La defensa de las miradas diferentes ha vertebrado buena parte de la conversación que ha mantenido este jueves Lluís Miñarro, una de las figuras más singulares del cine independiente españo, en la sección El vermú con... del Festival de Huesca. El productor y director barcelonés ha reivindicado la necesidad de preservar espacios para las propuestas alejadas de las corrientes dominantes en un momento en el que, a su juicio, resulta cada vez más difícil escapar de la uniformidad. "Lo principal en este planeta y en esta vida es la diversidad", ha afirmado durante el encuentro, en el que ha reflexionado sobre el cine, la creación artística y la evolución de la sociedad contemporánea.
Para Miñarro, esta cuestión trasciende el ámbito cultural. No se limita a las películas que llegan a las salas o a las plataformas, sino que alcanza también la forma de pensar, de crear y de relacionarse con el mundo. "El pensamiento único es lo peor", ha advertido al recordar las dificultades que han acompañado a muchas de las producciones que ha impulsado a lo largo de su carrera y al defender el derecho del público a acceder a propuestas alejadas de las fórmulas más convencionales.
Acompañado de Chus Fenero en el exterior de Ultramarinos La Confianza, ha recorrido más de medio siglo de experiencias ligadas al séptimo arte, desde sus primeros recuerdos como espectador hasta su trayectoria como productor de más de 40 películas y director de una filmografía caracterizada por la búsqueda constante de nuevos caminos expresivos.
Uno de los momentos más sugerentes del encuentro ha llegado cuando la conversación ha derivado hacia el valor de las imágenes y la forma en que la tecnología ha transformado nuestra relación con ellas. Miñarro ha recordado una conversación mantenida con el fotógrafo Joan Fontcuberta para reflexionar sobre el significado que tuvieron las fotografías durante buena parte del siglo XX, cuando cada instantánea conservaba una carga emocional que trascendía el propio papel.

"Yo recuerdo fotografías de parejas en las que, al separarse, veías el hueco de la persona que había sido recortada. Permanecía una especie de fantasma", ha explicado. A partir de ese recuerdo, ha contrapuesto aquella huella física de la memoria con las posibilidades actuales de manipulación digital. "La imagen tenía una relación con la persona que ya no la tiene hoy en día", ha señalado.
Esa mirada hunde sus raíces en una pasión que le acompaña desde la infancia. El cineasta ha evocado las largas jornadas que compartía con sus padres y sus cuatro hermanos en el desaparecido cine Venus de Barcelona, donde la familia permanecía durante horas enlazando hasta tres sesiones consecutivas mientras su madre repartía la comida que había llevado en una fiambrera. Aquellas tardes acabaron convirtiéndose en el punto de partida de una vocación que marcaría su recorrido vital y profesional.
Con el tiempo, el interés por las películas dio paso a la curiosidad por quienes las concebían. A los 18 años impulsó junto a varios amigos dos cineclubs en Barcelona que pronto se transformaron en espacios de intercambio intelectual durante los últimos años del franquismo. Las proyecciones constituían apenas el punto de partida de conversaciones que se prolongaban mucho más allá de los créditos.
"Cualquier película servía para acabar expresando pensamientos porque no había otros foros donde hacerlo", ha recordado. Aquellos coloquios permitían abordar cuestiones políticas, sociales y culturales en una época marcada por las limitaciones a la libertad de expresión, además de descubrir cinematografías y autores que apenas tenían presencia en los circuitos convencionales.

Entre los recuerdos de aquellos años ha sobresalido el impacto que le produjo el descubrimiento de Luis Buñuel. Miñarro ha rememorado la conmoción que sintió al ver Los olvidados, una experiencia que todavía conserva con nitidez. También ha evocado los desplazamientos a Francia para acceder a películas prohibidas por la censura franquista y el papel que desempeñaron instituciones culturales extranjeras en la formación de toda una generación de cinéfilos.
La conversación ha avanzado después hacia sus primeros pasos en la industria audiovisual. Hijo de una familia trabajadora, ha recordado el esfuerzo realizado por su padre para sacar adelante a cinco hijos antes de explicar cómo una productora de publicidad, creada tras finalizar sus estudios, terminó convirtiéndose en la plataforma desde la que pudo financiar sus primeros proyectos cinematográficos.
Ese recorrido desembocó en Cosas que nunca te dije, dirigida por Isabel Coixet, una producción que tuvieron que sacar adelante en Estados Unidos ante la falta de apoyos dentro del sector español. Aquella experiencia abrió el camino a una trayectoria que acabaría vinculándole a algunos de los nombres más influyentes del cine de autor contemporáneo.
Al abordar su relación con los nuevos creadores, Miñarro ha desmontado una de las ideas más extendidas sobre la producción cinematográfica. "No me guío por un guion, me guío por la persona", ha asegurado. Más que la solidez de una historia sobre el papel, le interesa conocer las inquietudes, las referencias culturales y la manera de entender el mundo de quienes aspiran a dirigir una película.
"Me voy a cenar con esa persona y veo cuál es su ideología o por dónde va", ha añadido al explicar una filosofía de trabajo que le ha llevado a respaldar a realizadores como Albert Serra o Marc Recha, unidos a él por lo que ha definido como una especial "sintonía anímica".
La gran excepción fue La mosquitera, de Agustí Vila, una película protagonizada por Eduard Fernández, Emma Suárez y Geraldine Chaplin que le sedujo precisamente por la fuerza de su planteamiento narrativo. Aunque obtuvo el Globo de Cristal en el Festival de Karlovy Vary, el reconocimiento internacional no evitó las dificultades posteriores para encontrar distribución.
"Nadie me la quería estrenar", ha recordado, y esa experiencia le ha servido para reivindicar la función que cumplen los festivales como espacios de visibilidad para obras que difícilmente encuentran cabida en los circuitos más comerciales.

No en vano, las películas que ha producido o coproducido han recorrido centenares de certámenes internacionales y han cosechado cerca de 180 galardones. Para Miñarro, estos encuentros permiten que determinadas propuestas lleguen a espectadores especialmente receptivos a lenguajes y sensibilidades alejados de las tendencias dominantes.
El coloquio también ha permitido profundizar en su faceta como director. Durante años, ha confesado, se resistió a dar el paso por el respeto que sentía hacia los grandes maestros del cine. Todo cambió con Familystrip, un documental surgido de manera inesperada mientras seguía el proceso de elaboración de un retrato de sus padres.
La muerte del artista que realizaba aquella obra por suicidio provocó que el material permaneciera guardado durante años, hasta que decidió recuperarlo y convertirlo en película. "Me animé y me desnudé", y ha recordado el momento en que decidió compartir una historia profundamente personal.
Por otro lado, Miñarro se ha detenido en Emergency Exit, su largometraje más reciente, marcado por la presencia de Marisa Paredes en el que terminaría siendo su último trabajo ante las cámaras. El cineasta ha aprovechado ese ejemplo para reivindicar una forma de rodar abierta a la sorpresa, a los accidentes y a todo aquello que surge fuera de lo previsto.
"Hay que dejar que la vida penetre en una película", ha considerado, una declaración que sintetiza una trayectoria construida desde la curiosidad, la libertad creativa y la convicción de que las obras más valiosas suelen nacer allí donde existe espacio para lo inesperado.