Llevo varios días barruntando escribir acerca de la más que preocupante dinámica de resultados de la SD Huesca. El bagaje de 13 puntos sobre los últimos 45 disputados conduce inequívocamente a la zona baja de la tabla y urge que absolutamente todos pongamos el foco en cambiar la dinámica para lograr la permanencia en el fútbol profesional.
Evidentemente el devenir de los últimos acontecimientos refuerza esa necesidad al tiempo que me lleva a realizar reflexiones que van mucho más allá de lo meramente futbolístico.
Creo no equivocarme si afirmo que en el día de ayer muchos revivimos sensaciones de aquel infausto 28 de mayo de 2019 cuando al punto de la mañana estalló la Operación Oikos y, sin capacidad de entender lo que estaba pasando, vimos tambalearse los cimientos de todo lo que se había construido en torno al Huesca en los últimos años.
Una incomprensión similar sentí ayer con todo lo sucedido en torno a Jorge Pulido y a la SD Huesca. Y todavía me dura, junto a mucha tristeza y preocupación por el futuro de un club que añade una dolencia grave a un parte médico –el deportivo- de pronóstico reservado.
En cualquier caso, hoy me gustaría intentar alejar la mirada y tratar de poner las cosas en perspectiva. Creo que en esta era de la inmediatez todos estamos expuestos a la perversa tentación de emitir juicios de valor sumarísimos sobre las realidades de los demás (eso sí, a nosotros que nos dejen en paz). Dictamos sentencia desde la sombra sin sentir el calor sofocante de quienes desempeñan a pleno sol y lanzamos juicios como quien arroja piedras al agua sin saber si hay personas nadando debajo. Y ahí está el punto clave: hablamos de personas.
Un deporte, un circo, un negocio, una pasión… El fútbol puede ser todo eso, sí. Pero a veces – yo el primero- olvidamos que detrás del exabrupto que echamos en el campo, del comentario que hacemos en una red social o de una opinión que aportamos en un medio de comunicación hay personas que como nosotros sienten y padecen.
Quede claro que no conozco a Jorge Pulido. Con sus aciertos (hay fotogramas inolvidables) y sus errores (su exceso de ímpetu me ha sacado de mis casillas en más de una ocasión), es evidentemente un símbolo de los últimos años de la SD Huesca y durante los más de 3.000 días que lleva aquí ha demostrado sobradamente su compromiso por el club y por nuestra tierra.
Es perfectamente comprensible que con 34 años y un contrato terminando se preocupe por su futuro y valore con su familia las ofertas que reciba, como haríamos cualquier profesional (seamos sinceros, por favor). Más si cabe teniendo en cuenta lo corta que es la vida de los deportistas profesionales pese a ese marchamo de privilegiados con el que es fácil mirarlos desde fuera (una vez más sin ponernos en sus sandalias).
Por su parte, es igualmente entendible que la SD Huesca oferte a sus jugadores unas condiciones que considere acordes a la realidad del club y de las expectativas de rendimiento. Nuevamente es muy fácil opinar desde el burladero del callejón sobre si se debiera haber procedido de una u otra manera. Yo lo que tengo claro es que si en octubre, tras el partido contra el Andorra, se hubiera anunciado una renovación del capitán azulgrana, no hubiera sido recibida con unánime entusiasmo por la afición y ya no digamos por parte de las manidas “redes sociales”, eufemismo en el que se camufla un estercolero de frustración desde el anonimato al que en algún momento como sociedad tendremos que prestar la verdadera relevancia que merecen: nula.
Sin tener información de primera mano sobre todo lo que haya podido pasar entre bastidores, mi impresión es que la rueda de prensa de ayer es un mayúsculo error (y no sólo del jugador, pese a su más que obvio protagonismo en la pifia). Albergo serias dudas de que algunas de las palabras dichas por un tan nervioso como emocionado Jorge Pulido, correspondan con lo que realmente quería comunicar tanto en el fondo como en las formas.
Es sólo mi impresión y puedo equivocarme, como cuando aposté por la continuidad de Guilló en mi última colaboración aquí (tuvo el dudoso mérito de estar obsoleta incluso antes de publicarse). Y es precisamente eso, el derecho a errar, otra de las cuestiones que quiero reivindicar frente a una marcada tendencia social a demonizar los errores ajenos y exigir máxima indulgencia para los propios.
A todo al que se me ponía por delante el miércoles, le taladraba la cabeza con que lo más importante es ganar al Córdoba el lunes. Ayer, con que lo importante es el club frente a cualquier ego o individualidad. Hoy, un poco más sedimentado todo, me reafirmo en priorizar el bien del club añadiendo el matiz de cuidando a las personas.
La SD Huesca es un bote de remos en un océano lleno de transatlánticos. Estamos donde estamos por haber tenido la capacidad de aglutinar la fuerza de toda la provincia en torno a una visión conjunta con unos valores que no podemos perder. Si importamos vicios ajenos, estamos condenados a naufragar aunque sólo sea por la resaca que levantan los gigantes de la Segunda División.
Me resulta incomprensible que en el deporte – y también en su metaverso digital- aceptemos como normales conductas como el acoso o los insultos, cuando en otros contextos nos rasgamos las vestiduras y las consideramos inaceptables. En el caso que nos ocupa tengo clarísimo que las injurias, amén de ser más espejo de quien las lanza de quien las recibe, perjudican los intereses de la SD Huesca y favorecen la estrategia de terceras partes.
Confío en que los profesionales involucrados sean capaces de reconducir la situación para que, priorizando el bien del Huesca, Jorge Pulido tenga una salida acorde a su trayectoria aquí, las aguas vuelvan a su cauce y podamos centrarnos en mantenernos a flote en el fútbol profesional. Equivocarse forma parte del camino, pero juntos, con nuestros valores y nuestra gente, seguiremos avanzando en la dirección adecuada hacia un futuro que nos une.
Por el momento y desde ya, todos a una para ganar al Córdoba este lunes. Sin reblar.