Juegos y recursos de un titiritero reúne 150 propuestas lúdicas tradicionales, gestuales y creativas que Paco Paricio ha ido recopilando a lo largo de más de cuarenta años de trayectoria profesional. El libro reivindica el valor del juego compartido como base de la educación y de la creación artística, y sitúa el cuerpo, el afecto y la presencia en el centro de la experiencia infantil, frente a la soledad y el aislamiento que imponen las pantallas. Se trata del tercer volumen de la colección La casa de los títeres, dedicada a la pedagogía y a los saberes del oficio titiritero.
La obra se concibe como una caja de herramientas abierta, pensada para docentes, educadores, familias y profesionales de la escena. Lejos de plantear un manual cerrado, Paricio propone materiales vivos que invitan a ser transformados. El volumen se estructura en tres grandes bloques: juegos tradicionales vinculados al teatro y la narración oral; propuestas procedentes del ámbito del tiempo libre y el campamento; y juegos desarrollados por el propio autor a partir de su práctica profesional. “El títere, al fin y al cabo, es un muñeco con el que se juega”, explica Paricio, que comenzó a guardar fichas de juegos incluso antes de dedicarse plenamente al oficio. Muchas de estas propuestas, señala, han servido como punto de partida para espectáculos y procesos de creación escénica.
El autor reconoce que “nunca se inventa nada del todo” y que buena parte del material procede de la tradición popular, especialmente de juegos castellanos y españoles muy arraigados. Desde los primeros juegos corporales con bebés hasta dinámicas más complejas basadas en el gesto, el ritmo o la palabra, el libro incorpora también variantes recogidas en giras internacionales. El objetivo no es reproducir mecánicamente las propuestas, sino activar la imaginación y ofrecer recursos que puedan crecer en manos de quien los utilice.
"Los juegos hay que jugarlos para entenderlos"
Durante años, Paricio se resistió a publicar este material porque, como él mismo dice, “los juegos hay que jugarlos para entenderlos”. Finalmente, optó por un formato muy visual y práctico: cada ficha incluye un dibujo, realizado por él mismo, que acompaña a la explicación y facilita su transmisión. La maquetación ha corrido a cargo de Víctor Gomollón, mientras que la portada recupera un cromo antiguo de niños jugando, una elección coherente con el espíritu del libro y con la voluntad de conectar memoria y presente.
Juegos y recursos de un titiritero forma parte de la colección La casa de los títeres, de la que es ya el tercer título, tras Los secretos del titiritero —traducido al portugués por titiriteros de Brasil— y La extraordinaria vida de Polichinela. Paricio ha avanzado su intención de ampliar la serie con nuevos cuadernos de pequeño formato, “libros que caben en el bolsillo”.
"El juego crea cultura, grupo y da identidad"
En el fondo del libro late una defensa clara del juego no competitivo y del contacto físico en la infancia. “Estamos traicionando a los niños si no jugamos con ellos”, afirma Paricio, al reivindicar lo que denomina la fisicidad del juego: mirar, tocar, acariciar, compartir ritmo y palabras. Frente a la omnipresencia de las pantallas, sostiene que el juego “crea cultura, crea grupo y da identidad”, y constituye una fuente directa de bienestar y felicidad.
En el ralet, el juego que aprendió de su abuela -que así debía referirse a un real- y que el titiritero sigue repitiendo con sus nietos, el desenlace es tan sencillo como revelador. Tras el recorrido de la moneda por la mano y el cuerpo del niño, tras la palabra susurrada y el gesto acompasado, la abuela abría finalmente la mano y no había nada. No quedaba rastro del objeto, solo la sorpresa y la risa.
Esa moneda invisible es el tiempo compartido, la atención plena, el afecto recibido sin condiciones. Es el vínculo que se crea en ese instante y que no se puede guardar ni medir, pero que deja huella. Para el titiritero, ese gesto resume una forma de educar y de estar con la infancia: ofrecer presencia, cuidado y amor, sabiendo que eso -aunque no se vea- es lo más valioso que se puede entregar.