El lado oscuro de Magallanes (segunda parte)

El emperador Carlos vendió las Molucas al rey portugués Juan III por trescientos cincuenta mil ducados

Pedro Cuesta Escudero
25 de Agosto de 2022
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Fernando de Magallanes y Juan Sebastián Delcano.
Fernando de Magallanes y Juan Sebastián Delcano.

La historiadora norteamericana Carla Rahn Philips escribe: “ Y al llegar a Mactán Magallanes vuelve a mostrar un sombrío delirio, al interponerse en una querella local que acaba en batalla y finalmente le cuesta la vida el 27 de abril de 1521. Contraviene otra vez las órdenes del Rey, baja del barco y muere acribillado. ¿Y la misión? Si no fuera por Juan Sebastián Elcano no habría concluido. Se habían desviado de su destino en Molucas (…) Y si hubiera sido mejor líder, ni la conjura de San Julián ni su muerte en Mactán habrían ocurrido”.

¡Vaya forma de interpretar la Historia!

No se habían desviado de su destino de llegar a las Molucas. La estancia en las islas de San Lázaro (Filipinas), descubiertas por el azar del destino, fue necesaria para restañar las carencias sufridas en la larga travesía por el Pacífico. Además, pocas veces se ha llevado a cabo una empresa con mayor plenitud. ¡Y en el otro extremo de la Tierra y sin derramar una sola gota de sangre! A Magallanes se le puede comparar al mayor de los conquistadores, pero con la diferencia de no hacer uso de la violencia. Consigue que se hagan cristianos sin ningún tipo de presión cientos de filipinos. Logra que se sometan a la obediencia del lejano emperador Carlos de España. Y para que sea duradero este sometimiento hasta que regresen a estas islas con más hombres y fuerzas Magallanes hace que todos los rajás de todas aquellas islas rindan homenaje y acaten como su único jefe al rajá Humabón de Cebú. Así arranca una unidad política que es la base de la nación filipina.

Conseguido este triunfo sin parangón, Magallanes decide rematar su misión de arribar a las Molucas. Prácticamente lo había conseguido, pues su esclavo malayo Enrique, que lo adquirió en Malaca, había arribado a sus tierras de origen dando la vuelta al mundo. Preparados para zarpar, cuando de la vecina isla de Mactán llega un joven con algunos guerreros y se postra a los pies del jefe de los españoles en señal de acatamiento y dice que el rajá Lapu Lapu de Mactán se somete al jefe extranjero, pero no obedece al rajá Humabón. El rajá de Cebú, que está presente, aclara a Magallanes que siempre ha estado en guerra con Lapu Lapu y que si le prestara unos guerreros pronto lo derrotaría. Es entonces cuando Magallanes dice que a quien le corresponde castigar a ese insolente de Lapu Lapu es a él. Que es la oportunidad de oro de mostrar el poderío de los españoles. Es una ocasión que no se debe desaprovechar. Una lección militar es más elocuente que mil palabras. El rajá Humabón le ofrece dos mil guerreros para ayudarle, a lo que Magallanes responde que un almirante del emperador de toda la Cristiandad rebajaría su dignidad mandando todo un ejército sobre esos andrajosos. A Humabón le dice que puede presenciar el combate pero le prohíbe que intervenga. Los capitanes previenen a Magallanes que salir con poca gente es arriesgado porque serían miles de isleños los que atacarían con flechas envenenadas. Y Magallanes responde que uno solo, bien armado y con la armadura, puede hacer frente a cien de esos isleños. Explica que se haría como en las islas de los Ladrones (Guam), que solo con cuarenta y unos cuantos tiros de arcabuz hizo que los isleños huyeron como alma que lleva el diablo. Que lo que demostraron a modo de diversión de dar golpes, lanzadas y cuchilladas a un hombre dentro de su armadura sin que recibiera un mal rasguño lo demostrarían a mayor escala a Lapu Lapu.

La batalla de Mactán

Magallanes, como buen pastor, se embarca en dos bateles y el esquife con sesenta hombres con coraza, rodela y yelmo y, a base de remo, se dirigen a la cercana Mactán. Es el 27 de abril de 1521. Los ballesteros con sus ballestas y los arcabuceros con sus armas de fuego. También se embarcan algunos versos y falcones. Pero los atacantes no logran acercarse a la orilla porque una barrera de apretadas rocas coralíferas les corta el paso. Magallanes y cuarenta y nueve de sus hombres se ven obligados a saltar al agua, cuando aún falta bastante distancia para llegar a tierra firme. Como las pesadas armaduras hacen difícil la progresión hacia la playa, se han de abandonar las grebas y armaduras de brazo y piernas.

