"Reflejos y sombras", el viaje de Javier Sanagustín para reconocerse en la pintura

Cinco años de búsqueda entre los grandes maestros desembocan en una primera exposición individual que culmina con un autorretrato concebido como reflejo y encuentro con el espectador

08 de Octubre de 2026
Guardar
Exposición "Reflejos y sombras" de Javier Sanagustín. Foto Myriam Martínez
Exposición "Reflejos y sombras" de Javier Sanagustín. Foto Myriam Martínez

Hay recuerdos que se fabrican en apenas unos segundos y, sin embargo, son capaces de abrir un camino de cinco años. A Javier Sanagustín le ocurrió en el Museo del Prado, mientras recorría sus salas con su pareja y un amigo de Madrid. Entre cuadros y visitantes, escuchó a un niño decirle a su padre: "Papa, papa, vamos a ver a Goya". Aquella frase aparentemente sencilla se convirtió en el origen de Reflejos y sombras, la primera exposición individual del artista oscense, que este jueves se ha inaugurado en el Palacio de Villahermosa de Huesca.

Lo que llamó su atención no fue tanto que aquel pequeño quisiera contemplar un cuadro del pintor aragonés de Fuendetodos, sino la manera en que lo dijo. Quería encontrarse con él. "Me hizo ver algo y pensar en que el niño quería ir a encontrarse con Goya como si siguiera con nosotros, como si hablara de un amigo, de un familiar o de alguien vivo". Aquella mirada infantil terminó provocando otra búsqueda, esta vez íntima: la de un artista intentando descubrir cuánto de sí mismo había en aquello que pintaba.

Así comenzó un recorrido que le llevó a mirar de otra manera su propia creación y a reconocer en ella las huellas de artistas que habían formado parte de su imaginario. Monet, Van Gogh, Vermeer, Picasso o Kahlo, entre otros, aparecen como puntos de partida de un proyecto que no persigue la copia ni el homenaje formal. La muestra reúne catorce piezas y cada una nace del diálogo personal con una obra de la historia de la pintura.

Poco a poco, Sanagustín empezó a descubrir que algunas imágenes que había conservado, fotografías que le habían llamado la atención o soluciones que aparecían en sus cuadros tenían una relación con aquello que habían hecho otros antes que él. No era una influencia buscada de manera consciente, sino una especie de memoria artística que había ido sedimentándose.

Exposición "Reflejos y sombras" de Javier Sanagustín. Foto Myriam Martínez
El público contempla una de las obras. Foto Myriam Martínez

De ahí nació también el juego que da nombre a la muestra: Reflejos y sombras. En unas ocasiones, la referencia permanece reconocible; en otras, se transforma, se desplaza y acaba conduciendo el cuadro hacia un territorio propio. Pero, por debajo de esa distinción, había una pregunta más profunda: qué quedaba de Javier cuando desaparecía la obra de partida. "Ha sido ese camino y ese juego entre reconocimiento y subjetividad para encontrar lo que quería representar y, sobre todo, encontrarme a mí".

Cinco años después, la respuesta le ha aportado una mayor conciencia de su propia manera de crear. Durante ese tiempo, ha ido comprobando cómo aquellos referentes habían influido no solo en su trabajo plástico, sino también en su fotografía y en los textos que escribe durante el proceso creativo. La exposición se ha convertido así en una especie de mapa de esas influencias, pero también en el registro de una evolución personal.

Ese recorrido explica la diversidad de lenguajes que conviven en la exposición. Hay paisajes, retratos y piezas que atraviesan territorios muy diferentes, desde lo barroco hasta la abstracción, pasando por el Renacimiento, el cubismo o un "realismo mágico muy bonito".

La pintura no siempre comienza con una respuesta. "Muchas veces pinto sin saber muy bien qué es lo que quiero hacer, pero eso no quiere decir que no sepa lo que estoy haciendo". Pintar y escribir van de la mano y es al terminar cuando consigue descifrar lo que ha hecho: "Cuando acabo y me doy cuenta de lo que he escrito, de lo que veo y de lo que he representado con mi pintura, es cuando de verdad lo entiendo y me entiendo".

Todo desemboca en el autorretrato, la última pieza de la muestra y su preferida. "Estamos viendo mi autorretrato y me veo a mí, e intento que la gente me vea como yo me estaba viendo".

En el lienzo aparece también una sombra. "Es algo vivo; no pinto y únicamente ahí existe la obra, sino que la gente que ve los cuadros es la que realmente hace que esa obra exista. Poniéndote delante es cuando realmente haces que la obra coja un poco de sentido, viva y aparezca".

El agua aparece en distintas piezas de la exposición y también en el autorretrato. Sanagustín explica de dónde procede ese recurso y qué significa para él: "Salía de mí y era mi manera de representar esa pintura emocional". En Mira Encarnada, su reinterpretación de la Mona Lisa, el goteo y la fluidez envuelven también la figura.

La palabra ocupa un lugar complementario en la muestra. "No quería inundar la sala de textos". Cada pieza incorpora un código QR para acceder a los escritos relacionados con ella y el catálogo reúne las imágenes y los textos de las catorce obras.

En una de las vitrinas aparece el primer escrito relacionado con una de las piezas, un hallazgo que le hizo especial ilusión: "Soy un desastre con los papeles". Los textos que enlazan las distintas partes de la muestra fueron escritos durante el montaje.

Ante una exposición que por primera vez siente completamente suya, Javier Sanagustín reconoce una seguridad que antes no tenía: "Por fin me sentía muy cómodo con la manera en la que yo creaba".

Logo WhatsApp
Suscríbete a nuestro canal de WhatsApp para tener la mejor información

En la inauguración, el público también ha pasado a formar parte de la propuesta mediante una performance participativa vinculada al concepto de la muestra. Cada persona ha intervenido sobre su propia imagen en dos momentos: primero como sombra y después como reflejo. El resultado de esta acción permanecerá en la sala durante el resto de la exposición, prolongando así la idea de Sanagustín de que la obra cobra sentido cuando quien la contempla se sitúa ante ella.

Cuando se le pregunta qué es lo que más disfruta, responde: "A mí lo que más me gusta es el proceso, e encanta mancharme, pintar, escribir". Tampoco necesita que alguien contemple después sus cuadros: "Si yo pintara y nadie lo viera, sería igualmente feliz".

Quizá por eso aquel recuerdo del Prado sigue teniendo tanto peso. Un niño quería ir a ver a Goya como quien se acerca a alguien cercano. Cinco años después, Sanagustín ha dejado su propia mirada al otro lado del lienzo, esperando a quien quiera detenerse ante ella.

Archivado en