Kandelikas convierte un viejo casete en una fiesta de carcajadas, canciones y emoción

'San Cristóbal Music Hall (música de gasolinera)' cierra la XXXIV Muestra de Teatro y Danza Joven con un montaje divertido y conmovedor

Mercedes Manterola y Myriam Martínez
29 de Junio de 2026
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Kandelikas convierte un viejo casete en una fiesta de carcajadas, canciones y emoción. Foto Mercedes Manterola
Kandelikas convierte un viejo casete en una fiesta de carcajadas, canciones y emoción. Foto Mercedes Manterola

Un viejo casete bastó para llenar de risas el Centro Cultural Manuel Benito Moliner. Kandelikas Teatro Musical clausuró este domingo la XXXIV Muestra de Teatro y Danza Joven con San Cristóbal Music Hall (música de gasolinera), una comedia tan disparatada como entrañable que convirtió aquellas cintas compradas en las gasolineras durante los viajes de vacaciones en el hilo conductor de una función rebosante de humor, canciones inolvidables y personajes capaces de conquistar al público desde su primera aparición.

Previamente, salieron a decir unas palabras Jesús Arbués y la concejala de Cultura, Sonia Latre, quienes, entre otras cuestiones, agradecieron la inmensa labor de todo el personal técnico del Centro Cultural.

La propuesta, creada colectivamente por la compañía y dirigida por Javier García Ortega, plantea una historia aparentemente sencilla. Patricia, la más joven de la familia, descubre una caja repleta de antiguos casetes y pregunta con absoluta extrañeza qué son aquellos objetos de plástico transparente. La respuesta llega de inmediato de boca de su abuela y de la incombustible tía Puri, dos mujeres que no tardan en apropiarse de la conversación para demostrar que dentro de aquellas cintas no solo había música, sino toda una forma de entender la vida.

Desde ese instante, el escenario se transforma en una sobremesa interminable donde cualquier comentario conduce a una nueva anécdota. La abuela aporta la serenidad de quien ha visto pasar muchas décadas; la tía Puri, en cambio, irrumpe como un auténtico ciclón. Protesta, exagera, contradice, interrumpe y remata cada conversación con una ocurrencia que acaba provocando una nueva carcajada entre el público.

La química entre ambas sostiene buena parte del espectáculo. Sus conversaciones fluyen con la naturalidad de esas reuniones familiares en las que nadie espera turno para hablar. Se pisan las frases, se corrigen, discuten por detalles insignificantes y terminan dándose la razón casi sin querer. No interpretan personajes lejanos. Son esas mujeres que cualquiera ha tenido alguna vez cerca: capaces de convertir un consejo en un chiste y un recuerdo en una pequeña representación teatral.

Mientras Patricia observa aquel universo con la mezcla de curiosidad e incredulidad propia de quien pertenece a otra generación, la abuela y la tía Puri deciden dejarle una herencia muy distinta de la que cabe en una caja. No hablan de joyas ni de propiedades. Le entregan un puñado de consejos que mezclan sentido común, humor y ese punto de exageración tan característico de las madres y las abuelas.

"Después de un día triste nace otro mejor", le recuerdan cuando la conversación deriva hacia los malos momentos. Un poco después le aconsejan mirar atrás solo lo imprescindible y cuando parece que el discurso empieza a ponerse trascendente, la tía Puri desactiva toda solemnidad asegurando que la felicidad está en las cosas pequeñas: "Un pequeño yate, una pequeña mansión y una pequeña fortuna". La sala estalla en una sonora carcajada.

Los consejos domésticos tampoco tienen desperdicio. "Hagas lo que hagas, ponte bragas", sentencia una de ellas con absoluta seriedad. Acto seguido llega otra advertencia heredada de generaciones enteras: jamás salir de casa con los calcetines rotos, porque nunca se sabe cuándo puede ocurrir un accidente ni qué pensará el médico si descubre aquellos "tomates". El disparate está servido, pero precisamente ahí reside buena parte de la gracia del montaje.

Las cuestiones sentimentales tampoco escapan al examen familiar. Las dos mujeres advierten a Patricia de que no se convierta en "una tonta del haba" y, sobre todo, que tenga mucho cuidado con los tunos. A su juicio, pocas cosas resultan tan peligrosas como una bandurria, una capa y un estudiante dispuesto a cantar bajo un balcón.

Sin embargo, la función también encuentra espacio para mensajes sorprendentemente actuales. Entre bromas y pullas, la abuela y la tía Puri defienden que "cada quien ame a quien quiera y todos seamos felices". También animan a que los jóvenes vivan como deseen. "Deja que los chavales caminen como camelen".

