La última nota de Voces en el Pirineo quedó suspendida en la iglesia de Santa María de Benasque como si tardara en abandonar las montañas. Después de tres jornadas, el festival cerró el domingo su primera edición con la presencia de Te Deum Adoramus, Coral Amadeus, el Coro de la Universidad Ciudadana y Els Pitarrois del Freixe, tras haber llevado durante esos días el canto coral a Benasque, Graus, Roda de Isábena y otros enclaves de Ribagorza.
Entre el viernes 2 y el domingo 4 de octubre, ocho agrupaciones dieron forma a un encuentro que fue desplegando sus voces por distintos puntos del territorio. A las cuatro protagonistas de la clausura se sumaron Teselas Ensemble Vocal, la Coral Villa de Graus, el Coro Ingenieros Industriales y la Coral de Sobrarbe, que intervinieron en las jornadas precedentes y ampliaron el mapa sonoro de una cita en la que cada localidad aportó su propio marco a la música.
Las voces búlgaras de Te Deum Adoramus, dirigidas por Teodora Dimitrova, dejaron una de las impresiones artísticas más poderosas del festival. El alcalde de Benasque, Manuel Mora, fue especialmente contundente al valorar su actuación. "La coral de Bulgaria era espectacular, sin desmerecer a nadie", afirmó, antes de elevar todavía más su entusiasmo: "De un 10, pues 11 o 12". El repertorio de la formación de Sofía explicaba buena parte de esa impresión, con un recorrido que iba desde Regina caeli, de Ramiro Real, hasta el canto bizantino Iperaghian Teotokon, el espiritual I Want to Go to Heaven y las canciones populares búlgaras Son mi doide y Svatbarska.
Ese programa exigía una notable capacidad de adaptación, pero también revelaba una identidad muy definida. Te Deum Adoramus transitó entre la tradición religiosa, la música espiritual y el patrimonio popular búlgaro con un lenguaje coral preciso, en el que cada pieza mostraba una faceta diferente de la formación. Autumn Path, de Ivan Spassov, introducía además una referencia a la creación búlgara contemporánea, ampliando todavía más el arco estilístico de su intervención.
En la Coral Amadeus, dirigida por Jesús Antonio Garcimartín Palomares, el interés estuvo en otro lugar. La formación segoviana llevó a la clausura un repertorio que pasaba por la canción de autor con Sonido del silencio, la música gallega de Compañeira, la tradición espiritual de Ipharadisi y la pieza Ve ante mis ojos, sobre un texto de Santa Teresa de Jesús. Esa sucesión permitía apreciar una agrupación capaz de cambiar de registro sin perder cohesión. El público siempre recordará, además, la espectacular recreación de una tormenta que se llevó una ovación de gala.
La dirección de Isabel Arilla condujo al Coro de la Universidad Ciudadana de Huesca por uno de los repertorios más personales de la clausura. La formación presentó obras interpretadas en distintos idiomas y dialectos, desde La gavina, en la versión de Marina Rossell, hasta el Zorongo de raíz popular andaluza, pasando por Ruinas de Montearagón, una jota de Huesca, Viento del Norte y Olvidar, estas últimas con versiones realizadas por el propio coro. El programa se cerró con Te quiero, sobre el poema de Mario Benedetti, en una adaptación coral.
La elección permitía a Isabel Arilla trazar un itinerario que iba de la canción mediterránea a la tradición aragonesa y de la poesía latinoamericana a repertorios contemporáneos. Más que apoyarse en una única tradición, el coro buscó mostrar diferentes posibilidades expresivas de la voz colectiva. Te quiero aportó al cierre una dimensión especialmente cercana, mientras Ruinas de Montearagón situaba la música en una geografía cultural mucho más próxima.
Y en el centro de todo estuvo Els Pitarrois del Freixe, dirigido por Pablo Gascón y anfitrión de una cita que había nacido precisamente de su impulso. Su programa incluyó Earth Song, de Frank Ticheli; The Road Home, de Stephen Paulus; Ndikhokhele Bawo, tradicional en lengua isiXhosa, y Habanera triste, de Manuel Domínguez, en arreglo de Carlos Esteban. La selección recorría territorios musicales muy diferentes y permitía al coro mostrar una personalidad que no quedaba circunscrita a un único repertorio.
El festival había reunido, además de estas cuatro formaciones de la clausura, a otras cuatro agrupaciones participantes, hasta completar las ocho previstas. Cada una había dispuesto de sus propios espacios y programas dentro de una estructura que combinaba conciertos compartidos y actuaciones en distintas sedes. El proyecto había sido concebido precisamente para que las agrupaciones pudieran escucharse entre sí y no limitar su experiencia a la actuación propia.
