María Celia Fontana: “La capilla de San Victorián es un espacio de gran complejidad simbólica"

La investigadora ha presentado en Huesca la décima entrega de la colección Perfil del Instituto de Estudios Altoaragoneses

María José Sampietro
Filóloga y diseñadora gráfica
29 de Enero de 2026
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María Celia Fontana durante la presentación de su libro. Foto María José Sampietro
María Celia Fontana durante la presentación de su libro. Foto María José Sampietro

La historiadora del arte oscense María Celia Fontana ha presentado en el salón de actos del Instituto de Estudios Altoaragoneses su nuevo libro, La capilla de San Victorián del Monasterio de San Juan de la Peña. El discurso religioso y político del abad Juan Marqués, décima entrega de la colección Perfil del IEA. El acto contó con la participación de la directora del Instituto, Susana Villacampa Sanvicente, y del técnico de Patrimonio Cultural y responsable del Sipca, Francisco Bolea Aguarón, quien además dirige la colección, con la colaboración de la Librería El Iglú.

Doctora en Historia del Arte por la Universidad de Zaragoza y directora de la revista Argensola, Fontana cuenta con una amplia trayectoria investigadora y numerosas publicaciones centradas en el patrimonio artístico, tanto aragonés como novohispano. En esta obra aborda el estudio de la capilla de San Victorián, un espacio de gran complejidad simbólica situado bajo la roca del Monasterio de San Juan de la Peña y que anteriormente funcionó como sala capitular. En ella reposan algunos de los abades más relevantes del cenobio, entre ellos Juan Marqués, su principal promotor.

La autora destaca que una de las principales dificultades para el análisis de la capilla es la escasez de documentación escrita, siendo la inscripción conmemorativa del propio monumento la fuente más precisa, en la que se indica que fue edificada entre 1426 y 1433 por el cantero de origen francés Pedro Jalopa. A partir de este punto, Fontana desgrana con minuciosidad el programa iconográfico y arquitectónico, caracterizado por formas del gótico flamígero y una riquísima ornamentación en la que conviven ángeles músicos, santos, animales reales y fantásticos, criaturas híbridas, demonios, motivos vegetales e insignias abaciales y reales.

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María Celia Fontana junto a Susana Villacampa, directora del IEA. Foto María José Sampietro
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El libro analiza la diferenciación simbólica entre el exterior y el interior de la capilla. Mientras la fachada alude de forma alegórica a la vida terrenal del monje y a su preparación espiritual para la muerte, el interior representa el juicio particular del abad Juan Marqués, el tránsito entre la vida y la muerte y el asedio de los demonios que intentan impedir la salvación de su alma, todo ello en consonancia con la liturgia funeraria cluniacense del siglo XI. El conjunto transmite, por tanto, un mensaje de marcado carácter funerario.

Fontana puntualiza que, cuando fue construida la capilla de San Victorián, la preocupación por el juicio final se había trasladado al juicio particular. En esa época comenzaron a proliferar las capillas funerarias de grandes personajes, donde se daba pie a una escatología centrada en el individuo que debía hacer frente a su destino final.

Aunque no existen representaciones marianas explícitas, Fontana interpreta la estructura de arquivoltas y gablete como una evocación simbólica del manto de la Virgen de la Misericordia, protectora de los fieles que se cobijan en el interior del templo. La presencia constante de animales, como los caracoles —asociados al pecado de la acedia, esto es, la pereza—, dragones, leones y especialmente criaturas de formas perrunas, cumple una función moralizante y preventiva frente a los vicios monásticos. También aparecen gatos antropomorfos, animales que, junto a los perros, se vinculaban en aquella época, de forma injuriosa, con los judíos.

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María Celia Fontana durante la presentación de su libro. Foto María José Sampietro

Especial relevancia tienen los ángeles músicos esculpidos en la bóveda, que la autora identifica como una alegoría de los monjes entonando el canto gregoriano, símbolo de armonía espiritual y remedio frente al desequilibrio provocado por el pecado. Se suman otros elementos didácticos, como los ojos panópticos asociados a la iconografía de San Benito, que recuerdan al monje la vigilancia constante de Dios y la inevitabilidad del juicio.

El programa iconográfico se completa con la presencia de insignias reales y abaciales, destacando las armas personales de Juan Marqués y la señal de Aragón, reflejo de los estrechos vínculos del monasterio con la monarquía aragonesa. Según Fontana, la capilla articula un discurso múltiple: funerario, moral, político y de afirmación institucional, tanto del abad como del propio monasterio de San Juan de la Peña.

La autora concluye que el conjunto fue cuidadosamente pensado para transmitir, de forma aparentemente sencilla, un mensaje extraordinariamente complejo, fruto de una elaboración intelectual y simbólica de gran profundidad.

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