La Huesca de los cuatro nombres vuelve a caminar sobre sus piedras para contar casi tres mil años de historia

Producciones Viridiana recrea ante el Museo Provincial el pasado oscense con teatro, música, danza y vídeo mapping

Mercedes Manterola y Myriam Martínez
06 de Septiembre de 2026
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"Bolskan, Osca, Wasqa, Huesca, historia de una ciudad". Foto Myriam Martínez
"Bolskan, Osca, Wasqa, Huesca, historia de una ciudad". Foto Myriam Martínez

Huesca atesora cerca de tres mil años de historia, levantada sobre las huellas superpuestas de diversas civilizaciones. Desde los primeros pobladores anónimos que buscaron abrigo en las cuevas junto al río hasta su consolidación como un enclave clave de la península, este territorio ha albergado acontecimientos extraordinarios.

Por sus calles pasaron la rebelión del general romano Quinto Sertorio y la leyenda de su mítica cierva blanca; el viaje del Santo Grial enviado en secreto por San Lorenzo; los cuatro siglos de medina musulmana resguardada por noventa torres; la decisiva batalla de Alcoraz, donde la tradición sitúa la milagrosa intervención de San Jorge; y la audaz decisión dinástica de Ramiro II, el "rey monje", que sentó las bases de la Corona de Aragón.

Toda esta densa trayectoria histórica se proyectó y cobró vida este sábado en el espectáculo de Producciones Viridiana titulado Bolskan, Osca, Wasqa, Huesca. Historia de una ciudad, un programa artístico que rinde homenaje a la ciudad de los cuatro nombres. Representada ante una plaza abarrotada frente a la fachada del Museo Provincial, esta propuesta de vídeo-mapping logró condensar siglos de evolución urbana en apenas una hora y diez minutos. A través del deslumbrante diseño visual de Óscar Lasaosa, la emocionante música en directo de Olga y los Ministriles, la espectacular danza de Alba Torres y el fantástico trabajo de los actores Jimmy Jiménez, Jairo Abadías, Inma Oliver y Javier García, el montaje rindió tributo tanto a las grandes figuras históricas como a los trabajadores y habitantes anónimos que levantaron piedra a piedra el devenir de la ciudad.

Tras superar los desafíos de la Edad Media y crisis devastadoras como la peste -superada en el imaginario colectivo gracias a la fe en el sudor milagroso del Santo Cristo de los Milagros-, Huesca continuó floreciendo intelectualmente. La ciudad vio crecer y trabajar a personalidades ilustres como el erudito y mecenas Vincencio Juan de Lastanosa, el polifacético Joaquín Costa, el premio Nobel de Medicina Santiago Ramón y Cajal en sus aulas de instituto y el artista Ramón Acín, creador del símbolo más reconocible de la capital oscense. Recordar este extenso pasado, tal como sugería el cierre del espectáculo escénico, no es un mero ejercicio de nostalgia, sino el camino indispensable para descifrar la identidad del presente y construir con esperanza el porvenir.

El viaje escénico, sin embargo, había comenzado mucho antes de que aparecieran los grandes nombres. Bajo la sucesión de imperios, batallas y linajes latía una idea esencial: la historia también pertenece a quienes jamás dejaron su nombre escrito. Albañiles, soldados, constructores de mezquitas y catedrales, habitantes de humildes casas de adobe y piedra, hombres y mujeres cuya única hazaña fue sobrevivir a las calamidades de su tiempo, ocupaban en la propuesta el lugar que tantas veces les niegan los libros. La propia dramaturgia dedicaba el recorrido a esas personas anónimas.

Antes incluso de los íberos, el relato retrocedía hacia quienes habitaron las cuevas y refugios próximos al río. Allí cazaron, se protegieron del frío y dejaron cerámicas que permiten intuir intercambios más allá de las montañas. El espectáculo convertía esa remota presencia en una pregunta lanzada hacia el presente: aquellas cavidades, aparentemente apenas un prólogo, habían sido habitadas durante cientos de miles de años. La mirada se invertía así: quizá quienes hoy se creen herederos de una historia milenaria sean, en realidad, el epílogo de una existencia mucho más antigua.

Después llegaron los ilergetes, vinculados en la representación al primer nombre conocido de la ciudad y al jinete que aparece en sus monedas. Huesca se abría paso entonces en la historia escrita como Bolskan, antes de que Roma transformara el topónimo en Osca. Pero ningún cambio de nombre alteraría una constante: la capacidad de este enclave para convertirse, una y otra vez, en escenario de episodios que desbordaron su propia escala.

