El abrazo como símbolo

La celebración trasciende la importancia del gol, es el icono del compromiso

Ziganda, pese a su flema británica, es el virus que contagia el entusiasmo en la plantilla
12 de Septiembre de 2022
Guardar
Celebración del gol del Huesca. Un abrazo que es un símbolo.
Celebración del gol del Huesca. Un abrazo que es un símbolo.

Enamoradizo como es Haruki Murakami, vuelca parte de su narrativa prendada de simbolismo en lo afectivo. En La Muerte del Comendador, mientras se relaciona con una mujer, no duda en proclamar que, "cuando otras me abrazaban, pensaba en ti. Por eso no quería verte. Porque sabía que ya no podría dejarte". Me recuerda a una de las canciones de los Alcorazados sobre su relación de amor con el Huesca. Por cierto, echo de menos un poquito más de intensidad en la pequeña grada de animación, si bien respecto al resto del estadio son unos permanentes sanfermines.

La esperanza del Huesca no es, sólo, ese Kento que va "hashi" en moto -permítanme chiste tan infame, son los efluvios de la resaca victoriosa-, ese Tomeo cuya personalidad es prometedora, ese gol de Kevin, ese hombre orquesta que es Mateu, el cancerbero de tres cabezas que han conformado Timor, Jeremy y Andrés, la frescura de Soko, el regate en corto de Escriche y la recuperación para la causa del sedoso Juan Carlos. Ni siquiera un banquillo que, por nombres, ha de adoptar un papel protagonista.

No, la esperanza del Huesca es el abrazo de los jugadores tras marcar el gol. Por vez primera desde hace al menos dos años, nuestros futbolistas no son funcionarios que fichan a la llegada y vuelven a hacerlo noventa minutos después con los manguitos impolutos e incapaces siquiera de sonreír en las celebraciones. Ayer se fundieron con júbilo, con alegría, con rabia, con brillo en los ojos, con hambre de triunfo,... Miraron a la cara a los aficionados y prometieron ser fieles siempre sin reblar. Y el respetable contestó con admiración y con furia: "Huesca, Huesca..."

Tengo para mí que el virus contagioso se llama Cuco Ziganda. El hombre que responde en las comparecencias de prensa con el mismo tono haya perdido en el minuto 96 o haya ganado al Málaga con suspense. Apenas en la mirada le cambia su flema. Es mucho más británico de lo que lo fue el añorado Michael Robinson. Sin embargo, no pierdan de vista precisamente esa mirada. Me recuerda, por muchos paralelismos, a Míchel Sánchez. Los dos han padecido las penurias de la confección de la plantilla, aquel por los obstáculos en plena explosión de Oikos, éste por un límite salarial que ha cambiado hacia la humildad la faz del club. Y, sin embargo, igual que Míchel me replicó que no había excusas para no ser favoritos al ascenso en un encuentro con medios y redes sociales en el CDAN, el Cuco es más precavido pero no se queja. Tiene lo que tiene. Y, con lo que tiene, ha cultivado una piña. Y este fruto, hasta que le quitas la cáscara, pincha, pero cuando lo cortas es dulce. Ese abrazo de ayer, me gustaría pensar, marca una tendencia y una época. Quizás sea el inicio de la reconquista de los valores. Y quizás toda la familia azulgrana, empezando por sus dirigentes, puedan conjurarse para que así sea. Amén.

Archivado en