Un niño se encarama a una señal para anunciar una exposición. A su alrededor revolotean pájaros trazados con apenas unas líneas y el edificio del Centro Cultural Manuel Benito Moliner aparece difuminado al fondo. No parece un cartel de fin de curso. Se parece más a una declaración de intenciones. Porque la muestra inaugurada este sábado por la Escuela de Dibujo y Pintura Sanagustín habla precisamente de eso: de la capacidad de cada persona para mirar el mundo de una manera distinta y encontrar una forma propia de plasmarlo sobre el papel.
La exposición reúne obras realizadas por alumnos y alumnas de todas las edades a lo largo del curso. No existe una temática común ni una técnica obligatoria. Tampoco una selección basada únicamente en criterios académicos. Cada participante ha elegido libremente la pieza con la que desea estar representado, una decisión que convierte el recorrido en una suma de miradas muy diferentes entre sí.
Esa diversidad ha llevado a la escuela a bautizar la muestra con un nombre que resume toda una filosofía de trabajo: Formas de manchar.
"Queríamos que dejara de verse como una simple exposición de final de curso. Detrás hay una manera de entender la enseñanza artística. Mi trabajo consiste en ayudar a cada persona a encontrar su camino, no en que todos terminen pintando igual. Aquí hay más de cien maneras distintas de manchar y todas cuentan algo diferente", explica Javier Sanagustín, director de la escuela.
La idea aparece reflejada en cada rincón de la sala. Hay paisajes, retratos, ilustraciones, ejercicios técnicos y propuestas mucho más espontáneas. Conviven trabajos infantiles con obras de alumnos adultos y, en ocasiones, ejercicios nacidos de una misma propuesta terminan pareciendo completamente distintos.
Sanagustín reconoce que esa es precisamente una de las cosas que más le interesan de la enseñanza. "Puedes plantear exactamente el mismo ejercicio, con los mismos materiales y las mismas indicaciones, y aun así obtener resultados radicalmente diferentes. Ahí es donde aparece la personalidad de cada alumno y donde empieza realmente la parte más emocionante del aprendizaje".
La exposición deja también espacio para pequeñas historias que ayudan a comprender el espíritu de la escuela. Algunas de las obras técnicamente más complejas ni siquiera han llegado a colgarse en las paredes porque sus autores han preferido mostrar otras con las que se sentían más identificados.
"Hay niños que realizan dibujos impresionantes durante el año y luego deciden exponer un taco bailando o una serpiente porque fueron las obras que más disfrutaron haciendo. A mí eso me parece maravilloso porque demuestra que están eligiendo desde lo que les emociona y no desde lo que creen que deberían enseñar".
La escuela ocupa desde hace años una vivienda del casco antiguo de Huesca, aunque sus raíces se remontan a la antigua peluquería de la abuela de Javier, frente a la basílica de San Lorenzo. Allí comenzó un proyecto que iniciaron sus padres y que él dirige desde 2019, manteniendo intacta la idea de convertir el arte en un espacio de búsqueda personal más que en una sucesión de normas y fórmulas.
El curso que ahora concluye ha sido especialmente intenso. Tras varios cambios internos y un verano marcado por reformas y reorganizaciones, el centro ha experimentado uno de los periodos de mayor actividad de su trayectoria.
"Ha sido un año en el que apenas hemos tenido tiempo para pensar en crecer porque estábamos concentrados en sostener todo lo que estaba ocurriendo. Ahora, cuando echamos la vista atrás, nos damos cuenta de que incluso intentando simplemente mantener el rumbo hemos seguido avanzando. Eso ha sido muy bonito".
Entre las obras expuestas figura también una pieza del propio Javier Sanagustín. La pintura, una gran figura femenina construida a partir de muy pocos elementos, forma parte de Reflejos y sombras, la primera exposición individual que presentará este otoño en Villahermosa después de cinco años de trabajo.
La obra llama la atención por su economía de recursos. Apenas unos detalles aparecen definidos con precisión mientras el resto surge mediante manchas rápidas y gestos libres que terminan sosteniendo toda la composición.
"Me interesaba comprobar hasta qué punto una mirada, una mano o una postura podían llenar un espacio enorme. Hay muy poco detalle, pero precisamente por eso cada elemento adquiere una fuerza especial. La pintura habla de mostrarse y protegerse al mismo tiempo, de esa sensación de vulnerabilidad que todos conocemos".
La futura muestra será el resultado de un largo proceso de reflexión sobre la influencia que dejan las imágenes en quienes las contemplan y las crean. Cuadernos de apuntes, lecturas, fotografías y referencias artísticas se han ido acumulando durante años hasta desembocar en un proyecto que aspira a explicar la relación entre la memoria visual y la creación contemporánea.
"No quería hacer una exposición formada por cuadros aislados. Necesitaba construir un proyecto que respondiera a preguntas que llevaba mucho tiempo haciéndome. Quería entender qué habían dejado en mí tantas obras admiradas durante años y cómo esas huellas terminaban apareciendo en mi propia pintura".
Pero antes de octubre, antes de las futuras inauguraciones y de los nuevos proyectos, el protagonismo pertenece a quienes llenan ahora las paredes del Manuel Benito Moliner. Decenas de autores distintos, unidos únicamente por una certeza compartida: que no existen dos maneras idénticas de enfrentarse a un lienzo.
Y quizá ahí resida el verdadero sentido de la exposición. No en demostrar quién pinta mejor, sino en recordar que cada persona encuentra su voz de una forma diferente. O, como diría Javier Sanagustín, que existen más de cien maneras de manchar y que todas merecen ser escuchadas.