Entre todos ellos, Quinto Sertorio aparecía como una figura casi hecha para el teatro. Expulsado de Roma y perseguido hasta África, regresó a Hispania con apenas unos dos mil legionarios y tropas indígenas. Con ellas conquistó territorios, redujo impuestos, incorporó combatientes locales a su ejército, aprendió sus técnicas y respetó sus dioses. La ciudad se convirtió en capital y refugio de una experiencia política que aspiraba a levantar una pequeña Roma lejos de Roma.

La célebre cierva blanca adquiría, además, una dimensión menos sobrenatural y mucho más política. Según el relato escénico, Sertorio no recibió aquel animal de Diana: pertenecía a un campesino hispano y fue él quien convirtió su aparición en instrumento de persuasión entre una población a la que consideraba supersticiosa. La supuesta comunicación con la divinidad le permitía revestir sus decisiones de un poder que trascendía lo militar.

También la universidad de Osca formaba parte de esa estrategia. Sertorio reunía allí a los hijos de los principales jefes locales para enseñarles latín, griego y cultura romana, pero aquella educación encerraba una segunda finalidad: mantener bajo control a los descendientes de quienes podían desafiarle. La institución aparecía así en una doble condición, como espacio de formación y como mecanismo político.

El desenlace llegaría mediante una traición. Sus lugartenientes atrajeron a Sertorio a una falsa celebración de victoria y Perpena, su segundo, participó en el asesinato. El mismo hombre que había logrado poner en jaque a Roma con un ejército reducido terminó abatido por quienes habían compartido sus campañas. Después, Perpena asumió el mando, pero fue derrotado con facilidad por los romanos. La aventura de aquella "Roma lejos de Roma" se extinguía con su creador.

La siguiente gran metamorfosis llegaba desde la tradición cristiana. En el año 258, durante la persecución ordenada por Valeriano, el papa Sixto II fue apresado. A su lado estaba el joven diácono Lorenzo, destinado también al martirio. Cuando el emperador reclamó los tesoros de la Iglesia, el futuro santo optó por distribuirlos entre los pobres y reservó únicamente una pieza: la copa que la tradición identifica con el Santo Grial. El espectáculo relataba entonces su envío secreto hacia Osca de la mano de Precelio, presentado como hispano y natural de Toledo.

La copa habría llegado hasta la casa natal de San Lorenzo, identificada por la tradición con la actual ermita de Loreto, antes de continuar su recorrido hacia San Pedro el Viejo y San Juan de la Peña. En Roma, entretanto, el diácono era condenado a morir sobre una parrilla. Entre las llamas, cuando el martirio llegaba a su fin, todavía tuvo ánimo para ironizar sobre su suplicio: "Creo que ya estoy asado por este lado. Por favor, dadme la vuelta". Murió en el año 258 y la representación enlazó su muerte con la noche del 10 de agosto, cuando las lágrimas del santo quedaron asociadas a las estrellas fugaces que surcan el cielo durante las fiestas de la ciudad.

El imperio romano acabaría cediendo ante el tiempo. Por sus antiguas vías llegaron los ejércitos árabes y, en el año 714, Osca se rindió. El nombre cambió de nuevo y comenzó una larga etapa de dominio musulmán que el espectáculo situaba en cuatro siglos. El árabe pasó a ser la lengua predominante, mientras buena parte de la población adoptaba el islam y una minoría mozárabe mantenía la fe cristiana. Entre quienes pagaron con la vida su negativa a renunciar a ella figuraban Nunilo y Alodia.

La Wasqa musulmana aparecía como una ciudad fronteriza y fortificada, protegida por noventa torres y cuatro accesos orientados hacia los puntos cardinales: Sircata, al norte; Remián, al oeste; Alquibla, hacia el sur; y Montearagón, al este, conocida posteriormente como La Porteta. Hasta el hijo de Carlomagno llegó ante sus murallas sin conseguir conquistarla. La imagen de aquel recinto fortificado condensaba así la larga pugna entre dos mundos que acabarían encontrándose de nuevo en los campos que se extendían frente a la ciudad.

El siguiente capítulo tenía como protagonista a Sancho Ramírez, decidido a conquistar Huesca. El espectáculo contaba su viaje a Roma, donde rindió vasallaje al Papa, aceptó el rito romano y obtuvo el compromiso de conceder indulgencias a quienes combatieran contra el islam, primero en Barbastro y después en Huesca. El rey regresó con el respaldo espiritual y político necesario para emprender una empresa que acabaría marcando la historia del reino.

Frente a las murallas, Sancho encontró un punto vulnerable en la zona de La Porteta. Mientras señalaba aquel sector, un arquero musulmán disparó una flecha que lo hirió mortalmente. Murió en brazos de su hijo después de exigirle un juramento: no levantar el cerco hasta que Huesca hubiera sido conquistada. La muerte del monarca convirtió aquella campaña en una cuestión de honor y dejó a Pedro I la tarea de culminarla.

