haciendo gala una vez mas de la generosidad con que trata siempre a los que cooperan a su sostenimiento, acaba de favorecerles con otra de sus esplendideces. “Se aumenta el precio de las cerillas” que pasarían a 10 céntimos y la crítica surgía y en la prensa se hacía una pregunta: ¿les parece a ustedes poca ganga, después de divertirse media hora raspando una cerilla en su encendedor, el que salte la ígnea cabeza, les queme a ustedes los dedos, la ropa y los zapatos y que además no se les haya encendido el cigarro? Pedir más considera el gacetillero que sería una gollería, cuando además que esta graciosa operación solía repetirse una, dos, cien veces; el paciente fumador llegaba a sublevarse, y le hacía repasar in mente los más cumplidos denuestos y adverbios. Todos estos entretenimientos los proporcionaba a los altoaragoneses la Compañía Arrendataria de Fósforos.