“Si la educación de un pueblo es no sólo la concreta y cotidiana metodología del pedagogo sobre uno o varios niños, sino el señalamiento de las nuevas y grandes directrices de la naciente vida de un pueblo irredento, sin duda Joaquín Costa comparte con Francisco Giner, y Manuel B. Cossío la educación de una nueva España”
Labor, Luis Sánchez Sarto, 1936
Hay pocos actos de amor tan imprescindibles como el de la educación, ese intenso proceso en el que uno muestra y otro admira produciendo, a su vez, la admiración del que muestra. La madre que nos ayudó a encajar las primeras letras, la maestra que nos enseñó a escribir, el abuelo que nos dibujó un perfil más o menos nervioso diciéndonos que aquello era una cara tienen en común el haber desarrollado esa forma de amor a través del conocimiento apasionado y de la vivencia sobrecogedora. En la escuela se aprende a ser libre, a utilizar el brillo de la lucidez contra el dogmatismo creciente, el fanatismo irreverente y la ignorancia inconsecuente. Allí tenemos el primer encuentro con la experiencia liberadora de esa tríada de equivalencias: la verdad, la bondad y la belleza. Sin duda estamos ante lo que Platón se refería como “lo más preciado”, en su diálogo Protágoras advirtiendo de que se corre más riesgo en la adquisición de enseñanzas que en la de alimentos porque quien compra comida o bebida al comerciante puede transportar esto en otros recipientes y, depositándolo en casa, antes de proceder a beberlo o comerlo, puede llamar a un entendido para pedirle consejo sobre lo que es comestible o potable y lo que no, y en qué cantidad y cuándo. Pero las enseñanzas no se pueden transportar en otro recipiente, sino que, una vez pagado su precio, necesariamente, el que adquiere una enseñanza marcha ya, llevándola en su propia alma, dañado o beneficiado para toda la vida. Por eso la educación, encargada de transportar las ideas de Justicia, de Verdad, de Belleza y de Bien se convierte en “lo más preciado” y su utilidad se ha de entender en términos de pasión por la búsqueda del conocimiento y de lo mejor de cada persona, de todas las personas más allá de sus circunstancias.
Hace 150 años, el 23 de noviembre de 1876, un mes después de la apertura de puertas de la Institución Libre de Enseñanza, Joaquín Costa anotó en su diario: “Vi a Giner, Linares y Azcárate. La Institución Libre ha principiado bajo buenos auspicios: tienen más de ciento noventa alumnos. Me están esperando aún, y me guardarán puesto para otro año; allí están ya los fósiles que recogí este verano en Benavente: ahora van a reunir copiosa biblioteca con libros recibidos en depósito. ¡Qué lástima no poder asistir a ella y aprender ahora alemán y explicar el derecho político!” Costa quiere, a la vez, aprender y enseñar en la Institución Libre de Enseñanza cuyo objetivo era modernizar la sociedad española favoreciendo el progreso ético de la ciudadanía mediante una reforma profunda del ser humano, de su conciencia, de su actitud ante la vida y ante la cultura. No cabe duda de que el proyecto de cambio educativo más importante de la España contemporánea lleva el nombre de Institución Libre de Enseñanza y surge impulsado tanto por la urgente necesidad de una reforma educativa como por la influencia de las ideas ilustradas que habían calado en algunos sectores de las impermeables clases sociales españolas. Porque en la Institución Libre de Enseñanza van a desembocar todas las propuestas educativas planteadas desde las ideas ilustradas en busca de una solución racionalista y abierta al progreso que pudiese ofrecer una alternativa moderna, regeneracionista y europeísta para nuestro país. Y cuando se trata de regeneracionismo y europeísmo el sinónimo con nombre propio es, sin ninguna duda, el de Joaquín Costa.
En efecto, fiel al principio krausista de “ser honestos para ser libres”, Costa fue el alma de la Institución Libre de Enseñanza, pero un alma libre que contribuyó a formar el espíritu de la Institución siendo considerado como el educador de todo un pueblo que intentaba cauterizar las tres grandes heridas de nuestro país: oligarquía, caciquismo e inercia. La etapa más feliz de su vida profesional fueron sus años como profesor en la Institución Libre de Enseñanza en los que llevó el entusiasmo a los estudiantes a través de sus clases de Historia de España o de Derecho Administrativo y, sobre todo, mediante excursiones a granjas, jardines y bosques, sin olvidar su labor como director del Boletín de la Institución.