El asedio se prolongó durante dos años. Pedro I estableció su posición en Montearagón mientras la plaza recibía auxilio de fuerzas musulmanas procedentes de Zaragoza y de caballeros castellanos. El enfrentamiento decisivo tuvo lugar en Alcoraz, donde la tradición sitúa la aparición de San Jorge sobre un caballo blanco. La victoria cristiana quedó desde entonces vinculada a una de las leyendas más poderosas de la memoria oscense.

El montaje jugaba con esa frontera entre historia y ficción a través de un caballero normando representado en un tapiz conservado en el Ayuntamiento de Huesca. La narración imaginaba a San Jorge combatiendo en Capadocia y escuchando desde allí la llamada de los cristianos oscenses. El santo habría respondido con tal celeridad que, sin apenas mediar trayecto, llegaba al Pirineo junto al guerrero que figura a su lado en la escena. El pasaje, deliberadamente humorístico, reforzaba precisamente aquello que Jesús Arbués, director de Producciones Viridiana, considera esencial en este tipo de relatos: "Una leyenda tiene más importancia en la vida que la historia verdadera".

La huella de esa tradición alcanzaba incluso al presente. Arbués, en una entrevista previa con este Diario, encontró una inesperada prolongación durante un encuentro entre la SD Huesca y el Sant Andreu, cuando el equipo visitante apareció en el Alcoraz con la cruz de San Jorge sobre la camiseta. La coincidencia convertía el símbolo en una pequeña paradoja contemporánea: quienes llegaban a desafiar al conjunto oscense portaban sobre el pecho el emblema asociado a la conquista legendaria de aquel mismo lugar. "Fíjate hasta qué punto hay ironía en la vida", observó el director.

Tras la reconquista, la antigua mezquita pasó a ser catedral y el centro de poder musulmán se transformó en residencia de los reyes de Aragón. 

LA LEYENDA DE LA CAMPANA

 

La leyenda de la Campana de Huesca es uno de los relatos más célebres y sangrientos de la historia medieval de Aragón, y está protagonizada por el rey Ramiro II, el "rey monje". La historia se desencadena tras la muerte sin descendencia de sus hermanos Pedro I y de Alfonso I "el Batallador". Al ser el menor de tres hermanos, Ramiro se había consagrado a la vida religiosa y no había sido educado para reinar. Por ello, al asumir el trono, muchos caballeros y nobles de su reino comenzaron a menospreciarlo por considerarlo un hombre manso, humilde y carente de experiencia en el mando, llegando al punto de burlarse de él y desobedecer sus órdenes.

Para solucionar esta alarmante falta de autoridad, el monarca decidió enviar un mensajero al sabio abad de San Ponce en busca de consejo. El abad recibió al mensajero y, sin mediar palabra, lo introdujo en un huerto. Allí, provisto de un cuchillo, se dedicó a cortar las ramas más altas, aquellas que sobresalían y se elevaban por encima de las demás. Tras esta muda demostración, le dijo al emisario que regresara con el rey, pues no le daría otra respuesta.

Al escuchar el relato de lo sucedido, Ramiro II descifró de inmediato la lección silenciosa del abad: para pacificar su reino debía eliminar a los nobles más poderosos y rebeldes. Con astucia, el rey convocó a todos los hombres de estima del reino a sus salas en Huesca. El pretexto de la convocatoria era la realización de una gran obra: una campana tan rica y descomunal que se oiría por todo el territorio y "sonaría en toda España". Los nobles, creyendo que se trataba de otra muestra de la supuesta ingenuidad del soberano, acudieron al palacio mofándose y riéndose de él.

Sin embargo, una vez dentro de las estancias reales, el monarca hizo cortar las cabezas de quince de los nobles más influyentes y estimados. Acto seguido, mostró las cabezas cortadas a sus hijos y allegados, advirtiéndoles que haría exactamente lo mismo con cualquiera que osara desobedecerle en el futuro. De esta pavorosa manera, y al son de aquella metafórica campana, el "rey monje" consiguió finalmente ganarse el temor y el respeto absoluto de todo su reino.

PETRONILA

Pero la llamada Campana de Huesca no constituía, en el relato, el final de la empresa de Ramiro. El rey debía asegurar la continuidad dinástica. El espectáculo introducía entonces una maniobra política que terminaría siendo mucho más trascendente que la violencia ejercida contra los nobles: encontrar una esposa, tener descendencia y garantizar la supervivencia del reino. El resultado sería el nacimiento de Petronila, destinada a convertirse en pieza fundamental de una operación dinástica de enorme alcance.

