Todo va a salir según lo previsto

Juan Marques.
Crítico de libros
09 de Junio de 2024
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Alejandro Simón Partal.
Alejandro Simón Partal.

Tras publicar cinco libros de poemas (antologados en 2023 en Ese de anoche) y la magistral novela La parcela, Alejandro Simón Partal regresa a las librerías tanteando un nuevo género, el diario, en su variante de “diario de rodaje de una película”.

 

Alejandro Simón Partal

La planta baja. Diario de rodaje

Madrid, Plaza y Janés, 2024

202 páginas. 21,90 euros

Sé cuáles y cuántas son las diferencias entre una reseña y una columna de opinión (aunque pueda ésta hablar de un libro). Esta página que sigue quiere ser una reseña: eso implica, entre muchas cosas, que no estoy en ella para hablar de mí, y además no quiero caer demasiado mal a los lectores, pero no puedo no explicar que a mí el cine no me interesa demasiado.

Cada vez que digo que el cine no me gusta noto una conmoción alrededor, como si hubiese confesado alguna tara desconocida, inconcebible, pero ésa es la verdad, más o menos, aunque ha ido por épocas.

Sé muy bien lo que es disfrutar viendo una película, y hay algunas que han sido decisivas para mi vida, sublimes, iniciáticas, transformadoras de mi forma de entender las cosas…, pero a día de hoy prefiero leer un libro de poemas irrelevante (esto es, casi cualquier libro de poemas) que ver una película buena, y no sólo por aquello de la profesionalización o, digamos, la responsabilidad laboral, sino porque, sin poder entrar ahora en muchos detalles, siento que el cine aleja, que el cine despista de la vida, mientras la literatura suele acercar, suele merodear la verdad con menos atajos o incluso menos trampas.

El cine, en cambio, no sé…: esas músicas de fondo, esos paisajes, esos cielos, esas miradas de los actores, esos silencios… Demasiado fácil, demasiado directo, demasiado poco comprometido. Mejor siempre acudir a las palabras, necesariamente abstractas, y con las que hay que pelear y esforzarse para intentar arañar algo, para hacer nacer poesía de la nada, sin recurrir a la belleza exterior objetiva.

Lo que sí me ha importado siempre y muy en serio es la música, y yo soy muy de Los Planetas, así que, no “picado” por la lectura de este libro sino “obligado” a documentarme bien para poder leerlo incluso entre líneas, me fui ayer a ver Segundo Premio. Y me alegra mucho habérmelas dado por una vez de crítico serio e indagador, ya que se trata de una película muy buena, cuando no era una película en absoluto fácil, y cuando además el proceso de financiación, escritura o dirección se ha visto alterado por muchos imprevistos, y llegó a temerse que no pudiera llegar a rematarse, como aquella que quería hacer Terry Gilliam con don Quijote.

El guión, firmado por Isaki Lacuesta y Fernando Navarro, está lleno de aciertos, y la dirección artística lanza varios buenos guiños a la iconografía del grupo, a las cubiertas de sus discos y singles. Dejando de lado pocos clichés o tópicos (¿qué sería del cine español sin las barcas del Retiro?), la película consigue de sobra lo que se proponía, que es recrear un tramo muy concreto de la vida de un grupo musical, aquel en que el momento cumbre de la creatividad, como pasa en el propio rodaje, coincide con el tiempo de los problemas más graves, de los incidentes más serios.

Pero hasta aquí la película, porque lo que tenía que hacer era escribir sobre el “diario de rodaje” que el poeta Alejandro Simón Partal (Estepona, Málaga, 1983), multi-becado para la ocasión, escribió entre los decorados, entre toma y toma, mezclado con los scripts y los actores.

Me alegra mucho haber visto la película no sólo por lo buena que es sino porque no entendía, por ejemplo, esa escapada a Nueva York que hace Simón nada más empezar su cuaderno (viaje en el cual, como tendría que haber supuesto, está al fondo Lorca, que está presente como por sistema, tácita o explícitamente, en todo lo que tenga que ver con la Granada contemporánea), pero sobre todo por comprobar los paralelismos entre la deriva de los personajes granadinos y la errancia de su cronista malagueño, que en parte refleja o recoge a su vez la experiencia de los cineastas, con sus muchas tribulaciones, algunas realmente trágicas.

Simón Partal, como estaba obligado a hacer ante sus lectores (no sé si ante sus benefactores), se desentiende en muchos (muchísimos) momentos de la película para hablar de otras cosas, aludir a otros asuntos, escaparse literalmente a otros trabajos, otros compromisos, otras playas.

Y lo que nos cuenta está más cerca de los poemas nuevos que incluyó el año pasado en su antología Ese de anoche (Madrid, Aguilar, 2023) que lo que tanto me emocionó en esa obra maestra que fue su primera novela, La parcela (Madrid, Caballo de Troya, 2021). Es decir, un impudor luminoso, una dimensión confesional (quiero decir sexual) que tiene también su punto “ideológico” en cuanto exaltación de la vida no sé si en libertad pero sí en constante búsqueda, en continuo apetito: “Quizá ése sea el fin último de los poemas, de las canciones, de las películas, que nos habiten una temporada, que nos acompañen en la tarea constante de la eternidad”.

