Romería laica en el Corral de Comedias de Robres para asistir al reestreno de 'Entre dos amores'

Profundidad de sentimientos de dos seres sensibles en un entorno siempre cambiante

Carlos Neofato
03 de Octubre de 2026
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Reestreno de 'Entre dos amores' en el Corral de Comedias de Robres. Foto Carlos Neofato
Reestreno de 'Entre dos amores' en el Corral de Comedias de Robres. Foto Carlos Neofato

Dos autobuses llegados de Huesca y la comarca han trasladado hasta la localidad robresina a más de un centenar de espectadores. Cerca de una veintena de vehículos privados aparcados en las inmediaciones del teatro completaban el “mucha mierda” moderno que anticipaba el rotundo éxito de público que el reestreno de 'Entre dos amores', obra escrita, dirigida y adaptada por un prolífico Luis M. Casáus, personaje sin el cual no puede entenderse, por dedicación, trabajo y constancia, este fenómeno cultural llamado “Teatro de Robres” (y ahora Corral de Comedias) que ha llevado a la comarca de Los Monegros un latido cultural digno de estudio acerca de la implementación del teatro (clásico y moderno) en ámbitos y entornos rurales.

Como aperitivo teatral el director es presentado entre sombras, con un traje negro y una luz casi cenital que aumenta aún más su presencia en las tablas. Luis Casáus comparte con el público sus primeros contactos con el teatro, en breve y muy emotiva confesión que acaba cuando presenta al jovencísimo actor Víctor Laguarta, que da la bienvenida, repasa las diferentes zonas en las que el Corral de Comedias se divide, hace chanzas y bromas sobre su papel y termina, dejando boquiabierto a los presentes, con un soneto a la manera del archiconocido de Lope de Vega.

Y comienza la obra. Un muy sobrio atrezzo con una pantalla de proyección, unas pocas sillas, una mesita de cafetería y atriles que lucen flores en sus mástiles. En uno de ellos Luis, casi invisible, que enfatiza momentos y escenas con una voz suave y firme. Y, con paso renqueante y parsimonia, aparece Roberto Nistal; como siempre, impecable en su dicción, contenido en el gesto y perfectamente integrado en el espíritu de un Machado reflexivo, con dosis justas de nostalgia y tristeza.

Continúa el elenco la figura etérea, dulcemente expresiva y omnipresente de Leonor, la que fue esposa de Antonio Machado y musa del poeta en esa Soria fría que le enseñó a mirar Castilla. Olga Bolea dota a Leonor de una elegancia atemporal, de una complicidad que trasciende los años y de un interrogante sin repuestas acerca de lo que pudo haber sido esa historia si la enfermedad hubiera respetado su joven cuerpo. 

Y Ana Sus se apropia espectacularmente de Guiomar; expresa un amor prohibido cuyas líneas rojas no traspasa por sus convicciones religiosas y su situación de casada y madre, las contradicciones entre los círculos progresistas que frecuenta y sus encuentros furtivos con el poeta, las punzadas en el corazón que experimenta al recibir una carta de su platónico enamorado… Ana Sus no declama tan sólo; los evidentes esfuerzos de contención de su cuerpo (en ocasiones se traducen en un ligero temblor) delatan la profunda conexión de dos seres sensibles en un mundo convulso.

El público no se mueve. Con el corazón encogido y los ojos húmedos, ni siquiera la presencia espontánea de un murciélago que revolotea repetidamente, distrae su atención del escenario. Tras 90 minutos , llega la catarsis en forma de un largo y explosivo aplauso que obliga al elenco a saludar repetidamente.

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