Las conversaciones avanzan igual que lo hacen los recuerdos: sin orden aparente. Basta abrir un nuevo casete para que aparezca otra historia. De pronto, el escenario abandona el salón de casa y se sube a un Seat 600 cargado hasta el techo rumbo a las vacaciones de verano.

Las protagonistas evocan aquellos largos viajes familiares hasta Salou, cuando la primera parada casi obligatoria tenía lugar en una gasolinera. Mientras los mayores llenaban el depósito, los pequeños corrían hasta aquellos expositores giratorios donde colgaban decenas de casetes envueltos en plástico. Se elegía uno. Solo uno. Y aquel acompañaba todo el trayecto de ida... y también el de vuelta.

No había plataformas digitales, listas infinitas ni algoritmos. Había una única cinta que sonaba una y otra vez hasta que todos terminaban aprendiéndose cada palabra. "Nos sabíamos todos los temazos", recuerdan entre risas.

Los distintos personajes sobre el escenario del Centro Cultural, Foto Mercedes Manterola
Los distintos personajes sobre el escenario del Centro Cultural, Foto Mercedes Manterola

Ahí comienza el gran desfile musical del espectáculo. La primera en aparecer es Perlita de Huelva, cuya inolvidable "Precaución, amigo conductor" sirve para recordar que la velocidad nunca fue buena compañera de viaje. Después irrumpe Raffaella Carrà con la alegría de Explota, explota mi corazón, seguida por Karina, a quien las protagonistas siguen considerando "la más bonita", y por Marisol, convertida para siempre en "la niña eterna".

Cada canción abre una puerta distinta. Una conduce a una verbena de pueblo; otra devuelve a las fiestas patronales; otra revive un amor adolescente; otra termina en una discusión doméstica que desemboca en nuevas carcajadas. Nada aparece colocado al azar. Cada melodía encuentra su sitio dentro de una conversación que nunca pierde el ritmo.

Especialmente inspirada resulta la aparición de Las Grecas y su inconfundible Te estoy llamando locamente, convertida en una exhibición de energía sobre el escenario. Poco después llegan los ecos de la rumba más popular, con referencias a Los Chichos y a ese universo musical que las protagonistas reivindican sin el menor complejo. Porque precisamente esa es una de las mayores virtudes del montaje: nunca se ríe de aquellas canciones. Se ríe con ellas.

El público responde de inmediato. Muchos acompañan discretamente las letras desde sus butacas. Otros marcan el compás con el pie. Alguno no puede evitar cantar en voz baja. El teatro entero parece reconocer aquellos primeros acordes antes incluso de que los intérpretes pronuncien una palabra.

Mientras tanto, Patricia contempla fascinada cómo un simple casete es capaz de provocar una sucesión interminable de historias. Comprende poco a poco que aquellas cintas nunca fueron únicamente música. Eran la excusa perfecta para enamorarse, viajar, bailar, discutir, reconciliarse o reír hasta que doliera la barriga.

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Patricia, la abuela y la Tía Puri. Foto Mercedes Manterola

Y esa es precisamente la sensación que domina durante toda esta primera parte de la representación. Las canciones acompañan la historia, pero nunca la sustituyen. El verdadero espectáculo ocurre entre tema y tema, en esos diálogos ágiles, llenos de dobles sentidos, frases inesperadas y un humor tan cercano que convierte al público en un invitado más de aquella familia.

Uno de los momentos más celebrados llega precisamente con esa falsa comparecencia ante los medios protagonizada por Sergio y Estíbaliz, quienes anuncian solemnemente que abandonan Mocedades. La escena juega con uno de los episodios más conocidos de la historia del grupo vocal y lo lleva hasta el terreno del absurdo con un diálogo en el que se mezclan el castellano, algunas expresiones en euskera y un sinfín de respuestas imposibles. El resultado es una sátira inteligente, llena de guiños para quienes recuerdan aquella etapa y lo bastante divertida para conquistar también a quienes la descubren por primera vez.

El repertorio continúa creciendo con la misma naturalidad con la que avanzan las conversaciones de la abuela, la tía Puri y Patricia. Tras las melodías que acompañaban aquellos viajes en coche aparecen nuevos himnos populares que marcaron varias décadas. El público reconoce desde los primeros acordes Sopa de caracol, La Lambada, María Isabel, Eva María o la inevitable Macarena, canciones que, durante años, sonaron sin descanso en fiestas, piscinas, campings y verbenas de medio país.

El montaje encuentra además un magnífico equilibrio entre la palabra y la música. Cuando el ritmo amenaza con convertirse en un concierto, vuelve el teatro. Cuando el diálogo parece alargarse demasiado, llega una nueva canción para cambiar completamente la atmósfera. Esa alternancia mantiene viva la atención del espectador durante toda la función.

