Jon Pérez Bolo, en las distancias cortas y en las largas, parece un tipo estupendo. Rezuma sencillez y afabilidad, sin ser extraordinariamente expresivo -cada cual es como es-. Era mucho más mediterráneo, más exuberante, su predecesor. Éste es cantábrico y le sale por los poros la autenticidad. También la responsabilidad. Me consta que su comportamiento interno ha sido tan ejemplar en el mercado de invierno como es plausible su franqueza en las declaraciones. La última, que, si las cosas no salen en el terreno de juego, la culpa es del entrenador. Certero.
Después de la fallida apuesta por Guilló, el vizcaíno llegó como una respuesta veterana a la bisoñez. En el fondo, el fútbol es empírico. Prueba-acierto, prueba-error. Depende de la dualidad, marcha imperial o parada de burro. Su ejecutoria en los banquillos le acreditaba para ser la solución, pero no acababa de arrancar y hubo que resetear una parte del equipo. No dirigía con sus herramientas. El mercado de invierno era la respuesta de emergencia y sostenible, ya más a su imagen y semejanza. El primer concepto, el de la urgencia, está resultando más que discutible. Sobre el segundo, el de la viabilidad deportiva del proyecto, los próximos partidos darán y quitarán razones.
Como la naturaleza misma, la confianza se consolida, se regenera o se erosiona. Ahora mismo, la del club en Bolo es férrea, prietas las filas en torno al almirante del acorazado, pero en el fútbol hay miles de ejemplos de cómo cualquier grieta en el casco de la nave se puede agrandar y provocar el naufragio. Ojalá el entrenador dé con el origen de la fuga de puntos y de sensaciones y tape las vías de agua.
Otra cuestión aledaña, que es el germen de la confianza, es la credibilidad. ¿Mantiene Bolo ese favor de la percepción del público? Desde luego, intacta, no. Más allá de los resultados que son como el agua oxigenada que alivia cualquier herida, voy a encontrar en dos expresiones del técnico vizcaíno un motivo para el debate. La primera, de este aciago sábado, la certera definición del técnico: el colista se hizo grande y el Huesca se hizo pequeño. La segunda, la petición de que el público esté firme y animado cuando los jugadores no hallan respuestas a su impotencia. La contestación a esta última reivindicación -no la llamaría recriminación porque Bolo es de tono suave- se encuentra en la previa y en muchas de sus intervenciones: El Alcoraz es fabuloso, pero los que visten de corto han de propiciar el entusiasmo. El contagio, en el fúbol, es un impulso mutuo.
Son momentos, estos de zozobra, de espirar e inspirar. Los famosos diez segundos de la teoría. De pasar de la frustración y cierto enfado a la zona emocional y, de ahí, a la racional. Es la esfera adecuada para la toma de decisiones y también para encontrar la serenidad y, en ella, la calma cuando hay razones y recursos para confiar. Pero, precisamente, desde el análisis y el conocimiento del universo fútbol, conviene advertir que sólo Job, el santo de la paciencia, fue capaz de creer en Dios incluso cuando todas las plagas y desgracias habían aniquilado su hacienda y su familia. El resto, como humanos, tenemos un límite. Y las aficiones más.
No son circunstancias que demanden determinaciones draconianas, pero sí un punto de inflexión para recordar, entre todos y Jon Pérez Bolo como líder del barco deportivo que es-, que el balompié tiene su punto evangélico, y es que "por sus frutos los conoceréis". Estoy convencido -o quiero estarlo- de que no llegaremos a la situación de que todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego, según la fórmula de San Mateo. Pero, para eso, es preciso que Bolo y sus muchachos ratifiquen, con fútbol y resultados, que no puede el buen árbol dar malos frutos.
P.D.: Yo quiero creer. No reblo.