La Fundación Vanes de Sabayés inaugurará este sábado, 4 de julio, la exposición "Hierro, ordio, guerra", un proyecto del realizador y artista José Alberto Andrés Lacasta que permanecerá abierta al público hasta el 6 de septiembre. La muestra nace como un ejercicio de recuperación de la memoria histórica, utilizando el arte para rescatar del olvido a algunos de los hombres y mujeres fusilados en Huesca durante la Guerra Civil y los años posteriores mediante una serie de retratos realizados sobre chapas de hierro recicladas.
El origen del proyecto se sitúa simbólicamente hace noventa años, en los acontecimientos desencadenados a partir de julio de 1936, cuando la violencia transformó para siempre la historia de Huesca y de tantos otros lugares de España. Desde ese punto de partida, Andrés Lacasta plantea una propuesta que trasciende el relato documental para convertirse en una reflexión sobre la ausencia, el paso del tiempo y la necesidad de mantener viva la memoria colectiva.
La exposición parte de un proceso de investigación construido sobre fotografías familiares y sobre el trabajo historiográfico recogido en la obra Todos los nombres, de Vicente Pardo Lancina y Ramón Mateo Otal. A partir de ese material documental, el artista recupera los rostros de algunas de las personas represaliadas para devolverlas al espacio público y convertirlas nuevamente en objeto de contemplación y recuerdo.
"Lejos de una reconstrucción documental o de una representación literal del pasado, el proyecto propone una reflexión sobre los cuerpos ausentes y sobre el lugar que ocupan en nuestra memoria cultural compartida", explica el autor en el texto que acompaña la muestra. Su intención, añade, consiste en resignificar "no solo la memoria de quienes fueron humillados y exterminados, sino también el legado humano, político y emocional que todavía habita entre nosotros/as".
Uno de los rasgos más singulares de la exposición reside en la propia materia utilizada. Cada retrato ha sido realizado sobre viejas chapas de hierro recicladas, posteriormente enterradas y expuestas durante largos periodos a la acción de la tierra, la lluvia, el viento y la intemperie. Ese proceso de oxidación deja de ser únicamente una técnica artística para convertirse en parte esencial del significado de la obra.
El artista establece un paralelismo entre ese hierro corroído y los cuerpos de quienes fueron asesinados y abandonados en tapias, cunetas o fosas comunes. "El óxido no solo funciona como un recurso estético, sino como una forma de escritura material donde tan importante es el proceso como el resultado", afirma. En sus obras, la erosión natural participa activamente en la creación de la imagen, haciendo que el pigmento surja literalmente de la misma tierra que durante décadas ocultó aquellas vidas.
El propio título de la muestra sintetiza esa unión entre materia, territorio y memoria. El hierro representa el soporte físico de las obras; el ordio, nombre aragonés de la cebada, evoca el paisaje agrícola altoaragonés y los ciclos de la tierra; mientras que la guerra simboliza la fractura que alteró para siempre esa realidad cotidiana.
"La misma tierra que alimenta y hace crecer, conserva también las huellas de quienes fueron arrancados de ella", escribe Andrés Lacasta al explicar el sentido del proyecto. Entre la fertilidad del paisaje y la ausencia de quienes desaparecieron se sitúa el origen simbólico de una exposición que convierte la creación artística en un espacio para la memoria y la reparación.
La propuesta incorpora además una dimensión íntima y autobiográfica. Natural de Sabayés, el autor reconoce que comparte con las personas retratadas "una misma geografía, un mismo lugar de origen y, en cierta medida, una misma herencia". Desde esa conciencia entiende su trabajo como una conversación abierta con quienes fueron silenciados.
"Entiendo la práctica artística no como un ejercicio de representación literal, sino como una forma de escucha. Una escucha que busca abrir espacios para la memoria, la reparación y la reflexión crítica allí donde durante demasiado tiempo solo hubo silencio", señala el artista.
Las obras presentan rostros de gran fuerza expresiva que emergen del hierro oxidado entre manchas, texturas y huellas provocadas por el tiempo. Esa combinación de materia corroída y presencia humana genera una atmósfera de recogimiento que invita al espectador a detenerse frente a cada retrato y a reconocer la singularidad de unas vidas interrumpidas de forma violenta.
Según explica el propio autor, en estos retratos existe "una mirada inevitablemente melancólica y triste, pero también conscientemente transgresora y con una voluntad consciente de resistencia". La escenografía de la exposición pretende crear un espacio íntimo de homenaje y reflexión que permita cuestionar "los silencios sobre los que a menudo se sostienen" los relatos colectivos y reivindicar la autenticidad de cada una de las personas representadas.
El recorrido concluye con una reivindicación del papel del arte como herramienta para mantener viva la memoria. "La memoria no es un lugar al que regresar, sino un territorio en permanente construcción. Porque el arte sigue siendo uno de los espacios donde aquello que fue condenado al silencio puede recuperar, aunque sea fugazmente, una forma de presencia", escribe Andrés Lacasta, que considera la Fundación Vanes y el recuerdo de Pepa Santolaria el lugar "más coherente, más cañero y más amoroso" para compartir un proyecto concebido como un ejercicio de memoria, reparación y justicia.