No fue un estreno porque ya había sido presentado en los últimos meses del año pasado, pero sí un acontecimiento singular. "Pugna entre mitras", el libro del siempre prolífico y admirable explorador y descubridor literario José Antonio Adell, vio la luz a Huesca en la Iglesia de San Francisco de Asís y con el espíritu de conciliación diocesana por la concurrencia en torno al autor de los obispos de Huesca-Jaca y de Barbastro-Monzón, Pedro Aguado Cuesta y Ángel Pérez Pueyo, y los buenos oficios como anfitrión de un cura que simboliza precisamente la universalidad del mundo altoaragonés, mosén José María Cabrero.
Allí fue donde el autor describió un panegírico de las bondades del que, desde el 21 de junio próximo, estará en las oraciones y la inspiración de todos con motivo del Año Jubilar de San Ramón con motivo del 900 aniversario de su fallecimiento en Huesca, que ornará la actividad en Barbastro al alto nivel que merece el que fuera prelado en el palacio de la ciudad del Vero.
José Antonio Adell argumentaba con la clarividencia que caracterniza no sólo su producción literaria sino también su condición docente la prodigalidad de esta tierra en la enumeración de sus santos: en un glosario oscense de toda la provincia, acompañan a San Ramón en Huesca San Vicente, San Lorenzo y sus padres y hermano, San Victorián en el Sobrarbe en época visigoda, Santa Orosia, Nunilo y Alodia en la musulmana, en la cristiana San Félix y San Voto. En la larga lista, parada fundamental, por méritos y por deferencia al jerarca de Huesca-Jaca, a San José de Calasanz. San Poncio de Roda cierra la circunferencia perfecta junto a San Ramón en este listado prodigioso.
UN OBISPO RESISTENTE
San Ramón, que vio su primera luz en la francesa localidad de Durban en 1067, fue elegido prior de la iglesia de Sant-Sernin de Toulouse a finales del siglo, y su reputación trascendió las fronteras hasta ser consagrado obispo en la Catedral de Santa María de Barbastro en el 1104. Fue extraordinariamente dinámico en la propagación de la fe impulsando templos en diferentes localidades del reino. Aunque recibía continuas tentaciones, "fue un obispo pacifista, nunca luchó en batallas", explica José Antonio Adell, que abunda en su bondad intrínseca como un prelado extraordinariamente "caritativo".
Sus grandes quebraderos de cabeza procedieron de la personalidad singularmente agresiva del obispo Esteban de Huesca, que contaba con durante unos tiempos contó con la confianza del rey Alfonso. El obispo Ramón sostuvo disputas territoriales con sus homónimos de Huesca y de Urgell, y también con el rey Alfonso, en las que tuvo el respaldo de los pontífices. La concurrencia de intereses del monarca y de Esteban propició que en 1116 fuera desterrado de Roda por oponerse a combatir en las guerras de la época. Al menos, tal fue el pretexto oficializado.
Tres años después, el apoyo de nobles barbastrenses y del propio Alfonso I favoreció la vuelta a Barbastro, disipadas las conjuras de los otros prelados, excomunión incluida a Esteban de Huesca. Incluso se desplazó a las guerras santas con Alfonso I a Andalucía, si bien no llegó a entrar en combate y extendió su buena acción al aspecto del consuelo espiritual. Volvió a Huesca ya gravemente enfermo, donde falleció el 21 de junio de 1126.
José Antonio Adell incidía en su bonhomía, en su humanidad, en su apertura a los más necesitados, virtudes que, sin embargo, no le han llevado a un gran conocimiento de la población. De hecho, "hay quien lo confunde con San Ramón Nonato", por lo que estimaba el historiador que divulgar su inigualable figura, para sentir su manera de asumir las cruces hasta la santidad, es el gran desafío del Año Jubilar que comienza el 21 de junio.

ÁNGEL PÉREZ
El obispo Ángel Pérez agradecía a la Diócesis de Huesca esta oportunidad de dar a conocer la obra de jerarca que cerró los ojos "en Huesca, en la Iglesia de San Pedro el Viejo, donde queremos tener una eucaristía a lo largo del jubileo para expresar nuestra gratitud y comunión con esta tierra y esta diócesis".
Monseñor Pérez reconocía la necesidad de popularizar la figura de San Ramón, como Huesca conoce y reconoce a San Lorenzo o Jaca y multitud de localidades a Santa Orosia. "¿Qué más tiene que hacer San Ramón, obispo, para que tomemos conciencia de la inmena riqueza espiritual, cultural y humana que posee esta diócesis milenaria? ¿Cómo es posible que todavía no hayamos logrado popularizar la figura de uno de los obispos más singulares, más modernos y más profundamente actuales que ha dado nuestra Iglesia?"
Ángel Pérez establecía un aspecto fundamental para entender que es perfectamente compartible. "San Ramón no fue un personaje de museo. Fue un hombre libre, un pastor incómodo. Un obispo no al uso, como acertadamente define María Puértolas, vicedirectora de nuestro Museo Diocesano. Un hombre probado por la adversidad. Expulsado de su sede. despojado. Humillado incluso. Enviado al destierro... Y, sin embargo, su grandeza no estuvo en el cargo que ocupó, sino en la manera de vivir, de afrontar la crisis". Tal fue su persistencia que el Rey y el Papa se arrepintieron de su destierro, de despojarle de su silla de Barbastro, como recogió el historiador Aínsa, sin que mellara, eso sí, la soberbia de sus contrincantes.