Petronila tenía un año cuando fue comprometida con el conde de Barcelona, que contaba veintiséis. La representación subrayaba el riesgo de aquella decisión y la fórmula del "casamiento en casa", mediante la cual Ramiro preservaba la continuidad de la dinastía aragonesa. Los esponsales abrieron el camino hacia una nueva estructura política que, según el propio espectáculo, transformaría en poco más de un siglo aquel pequeño reino pirenaico en una potencia mediterránea.

Después de las grandes conquistas llegó una etapa menos épica y más cotidiana. Huesca creció, aumentó el comercio y reunió en sus calles a montañeses, mercaderes, campesinos, prestamistas, judíos, cristianos, francos y catalanes. Aunque dejó de ser capital del reino, conservó relevancia institucional: en ella se celebraron Cortes vinculadas al nacimiento de los fueros de Aragón.

La prosperidad tuvo, sin embargo, su reverso. La peste golpeó con tal intensidad que, según el relato escénico, llegó a desaparecer hasta la mitad de la población. La memoria popular encontró después una explicación milagrosa en el Santo Cristo de los Milagros: sacado en procesión, la talla habría comenzado a sudar y, con aquel sudor, la enfermedad habría abandonado la ciudad. 

También regresaba la vocación intelectual. La primera Universidad de Aragón fue presentada como heredera simbólica de la experiencia de Sertorio, aunque esta vez sin convertir a los estudiantes en rehenes. El guiño humorístico enlazaba dos momentos separados por siglos y convertía la educación en una de las formas más persistentes de continuidad urbana.

Entre quienes encarnaron esa tradición destacó Vincencio Juan de Lastanosa, convertido por el espectáculo en dueño de un singular "jardín dorado", poblado de monedas, pinturas, esculturas y fósiles, además de mecenas de Baltasar Gracián. El recorrido no pretendía construir una nómina académica exhaustiva, sino mostrar cómo, después de los grandes episodios militares y dinásticos, la ciudad siguió produciendo conocimiento, imaginación y cultura.

El relato alcanzaba después a Joaquín Costa, presentado en escena por su faceta de inventor y por su pensamiento regeneracionista; a Santiago Ramón y Cajal, alumno del instituto instalado en el edificio desde el que ahora se proyectaba la historia y vinculado en la representación a la creación de la neurología moderna; a Ramón Acín, señalado como creador de uno de los símbolos más conocidos de la ciudad, las pajaritas; a Fidel Pagés, inventor de la anestesia epidural; y a los hermanos Saura.

La sucesión de nombres terminaba devolviendo el foco a quienes nunca tuvieron uno. Huesca aparecía como una obra coral, levantada por reyes y rebeldes, santos y científicos, artistas y soldados, pero también por generaciones anónimas cuyo rastro apenas sobrevive en las piedras. Esa mirada convertía el espectáculo en algo más que una lección acelerada de historia: una reflexión sobre lo que una ciudad decide conservar y lo que deja atrás.

Durante setenta minutos, la fachada del Museo Provincial se transformaba en escenario, pantalla y materia viva. El diseño de Óscar Lasaosa, de Rampa, hacía que la arquitectura pareciera desplazarse y abrirse al paso de los siglos, convirtiendo la piedra en una superficie cambiante sobre la que se sucedían las distintas edades de Huesca.

En ese tránsito, la danza de Alba Torres aportaba una dimensión especialmente física al relato: su movimiento circular frente a la fachada proyectada introducía el cuerpo como otro elemento narrativo, capaz de acompañar las transformaciones de la ciudad sin necesidad de palabras. A su lado, Olga y los Ministriles sostenían musicalmente el viaje por las diferentes épocas, aportando una sonoridad en directo que enlazaba las escenas y evitaba que la sucesión histórica quedara reducida a una mera cronología.

Las sólidas interpretaciones de Jimmy Jiménez, Jairo Abadías, Inma Oliver y Javier García completaban ese entramado escénico, mientras Óscar Úbeda y Sergio Iguácel se encargaban de la operación técnica en directo, imprescindible para coordinar una maquinaria concebida para condensar casi tres mil años en poco más de una hora

La elección era inevitablemente selectiva. Jesús Arbués reconoce que contar la historia completa exigiría alrededor de siete horas, de ahí que el montaje se detenga en episodios capaces de explicar la identidad de Huesca. Entre ellos, la peripecia de Sertorio, cuya dimensión dramática parece pedir un formato contemporáneo: "El Quinto Sertorio sí que da para una serie de Netflix, evidentemente", bromeaba el director. 

El recorrido terminaba donde había comenzado: ante el edificio que fue centro de poder musulmán, palacio de los reyes de Aragón, sede de la primera Universidad de Aragón y lugar donde estudió Ramón y Cajal. El espectáculo concluía con la imagen de los viejos árboles azotados por el viento y una llamada al porvenir: conocer de dónde viene una ciudad para poder imaginar hacia dónde quiere ir.