Lo adelantó María PIlar Goded, la directora de la representación, en la explicación previa a la interpretación de Sublime Decisión de Miguel Mihura: mucho de lo que sobre el escenario se iba a apreciar por la acción actoral en palabras y gestos es extraordinariamente actual, por más que el lenguaje y el contexto se situaran en 1895. Tras cincuenta años de este grupo de teatro leído, agregó, demuestra pujanza aunque hayan cambiado las caras porque lo que sobra es pasión por la dramaturgia y deseo de agradar en un amplio elenco de actores y actrices entregados a sus papeles.
Estaba el auditorio del Centro Cultural Fundación Ibercaja prácticamente lleno para disfrutar de la obra de Mihura estrenada en el Teatro Real de Madrid el 9 de abril de 1955. Entre el público, de todas las edades, los había que recordaban la maravillosa actuación de María Luisa Merlo, Agustín González, Blanca Sendino, Tina Sainz, Erasmo Pascual, Miguel Aguado y José Vivo aquel 1 de octubre de 1968 en que el extraordinario programa Estudio 1 de Televisión Española dio a conocer Sublime Decisión a los españoles concentrados en uno de los dos canales que había (el otro era la UHF, que hoy se llama La 2) . Se le daba tanta importancia al teatro que formaba parte de la parrilla de la tele principal, ya que la otra se destinaba a contenidos minoritarios (documentales y otras temáticas culturales).

En una ambientación espléndida tecnológicamente creada por Pilar Sopena (y con música, sonido y decoración de Jesús Porta, Carlos Pie e Isabel Porta), se iniciaba la representación con las figuras introductorias de la protagonista principal, Florita (papel interpretado por María Jesús Porta), y dos probos funcionarios (Ramón -Jesús Mariano Muro- y Hernández -Pablo Cuevas-) que contextualizaban la relatividad de ese 1895 previo a la pérdida colonial y la decrepitud del país, con síntomas evidentes de falta de certezas y respuestas. Sociedad de chismosas pretendientes de alta sociedad (Doña Rosa -Elena Arcéiz-, Valentina -Ana Aller-, Doña Matilde -Amalia Foncillas-, Doña Carlota -Conchita Pérez-, Doña Venancia -Isabel Porta- y Cecilia -Ana Minguella-) y, adentro las paredes de la casa familiar, los personajes del padre de Florita (Don José -Javier García Antón-) y Felisa (Pilar Porta, la criada ingeniosa y ligeramente anublada por los destilados).
Un juego de dobles sentidos desternillantes en los diálogos, una situación propia de la España decadente en la que las cesantías -lo que hoy diríamos los vaivenes de los cargos de confianza y toda la reata de dependientes en las instituciones- afectan directamente a familias como la que ocupa la escena principal, Don José enfermo por el frío de la casa que no se puede calentar por falta de medios y por el hambre que aprieta por falta de posibles para nutrir con sopicaldos y gallinas, con su hermana Doña Matilde deseosos de que dos pretendientes (Pablo -Francisco Tudela- y Manolo -José María Herranz) "se quedaran" a Cecilia y Florita, esta última inmersa en el escándalo del entorno por su alternativa de probar nuevas experiencias: u oficinista o convento, "desde arriba me han tirado luz".

Los sucesivos cambios de gobierno entre conservadores y liberales, y la torpeza de los aspirantes. El acto primero concluía con la llegada del cura y don Claudio (Jesús Porta) y el desvanecimiento de Florita cuando iba a comunicar su sublime decisión y...
El acto segundo transcurría en una oficina en el Ministerio de Fomento donde concurren el jefe, don Claudio, y sus tres subordinados, Hernández... de la Barquera, Pablo y el auxiliar, Ramón. Allí se presentan Florita, Don José y Doña Matilde, acompañantes de la nueva empleada en un experimento moderno del Gobierno de introducir, por vez primera, a una mujer en un trabajo ministerial. La sucesión de escenas es digna del talento de Miguel Mihura. Una "entrega" de Don José (avergonzado por las circunstancias que obligan a acceder a que su hija trabaje en tal función) y Doña Matilde, una desnudez de la escasa laboriosidad de los burócratas (muy en el estilo de "Vuelva usted mañana" de Mariano José de Larra con el tono acre de Hernández), una constatación de la eficiencia de Florita (deslumbrante su manejo del "aparato", una máquina de escribir, 'invento' entonces ignoto) y una ulterior "pelea de gallos" de los cuatro empleados por conquistar a la bella compañera. Y, como consecuencia de tal alteración de testosterona, el despido de Florita.