"Tras su salida forzosa de Barbastro –según la tradición se despidió de Barbastro desde el montículo en que está construida actualmente la ermita a él dedicada, que fue mandada levantar por el obispo Miguel de Cercito, y que hasta ese momento había sido el monte de los ahorcados– se fue a Roda donde residió un año con la esperanza de recuperar Barbastro. El Papa Pascual II ordenó la devolución inmediata de Barbastro a San Ramón, denunciando a Esteban y al rey pero murió el Papa sin haber sido escuchado. El Papa Calixto II no tuvo más suerte pese a haber excomulgado al Prelado oscense. Tras la muerte de San Ramón se restituyeron los bienes personales pero no los territoriales".
Fue nombrado canónigo del cabildo de Zaragoza y a partir de ese momento la relación entre los cabildos de Zaragoza y Roda será estrecha, recordaba Monseñor Pérez Pueyo, que aludía a su reconciliación con el rey Alfonso, que lo llevó al sur como apoyo moral al monarca y sus tropas. Murió en el monasterio de San Pedro el Viejo "y los Canónigos de Roda trasladaron su cuerpo a la catedral de la Sede Ribagorzana. En un primer momento fue colocado en tierra, posteriormente el obispo Gaufrido manda colocar sus restos en un túmulo de mármol, en 1143. En 1170, en presencia del rey Alfonso II –hijo de Petronila– los restos son trasladados al magnífico sarcófago de la segunda mitad del siglo XII. No sería este el destino final del santo puesto que en numerosas ocasiones sus restos fueron trasladados, al menos a dos urnas distintas y finalmente, en 1990, volvieron a reposar en dicho sarcófago", continuaba el actual jerarca barbastrense.
Su fama de santidad creció rápidamente y en 1134 ya era tenido y venerado por santo en la Diócesis de Roda-Barbastro. Fue Miguel de Cercito, natural de Ejea de los Caballeros, segundo obispo de Barbastro tras la restauración de la sede en 1571, quién promovió el culto al Santo en Barbastro y toda la Diócesis, consiguió el permiso de los canónigos de Roda, gracias a la ayuda del rey Felipe II y previa autorización pontificia, se trasladaron parte de las reliquias del Santo a Barbastro –dicho traslado de las reliquias se narra escultóricamente en el retablo de san Ramón de la catedral de Barbastro– y lo elevó a patrón de la Diócesis y de la ciudad de Barbastro.
"Orgullosos podemos estar todos los hijos del Alto Aragón Oriental de pertenecer a esta Diócesis misionera y martirial, cuna de tantos santos y fundadores y de tan insignes pastores. Pidámosle que, por su intercesión, el Señor le conceda al segundo pastor de esta Iglesia las vocaciones sacerdotales que necesite en esta nueva era", concluía Ángel Pérez.
PADRE PEDRO AGUADO
El obispo de Huesca, Pedro Aguado Cuesta, desarrollaba su intervención comenzando por una reflexión. "Uno aprende de un libro desde su propia realidad, con su cabeza y su corazón. Yo soy obispo de Huesca, como Esteban, el malo de la película", bromeaba, y "he leído con mucho interés el perfil de los obispos del libro, de forma singular el de San Ramón".
El Padre Pedro agregaba que le ha "ayudado a entender el tipo de obispo que necesita esta tierra. Un obispo que vivía profundamente su fe. La gente sabía que su obispo Ramón era un hombre profundamente creyente, un hombre de fe, que no deseaba el cargo, que se disgustó cuando le nombraron. Que estaba cerca de su gente. Que era capaz de perdonar y de confrontar el mal. Que defendía sus derechos, no pensando en él, sino en su pueblo, era obediente y claro en sus planteamientos, y estaba en plena comunión con el Papa de Roma".
Por el contrario, "otro obispo, que estaba lejos de su pueblo, que se dedicaba a lo que le daba beneficios y no al servicio de su gente. Que buscaba bastante su propia gloria y sus pretensiones, que era incapaz de vivir la obediencia al Papa, dos veces excomulgado, y que no paraba de mentir para ir adelante con sus planteamientos. No queremos este obispo, aunque haya que aprender también de esto. Uno aprende de los buenos ejemplos, y también de los malos, de lo que debe hacer y lo que no debe hacer".
Ha animado a leer el libro de Adell, una lectura "amena, breve, sencilla, de la que podemos sacar mucho fruto. Y podemos conocer mejor nuestra propia historia para afrontar mejor el futuro. Hoy día, Huesca, Jaca y Barbastro son diócesis hermanas, diferentes y cercanas. Y queremos caminar en comunión al servicio de nuestro pueblo".
MOSÉN CABRERO
Mosén Cabrero, amigo del autor que ha sido su biógrafo, ha sido perfecto anfitrión y sabio orador. El sitamino párroco de San Francisco de Asís ha contextualizado aquellos tiempos en que se desenvolvió San Ramón. Los castillos de Áinsa, Samitier, Alquézar, Rodellar, claves en la reconquista. La Barbitania, el territorio en torno a Barbastro, y el priorato de Alquézar, del que ha recordado la jota: "La joya del Somontano, en Huesca creerán que es perla, pueblo bonito de España, Alquézar no te la pierdas".
Ha recordado la conquista de Alquézar en 1067, los primeros habitantes de la Colegiata que fueron monjes de San Juan de Matidero y de San Cucufate de Lecina. Por la zona de abajo, en Siétamo había un molino que dependía de la Colegiata de Alquézar, lo que demuestra que "tenía unos tentáculos muy extendidos". Ha citado maravillas monumentales de distintos lugares de la provincia y ha concluido con un recorrido por distintos obispos y sus relaciones con los reyes.