Esa mezcla de elevación y depravación (o lo que muchos entenderán como tal), de ascesis y de adicciones, es ya característico del mundo literario del autor, que lleva a rajatabla aquel mandato de creer tanto en Dios como en los hombres. Pero no se entenderán bien sus palabras, sus versos, sus secuencias, si no se sabe o no se intuye que él tiene muy claro que la intimidad no está en los genitales, sino en el corazón.

Lo que más me gusta de La planta baja es ver a Alejandro Simón Partal merodear en primera persona por el rodaje de Segundo premio del mismo modo que merodea por el mundo; buscando amor, buscando belleza, buscando asideros seguros, cosas firmes a las que agarrarse, y no hablo de cuerpos sino de certezas.

A veces me sobra un poco el casi-frívolo y echo de menos al poeta, aunque en el libro están los dos, bien equilibrados e inseparables como inseparables son el cuerpo y el alma. Eso quiere decir que no hay contradicción entre las entradas un poco presumidas donde habla de cortes de pelo o de adquisición de nuevas prendas, y aquellas en las que lee y evoca a místicos. Igual que en la película hay una escena de drogas y peleas que termina, por sorpresa, ante la nocturna Procesión del Silencio, en el libro hay búsqueda afanosa de amantes que deriva, naturalmente, en literatura moral: “una persona es mucho más importante que lo que puedas pensar de ella”

En el libro hay humor, y hay auto-ironía, y —algo también muy de agradecer— hay un alto sentido de la épica, pero sin nada de mitomanía (y si la hay es hacia Lola Flores, Concha Velasco o Laura García Lorca, no hacia Los Planetas ni hacia las actrices).

Tampoco se idealizan los rodajes, ni mucho menos, ni el mundo del cine en general, y se percibe mucho mejor el brillo de los ojos de la gente que el de los focos y las cámaras. Hay hermosos homenajes a la familia (la abuela que limpiaba con vinagre, la madre que no se opera, el padre que ya encendió La parcela…) y guiños a veces ambiguos a los amigos, lanzados en confianza. En ese sentido, si quieres insultar alguna vez a alguien, llámalo “poeta local”, y es así, como “poeta local que tiene seis hijos” como figura Jesús Montiel, mientras que casi todos los aludidos suelen aparecer por sus nombres, a veces con iniciales poco misteriosas. Y es a veces raro, porque este libro es mucho más Montiel que, por ejemplo, Neuman, que también sale, en el sentido de que es aforístico-bueno y poético-trascendente, y no aforístico-pedante e intensito-hueco.

En una edición a la que le falta humildad sin sobrarle pobreza (el empaque en cartoné es excesivo y un poco aparatoso, el diseño es muy bonito, el papel es malo), me gusta la Granada que se levanta en estas páginas, una ciudad con la que Simón mantiene también una relación ambivalente, entre la admiración y las cautelas. “Aquí todos tienen maestros sin que nadie parezca discípulo del todo. Pocos asumen su insignificancia”. No conozco tanto la ciudad como para saber si estoy o no de acuerdo con él, pero sí sé que hay algo exacto: “En Granada casi todo está a veinte minutos”.

Hay algunas (poquísimas) entradas que extrañan por su inanidad (como la de Ferrovial…), y aunque es verdad que “pocas cosas retratan mejor a un fantoche que la de cuestionar constantemente las traducciones”, dado que este libro va a tener sin duda que reimprimirse, he de avisar de que hay algunas erratas (y algunas tan feas como las de las páginas 6 y 84).

Este libro va a gustar muchísimo a aquellos que conocemos la mirada del autor, sus poemas y su novela, sus temas, sus obsesiones, sus fijaciones, sus aversiones, sus tendencias. Lo entendemos como un paso oportuno, un nuevo registro para decir lo mismo de siempre y para celebrar las cosas que nos hacen mejores.

Quienes lleguen hasta este cuaderno por otros caminos quizá salgan un tanto desconcertados (se esperarían otra cosa), pero seguramente encantados (se han encontrado con un libro hospitalario, amable y gracioso, bien enfocado, chismoso en su justa medida, sensible e inteligente).

“Los Planetas son legendarios; Estopa no”, explicó con impecable gusto Bruno Galindo en ese magnífico ensayo-balance que es Toma de Tierra (Madrid, Libros del KO, 2021), y así es: Los Planetas, de hecho, hubiera sido un grupo legendario incluso si todo hubiese acabado cuando empieza la película, con el abandono de la bajista May tras apenas dos discos grabados.

Hubieran quedado como algo semejante al efímero dúo donostiarra Family, un fenómeno tan fugaz como fulgurante. Pero el grupo se recompuso y, tras mil problemas, lograron grabar Una semana en el motor de un autobús, un disco histórico se mire por donde se mire, y sobre todo se escuche por donde se escuche. Y allá siguen ahora, todavía de gira, bien activos, no arrastrándose por los escenarios sino elevándonos a todos. Y ahora, sin casi comerlo ni beberlo, se apuntan también el tanto de que un poeta tan grande como Simón Partal dedique todo un diario no a hablar ni siquiera sobre ellos, sino sobre una temporada en la que anduvo él implicado en un rodaje sobre la leyenda de la banda. Eso es un gran gol, como el de Mendieta. “La vida es inesperada y por eso existe la esperanza”.

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