El tercero y postrer acto de la obra de Mihura vuelve al domicilio, donde la actitud de Florita sigue dando que hablar. Retorno de escena de correveidiles, esta vez con don José y Doña Matilde como anfitrionas. Chispeantes conversaciones en tono ataque-defensa, eso sí, con buenos modales... cargados de puñales metafóricos. Atmósfera en la que el padre afila sus armas para desnortar a las contrincantes dialécticas con el complemento de la ocurrente tía de la protagonista.
Manolo, el pretendiente de Cecilia, llega exultante para comunicar que ha habido remodelación gubernamental y esta vez está en la mitad triunfal del cambio, por lo que pide a su amada que se ponga el sombrero que le sedujo desde que la conoció y vayan juntos, con Doña Matilde, a comprar en la mejor pastelería de Madrid.

Florita, por fin, sale de su habitación cuando todos se han ido. Pide perdón a don José y le explica su frustración: no sirve para guiñar un ojo. Y, por tanto, está inhabilitada para que le sigan los hombres por la calle y le digan : "¡Vaya gallega!" (expresión que le ha inspirado el racial machismo de Hernández). Una sutileza femenina que ha leído en novelas que le han permitido fantasear con ser una "mujer mala" que salga a la calle y, tras el pertinente gesto ocular, sea invitada a cenar. Nada menos que langostas y aceitunas. El padre, con los jugos gástricos revoloteando por la gazuza, reconoce que el menú no es malo pero reacciona: "¡Ni aunque hubiera entremeses!" Recomendación de época: "Borda un pañito, cose un botón... Haz un canesú... Ve a la cocina y mira cómo hierve el agua de un puchero... Haz lo que hacen todas las mujeres... Y piensa que el único camino que tiene una mujer es casarse con un hombre".
La irrupción de Pablo y Hernández aflora las esperanzas. No es sino un espejismo. Relatan que toda la oficina del segundo acto ha quedado cesante. Y lo mismo refiere Cecilia de Manolo, adiós a los pasteles. Florita se compromete a rebelarse contra el destino y adelantarse a los tiempos. Felisa se convierte en narradora de lo que acontecía a continuación, de esa Florita precursora y profeta con costumbres que "dejaron turulatos a la vecindad y al barrio entero".

El desenlace es transgresor y, como tal, asombroso. Los cesantes han sido repuestos por la esencial razón de que, en el enésimo relevo institucional en días, don Claudio ha aprovechado que "es un fiera para liar emboquillados" y ha encandilado con tal habilidad (en el hoy anglicista le llamarían "soft skills") al ministro que le ha nombrado director general, responsabilidad en la que ha decidido crear un negociado donde sólo laboren mujeres que reclutará Florita. Sin embargo, lacónica, replica a Manolo que una vez ya dio "una campanada" y sus amigas ni le hablan ni le saludan. Un final giro tras la conversación reconviene a la propia Florita, que acaba alistando para el negociado ministerial a Valentina, Cecilia e incluso Doña Matilde. Declina, transitoriamente, el ofrecimiento de su pretendiente y, derribadas las barreras de la costumbre -incluso el dietario de trabajo de Felisa-, se adentra en el mundo de la emancipación -no se usaba tal término en 1955- femenina a través del trabajo.
1895. Ayer, 16 de marzo, fue Día de la Mujer (ya lo proclamó María Pilar Goded en la incertidumbre del resultado de la obra) en el auditorio del Centro Cultural Fundación Ibercaja. Y se saldó con una cerradísima ovación tras dos horas y media de risas y de dramas en la atmósfera genial del teatro del absurdo. Final con tarea porque, desde el escenario, 130 años después, sobrevolaron reflexiones para madurar.