Lunátika llena de humor y complicidad el escenario con un brillante ‘Un marido de ida y vuelta’

La adaptación dirigida por Yeimy Cruz conquista al público con ritmo, precisión coral y una demostración de trabajo colectivo

21 de Junio de 2026
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Lunátika, representando Un marido de ida y vuelta. Foto Carlos Neofato
Lunátika, representando Un marido de ida y vuelta. Foto Carlos Neofato

La promesa de un amigo incumplida, un marido que regresa desde el más allá y una sucesión de situaciones imposibles fueron el punto de partida de una noche en la que el público apenas tuvo tiempo para recuperar el aliento entre risa y risa. El grupo Lunátika presentó Un marido de ida y vuelta, la inmortal comedia de Enrique Jardiel Poncela, dentro de la XXXIV Muestra de Teatro y Danza Joven, con una adaptación dirigida por Yeimy Cruz que destacó por su agilidad escénica, su precisión coral y una evidente conexión con los espectadores.

Sobre las tablas cobraron vida los personajes creados por uno de los grandes renovadores del humor español. La historia sigue a Pepe, un marido sumiso que fallece durante una fiesta de disfraces después de arrancar a su mejor amigo, Paco, la promesa de que jamás se casará con su esposa, Leticia. El compromiso dura poco. Años después, cuando Paco ya se ha convertido en el nuevo marido de la viuda, el espíritu de Pepe regresa dispuesto a recuperar el amor perdido, desencadenando una cadena de equívocos y disparates propios del universo de Jardiel Poncela.

La elección de esta obra no fue casual. Después de abordar el pasado año una propuesta de fuerte contenido social, el grupo decidió regresar a una de las grandes comedias clásicas del teatro español. Yeimy Cruz explica que la compañía intenta mantener un equilibrio entre montajes más experimentales y otros vinculados a la tradición escénica. "Hay personas que disfrutan más con el teatro costumbrista y otras que prefieren propuestas distintas. Intentamos alternar ambos caminos y este año queríamos reencontrarnos con una comedia de las de toda la vida, de esas que siguen funcionando generación tras generación".

Sin embargo, detrás de la aparente ligereza del resultado final se escondía un proceso de trabajo especialmente complejo. Las obras de Jardiel Poncela exigen un amplio reparto, continuas entradas y salidas y una maquinaria escénica que requiere una coordinación minuciosa. A ello se sumó la dificultad de reunir a todos los intérpretes en los ensayos. "Montar una función tan coral siempre es complicado porque rara vez coincide todo el mundo a la vez. Hubo momentos en los que parecía imposible encajar todas las piezas, pero la respuesta del grupo fue magnífica y la obra terminó encontrando su forma".

El resultado fue una representación que avanzó con naturalidad durante cerca de hora y media sin perder impulso. Precisamente ese era uno de los aspectos que más preocupaba a la directora durante el proceso creativo. "Mi mayor obsesión era que una función tan larga mantuviera el ritmo de principio a fin. Quería que la gente permaneciera dentro de la historia, que disfrutara cada escena y que no perdiera la sonrisa en ningún momento. Ver que eso ocurrió fue una enorme satisfacción".

La respuesta del público confirmó esa impresión. El aforo rozó el lleno y los espectadores respondieron a cada situación absurda, a cada réplica ingeniosa y a cada giro inesperado de la trama. Las carcajadas acompañaron buena parte de la representación y terminaron convirtiéndose en el mejor termómetro del éxito de la propuesta.

Pero si algo destaca Yeimy Cruz por encima de cualquier otro aspecto es el compromiso humano que sostiene al grupo. Más allá de los personajes, el vestuario o los aplausos finales, la directora subraya la capacidad de los integrantes de Lunátika para apoyarse mutuamente dentro y fuera del escenario. "Lo más bonito no es únicamente lo que sucede delante del público. Lo verdaderamente emocionante es comprobar cómo todos están pendientes de todos. Cuando uno necesita ayuda aparece otro compañero. Da igual que lleve años actuando o que sea su primera experiencia teatral. Forman un único engranaje".

Ese espíritu colectivo se percibe especialmente entre bastidores. Cambios de vestuario contrarreloj, entradas perfectamente sincronizadas y compañeros atentos a cualquier imprevisto construyen una segunda representación invisible para los espectadores. "A veces pienso que sería maravilloso hacer una obra sobre lo que ocurre detrás del telón. Allí suceden cosas increíbles. Ves a personas ayudándose constantemente para que todo salga adelante y entiendes que el teatro es, sobre todo, un trabajo de equipo".

La propia directora reconoce que pocas horas antes del estreno las dudas parecían inevitables. "Cuando llegas al ensayo técnico siempre piensas que algo va a fallar, que todo durará demasiado o que el público se cansará. Luego llega el momento de la verdad y se transforman. Se crecen como auténticos titanes".

La función reunió a Ana Pueyo, Esther Ortega, Pablo Pelegrín, Lucas Martínez, Raquel Rausa, Lorenzo Ballarín, Laura Ayerbe, Marga Alfaro y Mar Valdenebro, integrantes de un reparto que asumió el reto de trasladar al presente el humor elegante y disparatado de Jardiel Poncela. La adaptación y dirección corrieron a cargo de Yeimy Cruz, responsable de una propuesta que volvió a demostrar que los grandes clásicos continúan encontrando nuevas generaciones dispuestas a habitarlos.

Al finalizar la representación quedaba la sensación de haber asistido a algo más que una comedia. Durante hora y media, el público contempló cómo un grupo de actores convertía meses de esfuerzo, ensayos imposibles y complicidad compartida en una maquinaria perfectamente engrasada. Una de esas noches en las que el teatro demuestra que la suma de muchas voluntades puede resultar tan poderosa como la mejor de las historias.

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