La 42.ª Feria del Libro de Huesca acogió este sábado la presentación de Leer para contarlo, una de las obras más representativas de José Luis Melero, que estuvo acompañado por el profesor José Domingo Dueñas. El escritor zaragozano regresó a la capital altoaragonesa para presentar la nueva edición de un volumen que ha mantenido intacta su capacidad para atraer lectores con el paso de los años. No en vano, la obra alcanzó recientemente su quinta edición, una trayectoria que confirma la vigencia de un libro construido desde la pasión por la lectura y la curiosidad intelectual.
Lejos de unas memorias convencionales, Leer para contarlo recorre décadas de búsquedas en librerías de viejo, mercadillos, almonedas y rastros, donde Melero fue encontrando ejemplares insólitos, autores olvidados y pequeñas historias que acabaron alimentando su propia biblioteca. El autor explicó que el volumen surgió de esa fascinación por los libros que hablan de otros libros y por una literatura que convierte la experiencia lectora en materia narrativa. A través de sus páginas desfilan centenares de escritores, títulos y hallazgos que conforman una auténtica cartografía sentimental de la lectura.
Durante la conversación, Melero evocó algunas de las persecuciones bibliográficas que marcaron su vida como coleccionista. Entre ellas destacó la búsqueda de la primera edición de La vida de Pedro Saputo, de Braulio Foz, una pieza que tardó años en localizar. Sin embargo, más que el valor económico de los ejemplares, defendió el placer que proporciona el descubrimiento. Para él, la verdadera recompensa nunca estuvo en poseer un libro raro, sino en el camino recorrido hasta encontrarlo y en todo lo aprendido durante esa búsqueda.
Uno de los asuntos que despertó mayor interés fue la recuperación de autores que habían quedado relegados al olvido por la falta de reediciones. Melero recordó que muchos escritores desaparecen del horizonte cultural no porque carezcan de calidad, sino porque sus obras dejan de circular.
Como ejemplo citó el caso de Pedro Luis de Gálvez, personaje fascinante y contradictorio de la bohemia literaria española, cuya producción permaneció durante décadas prácticamente inaccesible. Defendió la importancia de quienes rastrean bibliotecas y catálogos para devolver esos nombres a los lectores y reivindicó el papel que han desempeñado bibliófilos, investigadores y editores en esa tarea de rescate cultural.
La conversación derivó también hacia algunos de los autores que más han acompañado al escritor a lo largo de su vida. Entre todos ellos sobresalió Ramón J. Sender, de quien reunió casi toda su obra y al que considera una de las figuras esenciales de la literatura aragonesa. Melero recordó además el valor sentimental que tienen ciertos documentos y libros anotados por los propios autores, piezas que trascienden cualquier cotización económica porque conservan la huella personal de quienes los leyeron y trabajaron antes que nosotros.
Otro de los territorios literarios que reivindicó durante el encuentro fueron los libros de memorias, un género que ha frecuentado durante décadas. Melero explicó que en ellos encuentra una forma privilegiada de asomarse a la historia cultural y a la vida cotidiana de otras épocas, pero también a las pequeñas confidencias y episodios que raramente aparecen en los manuales. Entre sus lecturas predilectas citó Mi gente y mi tiempo, de José María Castro y Calvo, una obra que considera una de las grandes aportaciones aragonesas a la literatura memorialística.
Más que una simple presentación editorial, el encuentro terminó convirtiéndose en una conversación sobre la lectura entendida como una forma de vida. Entre anécdotas, recuerdos y nombres propios, Melero dibujó el retrato de varias generaciones de lectores que han dedicado años a buscar, conservar y transmitir libros. Una actitud que impregna cada página de Leer para contarlo y que explica por qué, después de varias reediciones, la obra continúa encontrando nuevos lectores dispuestos a seguir sus pasos entre estanterías, librerías y viejas bibliotecas.