Hasta final del mes de octubre, se puede disfrutar, en la sala de arte de la Librería Anónima de Huesca, de los delicados dibujos que Isidro Ferrer realizó para acompañar los textos de Kakuzo Okakura en El libro del té, un proyecto que pudo abordar con una libertad creativa y en el que ha dejado impreso su sello más personal.
Es la primera vez que el doble Premio Nacional de Diseño Gráfico y de Ilustración expone en este espacio y su propietario, José María Aniés, y los numerosos asistentes que acudieron al acto le recibieron con gran expectación.
Isidro Ferrer explicó pormenorizadamente cuál ha sido el proceso de este encargo, en el que se ha llegado a rozar la magia. El punto de partida se remonta a una conferencia que impartía en Salamanca, en la que se refirió al libro Un jardín que realizó con María José Ferrada y la editorial A buen paso. Esta obra nació de un viaje a Japón, que resultó "una experiencia singular".
El editor de Zorro Rojo, que se encontraba entre el público y es un apasionado de la cultura japonesa, se interesó por este trabajo y a los meses contactó con el ilustrador y le pidió que se ocupara de El libro del té, de Kakuzo Okakura, un proyecto "complejo" porque esta vez no se trataba sólo de ilustrar, sino que debía generar la propia publicación.
Ductus le regaló un cuadernito de trabajo y, aconsejado por Nati, compró en La Casa del Pintor unos rotuladores acuarelables: verde, azul, rojo, pardo y negro. Y comenzó a leer el libro.
Un domingo de mayo se marchó con Elena, su mujer, a Olba, un pueblo de la comarca turolense Gúdar-Jvalambre, el mismo en el que nació el modisto Pertegaz, para celebrar el cumpleaños de su cuñada. Salió Isidro a pasear por aquellos parajes, con su cuaderno y sus rotuladores, y comenzó a dibujar flores. Por la tarde, alcanzó con su lectura el capítulo 6 y su sorpresa fue mayúscula al ver que se titulaba Las flores, una casualidad que consideró "relevante".

"Le dije al editor: el libro no se puede ilustrar, no voy a traicionar su lenguaje poético, voy a hacer un compendio botánico", y así fue. "Como era un encargo con absoluta libertad, me dejó hacer", añadió.
Isidro Ferrer reconoce que salió compulsivamente al campo, "como en un delirio", a recoger plantas distintas. Después, había que conseguir que el libro fuera realidad, dotarle de un sentido plástico y bibliográfico, y eligió el formato, el papel y la tipografía, tras una inmersión en la cultura y la sensibilidad japonesa que duró varios meses.
"Quería que fuera un libro de bolsillo, que te pudieras llevar al campo, que te pudiera acompañar", comentó, y en se decantó por un tipo de letra, la Bodoni, compleja porque tiene el trazo demasiado fino.
También optó por aglutinar todas las ilustraciones al final del libro, cuando la obra ya se había cerrado. "Quería que las lecturas estuvieran separadas, el texto ya se ilustra por sí solo. Cuando lees, la cabeza tiene ese mecanismo de generar imágenes", por lo que se corre el riesgo de "mutilar las palabras" y coartar su libertad para generar las suyas propias.
"Al no estar ese trabajo sujeto a la imposición de la narrativa puede parecer más artístico, pero no lo es. Está hecho con el mismo cuidado y con el mimo que otros libros. Cada uno requiere su dimensión", indicó.
No obstante, reconoció que el libro le complace especialmente "porque es un todo", porque asumió la responsabilidad del ritmo de la lectura, de los espacios, de las cadencias.
El texto de Okakura lo considera "bellísimo" por su forma de narrar tan "sutil, compensada y poética, con la que cuenta mucho diciendo muy poquito".
"Os lo recomiendo -enfatizó-. Al que le guste el té, es el libro básico para conocer su ritual. Okakura era un filósofo, escritor, hisstoriador, crítico de arte japonés, fue director de la Escuela de Bellas Artes de Tokio, y se fue a Estados Unidos en 1904 y montó el primer museo orientalista -detalló-. Harto de preguntas absurdas, escribió un libro muy explicativo para romper tabús que había sobra la cultura japonesa".
"Es un libro muy recomendable, guste o no guste el té", concluyó.