Benito Pérez Galdós puso en boca de uno de sus personajes femeninos la expresión “Tiempos bobos” para sintetizar la atmósfera que dominaba la época de la Restauración embebida de una falsa calma y una modorra de ideas políticas mientras se aniquilaban los ideales democráticos. Frente a esa modorra de ideas y frente a la actual, Joaquín Costa fue, y sigue siendo, un partero de ideas un educador que renovó la pedagogía a través de la Institución Libre de Enseñanza hasta convertirla en un modelo educativo de una vigencia palmaria. No solo inspiró las misiones pedagógicas que pretendían llevar la educación y la cultura a los más recónditos lugares de España, sino que defendió una educación globalizada, integral y permanente, la europeización de la educación mandando grupos de estudiantes y profesores becados para formar a una nueva generación de científicos y pedagogos, la reforma universitaria o la creación de escuelas de adultos en un contexto en el que según resalta el propio Costa en el censo oficial de 1887 el 68,01 % de la población era analfabeta. Dejó bien claro que “Todas las reformas dichas deben entenderse igualmente por lo que toca a la educación de la mujer que conviene no separar de la del hombre” porque la coeducación y el acceso de la mujer a la educación en condiciones de absoluta igualdad con el hombre fueron las señas de identidad de la Institución.
Cuenta Natalia, la hija de Manuel Bartolomé Cossío que muchas veces acompañaba a Francisco Giner de los Ríos, a quien llamaba abuelo a conferencias y conciertos. Una noche, al volver de uno de esos conciertos, se quedó parado detrás de ella. Al preguntarle la razón por la que se quedaba atrás, inmóvil, Giner le respondió: “Me gusta verte andar, andas como una mujer libre”. Y ese podría ser el resumen de los que representó Joaquín Costa y la Institución Libre de Enseñanza y su actualidad sumada a otras muchas cuestiones como la adecuada formación del profesorado, la negativa al adoctrinamiento religioso en los centros de enseñanza, la importancia de los idiomas y del contacto entre la vida y el aula, los viajes, la naturaleza, la relación entre el profesor y el alumno, la conexión efectiva entre todas las etapas de la enseñanza, la revalorización de la Formación Profesional, la ponderación de la función inspectora como un elemento colaborativo y no fiscalizador, la defensa del aprendizaje cooperativo y del análisis crítico del conocimiento para poder ser transformado, el uso creativo del conocimiento frente a la memorización meramente acumuladora o la necesidad de un acuerdo estatal sobre educación. Nada que no siga siendo necesario y apremiante hoy en día para la mejora de nuestra educación.
Joaquín Costa era para los institucionistas un profundo espíritu ético, capaz de mantener entre su conocimiento y su vida una perfecta unidad. Como dijo el poeta, pudo estar en derrota, nunca en doma y solamente con estas aportaciones se nos aparece como una figura luminosa y necesaria en estos nuevos tiempos bobos, a veces tan banales y soberbios, en los que tendemos a olvidar que parte de lo que somos se lo debemos a otros que fueron.
Y fue en el Diario de Huesca donde Costa expresó su pasión institucionista ya que el 19 y el 22 de septiembre de 1877 publicó en dos números un artículo titulado “La Universidad Libre de Madrid” en el que exponía las bondades de la Institución Libre de Enseñanza como centro donde se cultiva la ciencia sin trabas y en el que la libertad de enseñanza alumbra un nuevo espíritu educativo y, por tanto, un nuevo modelo social. Diario de Huesca también recogería otro artículo el 15 de noviembre del mismo año en el que mencionaba con orgullo la lista de los nuevos suscriptores que, en la provincia de Huesca, ya formaban parte de la Institución Libre de Enseñanza.
Costa defendió una educación capaz de formar personas críticas, autónomas, solidarias e integradas en un proyecto común, en un ideal de humanidad por expresarlo en términos krausistas. Su pensamiento sigue siendo un eficaz antídoto contra el seguidismo, la desigualdad, la injusticia, la mercantilización de la educación, la banalización de la ciencia o los bulos de las redes sociales, ahora que como afirma el poeta Juan Bonilla “la verdad ya solo es un periódico de Murcia”.
Cuando se cumplen 180 años de su nacimiento las propuestas de Costa resultan asombrosamente contemporáneas, también en lo relacionado con la educación, ya que la pregunta por la educación implica la pregunta por un modo de vida y, como creía el propio Costa, la verdadera respuesta a las posibilidades reales de mejorar el modo de vida.
De las propuestas de Joaquín Costa y de su actualidad hablaremos el próximo 16 de septiembre a partir de las 19 horas en el Instituto de Estudios Altoaragoneses. Bajo el título Escuela y despensa: las ideas pedagógicas de Joaquín Costa y la Institución Libre de Enseñanza compartiremos entusiasmo en defensa de lo más preciado, lo que nos humaniza para poder llegar a ser quienes somos junto con los demás. Porque quizás la educación no cambia el mundo, pero sin duda cambia a las personas que un día tendrán que cambiarlo.
Luis Alfonso Iglesias Huelga es profesor de filosofía, autor del libro Manuel Bartolomé Cossío, el arte de Educar, editorial Renacimiento.