Bernarda Alba y sus hijas, Marie Curie, Rosalía de Castro, Don Quijote, Gloria Fuertes, Margaret Atwood y Agatha Christie comparecieron este miércoles en la Biblioteca Ramón J. Sender. No lo hicieron para presentar sus obras ni para encontrarse con sus lectores, sino para denunciar que el lugar que debía acogerlos seguía cerrado.
Más de dos años y medio después de que el desprendimiento de un fragmento del falso techo obligara a clausurar la biblioteca del Centro Cívico Santiago Escartín Otín, los personajes y las voces de la literatura regresaron simbólicamente a sus paredes para reclamar la reapertura de este servicio público del barrio del Perpetuo Socorro.

La performance "Libros secuestrados", concebida por Javier García y convocada por la Coordinadora de entidades y asociaciones del barrio, transformó la ausencia de libros y lectores en una escena reivindicativa. A través de una particular lista de ilustres habitantes de la biblioteca, la representación fue convocando a figuras de la literatura, la ciencia y la cultura en general, como si el edificio pudiera recuperar por unos instantes a quienes deberían ocupar sus estanterías. La respuesta que acompañó a cada nombre fue una forma de devolverlos a su lugar: "Presente", aunque solo pudieran estar allí a través de las palabras.
La primera llamada fue para doña Bernarda Alba y sus hijas, criaturas de Federico García Lorca, cuya presencia abrió el desfile de personajes. Después llegó el turno de Ramón J. Sender, el novelista universal de Chalamera, cuyo nombre identifica la biblioteca. La ciencia tuvo su representante en Marie Curie, ganadora de dos premios Nobel, uno de Física y otro de Química, convocada en nombre de toda la literatura científica. También acudió simbólicamente Rosalía de Castro, en representación de los poetas de todas las naciones y todas las lenguas, y se reclamó la presencia de quienes escriben la historia y contribuyen a transmitirla.
Don Quijote de la Mancha fue apelado en nombre de los libros épicos y de caballería, mientras que Gloria Fuertes compareció como poeta de todas las edades. La representación reservó asimismo un lugar a la narradora oscense Sandra Araguás, evocada por su labor de recopilación y transmisión de la tradición oral, otra forma de preservar el patrimonio cultural y mantener viva la palabra. La sucesión de nombres fue dibujando una biblioteca mucho más extensa que sus propias dimensiones: un universo de conocimientos, relatos y voces que no cabe en una sola estantería y que, sin embargo, necesita espacios donde llegar a sus lectores.

La ironía se hizo explícita cuando la propia Biblioteca Ramón J. Sender fue convocada a escena. "Es pequeña, muy pequeña, tan pequeña que el Ayuntamiento no se fija en ella, pero sueña con ser grande, muy grande y muy útil", proclamó la performance. La frase condensó la denuncia de quienes consideran que el cierre prolongado ha relegado a un segundo plano un servicio cultural de proximidad. La aparición de Margaret Atwood, en representación de las distopías, amplió el repertorio de referencias literarias antes de que otra figura imprescindible del género detectivesco, Agatha Christie, se incorporara a la pared imaginaria de aquel espacio sin actividad.
Fue entonces cuando la performance abandonó el desfile de personajes para dar paso a un alegato sobre la necesidad de la cultura. La voz de Federico García Lorca tomó el protagonismo a través de las palabras que el poeta pronunció durante la inauguración de la biblioteca de su pueblo, Fuente Vaqueros, con las que defendió el derecho de las personas a acceder al conocimiento y a disfrutar de los frutos del espíritu humano.
"No solo de pan vive el hombre; yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle, no pediría un pan, sino que pediría medio pan y un libro", decía Lorca en el texto recuperado durante la representación.
El poeta quería que todos pudieran comer, pero también saber, leer y disfrutar de la creación humana. En su discurso advertía de que privar a las personas de esa posibilidad las convertía en piezas al servicio de una organización social, despojadas de una parte esencial de su libertad. La lectura no aparecía como un lujo, sino como una necesidad que merece atención pública.

Para esa otra necesidad, la del espíritu, hacen falta libros, muchos libros. La pregunta que resonó en la performance adquirió así un sentido literal y simbólico: "¿Y dónde están esos libros?"
"Libros, libros", insistía el poeta, palabras que equiparaba al amor y que, a su juicio, los pueblos deberían reclamar como reclaman el pan o esperan la lluvia para sus campos. La biblioteca cerrada se convirtió, desde esa perspectiva, en algo más que un equipamiento pendiente de reparación: representaba la interrupción del acceso cotidiano a la lectura, a la curiosidad y a los horizontes que abre el conocimiento.
El discurso evocó también a León Trotsky, encarcelado en Siberia y alejado del mundo, que pedía libros a su familia para mantener viva su alma.
La representación terminó con una consigna que convirtió la ausencia del techo reparado en el centro de la protesta. Los participantes repitieron varias veces el mismo mensaje, cada vez con la contundencia de una reclamación que no daba por concluido el conflicto: "¡Libros sin techo no hay derecho! ¡Libros sin techo no hay derecho!".

La Coordinadora de entidades y asociaciones del barrio Perpetuo Socorro reclama que se acometan con urgencia las reparaciones necesarias y se agilicen los trámites para que la biblioteca pueda abrir de nuevo. También pide respuestas claras, plazos y un compromiso efectivo para devolver a la ciudadanía un espacio de cultura, encuentro y lectura.
La performance dio paso a la canción Resistiré del Dúo Dinámico que se interpreta en los actos reivindicativos de la biblioteca, con una letra alusiva a esta reclamación.