El público llenó el Centro Cultural Manuel Benito. Foto Mercedes Manterola
El público llenó el Centro Cultural Manuel Benito. Foto Mercedes Manterola

Especialmente logradas resultan las escenas dedicadas a los cuentos infantiles, donde la imaginación se desborda para construir situaciones tan absurdas como ingeniosas. Poco después llega una delirante reunión de brujas, con conjuros, supersticiones y referencias populares que desembocan en otro de los grandes momentos cómicos de la tarde. También aparecen los recuerdos de Londres, las compras en Camden Market, los inevitables malentendidos con el inglés y las anécdotas familiares contadas con un humor que nunca pierde la cercanía.

La dirección de Javier García Ortega demuestra un notable dominio del ritmo escénico. Coordinar una propuesta con tantos cambios de registro, entradas, salidas, números musicales y escenas dialogadas exige una precisión constante que el montaje resuelve con aparente facilidad. Todo parece suceder con espontaneidad, aunque detrás exista un trabajo de ensayo muy minucioso.

También merece una mención especial el trabajo del elenco. Anika Burrel, Álex Lasaosa, Chus Yerno, Desirée Pueyo, Gaby Laliena, María José Naya, Olga Bellón, Puri Broto, Gonzalo de Frutos, Raúl Betrán, Patricia Rosales, Esther Diago, Sandra Casanueva e Isabel Luna sostienen una función eminentemente coral, aunque en esta ocasión había tres papeles con una presencia más destacada. Con todo, cada intérprete encuentra su espacio dentro de un conjunto que funciona como un mecanismo perfectamente engranado.

La propuesta demuestra, además, una enorme versatilidad interpretativa. En cuestión de segundos los actores y actrices pasan del diálogo costumbrista al humor físico, de la parodia musical al canto colectivo o a la interpretación de varios personajes distintos. 

Imagen de Kandelikas Teatro Musical. Foto Mercedes Manterola
Imagen de Kandelikas Teatro Musical. Foto Mercedes Manterola

Sin apenas darse cuenta, el espectador llega al tramo final de la representación. Las risas siguen presentes, pero algo empieza a cambiar sobre el escenario. El ritmo se ralentiza. Las conversaciones dejan paso a un clima mucho más íntimo.

Entonces aparece Mario Benedetti. Los versos de Defender la alegría resuenan en el teatro con una serenidad que contrasta con el bullicio que ha presidido toda la función. No se trata de un añadido ni de un simple epílogo. Es el punto de encuentro de todas las enseñanzas que la abuela y la tía Puri han ido dejando a Patricia durante la representación. Defender la alegría frente a la rutina, frente al miedo, frente al desánimo. Defenderla, incluso, cuando todo invita a perderla.

Después llega la despedida. Uno a uno, los integrantes de Kandelikas Teatro Musical dejan por unos instantes a sus personajes para hablar como ellos mismos. Dedican la función a padres, madres, hijos, amigos y personas que ocupan un lugar importante en sus vidas. El teatro permanece en silencio.

Es entonces cuando se produce el momento más conmovedor de la tarde. Una de las intérpretes dedica sus palabras a Venezuela, todavía golpeada por el reciente terremoto que ha dejado miles de víctimas. Apenas consigue continuar. La emoción le quiebra la voz. Las lágrimas aparecen antes de terminar la dedicatoria y le impiden seguir cantando durante unos instantes.

Sus compañeros continúan la canción con absoluta naturalidad mientras ella intenta recomponerse y el público le muestra su cariño con una ovación. No hay dramatismo buscado ni efectos teatrales. Solo una emoción imposible de contener.

A continuación comienza Yo quiero tener un millón de amigos. La canción, tantas veces escuchada, adquiere un significado completamente distinto. Ya no es únicamente un conocido éxito popular. Se convierte en un abrazo que une el escenario con el patio de butacas en un mismo sentimiento.

Cuando llega el último acorde, el Centro Cultural Manuel Benito Moliner rompe en un prolongado aplauso puesto en pie. No es solo el reconocimiento a una buena función. Es la respuesta a un espectáculo que ha sabido hacer reír durante más de hora y media sin renunciar a la emoción cuando la historia lo exigía.

Con San Cristóbal Music Hall (música de gasolinera), Kandelikas Teatro Musical ha demostrado que el teatro musical también puede construirse desde la cercanía, el humor y la cultura popular. Bajo la dirección de Javier García Ortega, la compañía ha cerrado la XXXIV Muestra de Teatro y Danza Joven con un montaje tan divertido como inteligente, capaz de transformar unos viejos casetes olvidados en una celebración de la vida, de la familia y de esas canciones que, aunque dejen de sonar durante años, regresan con la misma fuerza en cuanto alguien vuelve a pulsar el botón del "play".

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