Los once que quedan en las chalupas disparan las piezas de artillería, a fin de ahuyentar a los mactanos de las playas para que sus compañeros puedan hacer un desembarco en toda regla. Pero la distancia hace ociosos esos disparos. Los arcabuces no pueden ser montados si no es en tierra firme. Y a causa de la distancia los ballesteros apenas logran herir a algunos isleños. Los mactanos, que suponían a los extranjeros invictos, descubren que sus armas no los matan. Pierden el respeto y acrecientan su furor. Repartidos en tres batallones dos mil mactanos se lanzan como verdaderas aves de rapiña sobre los desconcertados invasores. Una flecha envenenada atraviesa la pierna del capitán general y en medio de un griterío de muerte los expedicionarios huyen a la desbandada. Con siete u ocho incondicionales muere Magallanes.

 Carla Ranh Philips habla de la misión fracasada de Magallanes

La historiadora añade que “la misión del portugués fracasó en cierta medida, porque las Molucas estaban al final en la zona de influencia portuguesa. El verdadero activo fue la vuelta al mundo, obra de Elcano

A toro pasado es fácil hacer afirmaciones, pero en aquella época nadie sabía la situación exacta de las Molucas. Nadie sospechaba las enormes dimensiones que tenía el océano Pacífico. Magallanes y los suyos sufrieron en sus carnes la travesía de este extenso océano al que ellos mismo bautizaron de Pacífico. Estando en las Molucas con las dos naos supervivientes de la escuadra magallánica, la Trinidad, capitaneada por Gómez de Espinosa y la Victoria, por Juan Sebastián Elcano, se discutió la ruta de regreso a casa. Hacerlo por donde habían venido no entraba en los ánimos de ninguno. Había que encontrar otro itinerario más asequible para ir y volver a las islas de la especería. Carballo, Gómez de Espinosa, el piloto de la Victoria Punzorol, Mafra y otros piensan que el regreso se podía hacer por el Pacífico norte hasta llegar al Darién y de allí a casa sin problemas. Y es una ruta que cae dentro de la demarcación que el tratado de Tordesillas permite a Castilla. Sin embargo, Elcano, Pigafetta, Albo (estos dos últimos de la dotación de la nao Trinidad) y otros opinan que nadie ha surcado esa ruta, no se sabe cómo es. Hartos sufrimientos han tenido al internarse por itinerarios desconocidos. Abogan por el camino de los portugueses, ya conocido, aunque tengan que esconderse de ellos para que no los atrapen.

Como al punto de zarpar la nao Trinidad hizo aguas y hubo de quedarse en Tidore para ser reparada, la Victoria, con gran maestría y mucha suerte tomo la ruta de los portugueses y regresó a casa, resultando que habían dado la vuelta al mundo. La nao Trinidad, dirigida por Gómez de Espinosa, tomó la ruta del Pacífico norte, pero terribles tifones obligó regresar a Tidore con graves desperfectos. Y en Tidore ya estaban los portugueses, quienes encarcelaron a los supervivientes.

El emperador Carlos vende la Molucas al rey portugués

Una segunda expedición a las Molucas, comandada por Loaysa y con Elcano de piloto mayor, los cuales murieron antes de llegar a su destino, tomó el mismo derrotero de la primera expedición dirigida por Magallanes y llegados a las islas de las especias hubo porfía con los portugueses. En esa lucha destacó Andrés de Urdaneta que permaneció en esas islas nueve años. Conoció a Gómez de Espinosa y otros supervivientes de la nao Trinidad, quienes le hablaron de la posibilidad de regresar por el Pacífico norte. Si el emperador Carlos vendió las Molucas al rey portugués Juan III por trescientos cincuenta mil ducados significa que estaban en la zona que correspondía al reino de Castilla. Luego no sería un fracaso como apunta Carla Rahn.

Andrés de Urdaneta hubo de regresar a España por el océano Índico en barcos portugueses, pero ya estaba obsesionado por la “vuelta del Poniente”. Cuando Legazpi conquistó las Islas de San Lázaro rebautizándolas de Filipinas en honor al rey Felipe II, Urdaneta marcó la derrota de regreso rebasando los 39 grados de latitud norte, en cuya altura navegaron hasta ver tierra americana y bajando a lo largo de las costas de California y México, entraron en Acapulco el 8 de octubre de 1565, quedando así descubierta “la vuelta del Poniente”, que permitió el dominio de las islas del Pacífico hasta 1898.

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