La música encontró además unos escenarios difíciles de separar de aquello que se estaba escuchando. La Basílica de la Virgen de la Peña, la Catedral de San Vicente, el Palacio de los Condes de Ribagorza y la iglesia de Santa María dieron al festival una arquitectura sonora singular. Las iglesias y edificios históricos previstos por la organización no funcionaron únicamente como contenedores de los conciertos, sino como parte de la experiencia artística.
Gema Agüera, presidenta de Els Pitarrois del Freixe, hizo balance todavía con la emoción de quien acababa de cerrar un proyecto que apenas cuatro meses antes era una incógnita. "Me emociona ver los satisfechos que están todos", explicó. La organización había contactado con coros a través de plataformas especializadas, pero también recurriendo a relaciones personales dentro del mundo coral. Entre las respuestas, la de Te Deum Adoramus llegó pronto. La experiencia ha dejado incluso una invitación para que Pitarrois viaje a Bulgaria, una posibilidad que Agüera confirmó que aceptarán.
La elección de las fechas respondía a una intención concreta. El festival buscaba ocupar un periodo intermedio entre las temporadas de mayor actividad turística y contribuir así a desestacionalizar la programación. Después de esta primera edición, la organización consideró que la fórmula había funcionado y que el calendario podía mantenerse.
Mora defendió precisamente la necesidad de mostrar esa otra cara de Benasque. El alcalde señaló que el municipio suele identificarse con el Aneto, los tresmiles, el parque natural y los deportes de montaña, mientras que su actividad cultural resulta menos conocida. "Tenemos una actividad cultural que quizás es la gran desconocida", afirmó. Por eso consideró especialmente valiosas iniciativas capaces de llevar visitantes hacia los cascos históricos, el patués y otras expresiones de la identidad local.
También reivindicó el papel de Els Pitarrois del Freixe como anfitriones. El coro, nacido en 1998 y responsable artístico del festival, había trasladado a su localidad una experiencia que conocía de otros encuentros internacionales en ciudades como Praga, Salzburgo y Sicilia. Entre sus proyectos propios figura la cantata Galino Galinás.
Detrás de las actuaciones estuvo el trabajo de Teodora Dimitrova, Jesús Antonio Garcimartín Palomares, Isabel Arilla y Pablo Gascón. Cuatro maneras de afrontar la dirección coral que se hicieron visibles en la personalidad de sus respectivas formaciones. La técnica, el empaste, la elección del repertorio y la expresividad no aparecen por azar sobre un escenario: son el resultado de un trabajo previo que el público apenas ve, pero que reconoce cuando las voces comienzan a encajar.
La clausura quiso llevar esa relación con el territorio hasta el final. El programa reservó para la interpretación conjunta de todos los coros Signore delle Cime, de Giuseppe de Marzi, y Aquellas Montañas, canción popular occitana armonizada por Jordi Molina y con adaptación del texto al patués de la Vall de Benàs realizada por Manuel Castán Espot.
"Tenía que ser nuestro canto común, nuestra canción señera", explicó la presidenta de Pitarrois. Los demás coros hicieron suyo ese canto y el festival encontró en esa última imagen una manera natural de cerrar su primera edición.
El recorrido había comenzado en Graus y Roda de Isábena y había encontrado su final en Benasque. Entre templos y espacios históricos, las ocho formaciones fueron dejando distintas maneras de entender la música coral. El mapa del festival se amplió así mucho más allá de sus escenarios, con agrupaciones procedentes de diferentes lugares y una presencia internacional que otorgó al estreno una dimensión especialmente significativa.
Ahora queda por comprobar hasta dónde puede crecer la iniciativa. Agüera aseguró que ya estaban deseando comenzar a trabajar en la siguiente edición y confió en que las imágenes y la experiencia de estas jornadas despierten el interés de más agrupaciones. Mora, por su parte, fue todavía más lejos. "Yo estoy convencido de que habrá una segunda edición y una tercera y una cuarta y una quinta", afirmó.
El Ayuntamiento, explicó, mantendrá su respaldo al proyecto mientras esté en su mano hacerlo. Pero la continuidad dependerá también de que Els Pitarrois del Freixe siga tirando del carro. Después de esta primera experiencia, ya existe algo que cuatro meses atrás todavía no estaba: un festival que ha demostrado que el Pirineo puede convertirse en punto de encuentro para el canto coral y que ha dejado suficientes ecos como para querer volver a escucharlos.
La última canción terminó, pero el eco permaneció. Quizá esa sea la mejor medida de una primera edición: que, cuando los coros se marchan, todavía quede algo sonando en las piedras.