Sifro González: "Poner cara, ojos y nombre a las víctimas de la guerra te cambia la escala de valores"

El autor de Fragmentos de los días grises. Diarios de Kosovo revive en la Feria del Libro de Huesca las experiencias humanas que marcaron su labor como delegado humanitario en los Balcanes

06 de Junio de 2026
Guardar
Sifro González presenta Fragmentos de los días grises. Diarios de Kosovo.

Hay viajes que terminan cuando uno regresa a casa y otros que continúan durante décadas. Para Sifro González, Kosovo pertenece a esta segunda categoría. Veinticinco años después de su experiencia como delegado humanitario en los Balcanes, el autor sigue dialogando con aquellas vivencias a través de la literatura. El resultado es Fragmentos de los días grises, diarios de Kosovo, una obra que estos días firma en la caseta de Scribo Editorial dentro de la 42.ª Feria del Libro de Huesca.

Más que una novela al uso, el libro se presenta como un relato testimonial construido a partir de la memoria, la observación y la experiencia directa. González sitúa al lector en el Kosovo de finales de 1999 y comienzos de 2000, cuando la guerra había terminado oficialmente, pero las heridas permanecían abiertas en las calles, en las familias y en la vida cotidiana de miles de personas.

Sin embargo, el libro no se limita a reconstruir aquellos meses. También incorpora la mirada de quien ha regresado durante años a los territorios de la antigua Yugoslavia para comprobar qué quedó de aquella guerra y qué transformaciones se produjeron tanto en los países como en las personas que la vivieron.

Uno de los ejes de la obra es precisamente la reflexión sobre la posguerra, una realidad menos visible que el conflicto armado, pero igual de determinante para quienes la sufren. González sostiene que muchas de las fracturas abiertas durante los años noventa siguen presentes en los Balcanes actuales.

A su juicio, existe un equilibrio frágil que permite la convivencia, pero que no ha conseguido borrar completamente los resentimientos heredados. "Quedan absolutamente todas las cicatrices sin resolver", afirma. Una impresión que ha ido reforzando a medida que visitaba lugares como Sarajevo, Bosnia-Herzegovina, Kosovo, Serbia o Macedonia del Norte.

El autor considera que el paso del tiempo no siempre ha servido para cerrar las heridas. En algunos casos, explica, el dolor y los enfrentamientos han atravesado generaciones enteras. Por eso advierte de que persisten tensiones latentes que siguen formando parte de la realidad cotidiana de la región. "Hay muchos odios heredados y cualquier chispa podría volver a encenderlos", señala con preocupación.

Más allá de la dimensión histórica y política, el libro posee una profunda carga humana. González tenía 32 años cuando llegó a Kosovo. Trabajaba ya en el ámbito de la cooperación, pero reconoce que nada lo había preparado para encontrarse cara a cara con las consecuencias reales de una guerra.

Aquella experiencia le obligó a enfrentarse a historias que hasta entonces solo conocía a través de informes o estadísticas. De pronto, detrás de cada dato aparecían nombres, rostros y vidas marcadas por la violencia, el desplazamiento o la pérdida. "El hecho de ponerles cara, ojos y nombre a esas víctirmas te cambia la escala de valores", recuerda. Esa transformación personal constituye uno de los hilos conductores del libro y explica buena parte de su carga emocional.

El escritor reconoce que aquellas experiencias modificaron profundamente su forma de entender el mundo. Le hicieron replantearse prioridades y relativizar muchas preocupaciones cotidianas que antes parecían importantes. "Cuando ves lo que la guerra ha hecho en muchas vidas, cambian muchas cosas en tu interior", afirma.

En tiempos marcados por nuevos conflictos internacionales y por imágenes de guerra que vuelven a ocupar los informativos, Fragmentos de los días grises adquiere también una dimensión de advertencia. No solo habla de Kosovo. Habla de las consecuencias que dejan los enfrentamientos cuando desaparecen las cámaras y la actualidad dirige la mirada hacia otro lugar.

La obra recuerda que las guerras no terminan cuando cesan los disparos. Continúan durante años en la memoria de quienes las han sufrido y en sociedades obligadas a reconstruirse sobre cicatrices todavía visibles.

Desde la caseta de Scribo Editorial en la Feria del Libro de Huesca, Sifro González comparte estos días una historia nacida de la experiencia directa, pero también una reflexión sobre la fragilidad de la paz y sobre la necesidad de preservar la memoria. Porque algunas heridas tardan generaciones en cerrarse y porque, como sugiere el propio libro, comprender el dolor ajeno sigue siendo una de las formas más valiosas de conocimiento.

Archivado en