Cambiar el relato desde dentro

La permanencia, si llega, no será fruto del talento ni de la táctica, será fruto del compromiso.

Ignacio Alastruey, Ingeniero del Año en Aragón
Aficionado del Huesca
04 de Abril de 2026
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Ataque del 1 1 del Huesca ante la Leonesa. El relato ha de cambiar desde dentro
Ataque del 1 1 del Huesca ante la Leonesa. El relato ha de cambiar desde dentro

En mi particular visión de la SD Huesca, tengo grabados en la memoria varios eventos que pienso han marcado para mal el devenir del club.
Me vienen a la memoria aquel play-off contra el Toledo con García Calderón ya fichado por el club manchego. La llamada de auxilio del presidente Viñuales por la megafonía del Alcoraz con 0-3 al descanso frente al Beasain de Gorka Brit. El 0-5 contra ese mismo equipo con un jovencísimo Javier Tebas al mando desde la República Dominicana. Recuerdo también la fiesta universitaria celebrada sobre el césped del Alcoraz para recaudar unas pesetas que evitasen el descenso a Regional Preferente. Y, cómo no, cualquiera de los play-offs de ascenso a Segunda B perdidos contra el Mirandés.

Luego vinieron la mano de Sorribas contra el Córdoba, el primer derbi en el Alcoraz, el gol de Yuri como  preámbulo de un re-descenso en Huelva (ya se había descendido una semana antes contra el Xerez el día que Jorge D’Alessandro clamó contra la tribuna ese impresentable “¿No tenéis sangre?”, pero cuitas administrativas dieron una segunda oportunidad).

De lo más reciente, el escalofrío de la Operación Oikos, el no fichaje de Dani Calvo que nos privó de tener un referente local en el vestuario y ese maldito minuto 57 del Huesca – Racing que el 19 de abril de 2025 mandó a hacer puñetas una temporada para enmarcar y quién sabe si algo más. Después vino lo sucedido con Guilló, el nefasto partido en Zaragoza y un conato de recuperación tajantemente reventado por la pésimamente gestionada rueda de prensa de Pulido y todo lo acontecido en el mercado invernal. Sin duda, el partido del miércoles frente a la Cultural permanecerá en mi memoria de horrores por lo visto en el verde y también en la grada, que no todo vale aunque paguemos.

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Cuesta comprender cómo se ha podido deteriorar tanto la situación del Huesca en menos de un año, pero así es, para lo bueno y lo malo, este negocio del balompié. Al igual que un magnífico restaurador oscense me hablaba convencido de la influencia que las personas que friegan los pucheros tienen en el resultado final de la experiencia en su establecimiento, aquí pasa parecido.

Dudo mucho que el paupérrimo rendimiento de la plantilla tenga un único culpable. Es, más bien, la consecuencia de una responsabilidad compartida: errores graves al timón, una gestión deportiva fallida y un vestuario que, por momentos, parece haber reventado por dentro. Cada palo tendrá que aguantar su vela, pero negar lo evidente ya no es una opción.

Ahora bien, como decía antes, pienso que no todo vale. En algún momento como sociedad tendremos que plantearnos el sentido que tiene que los recintos deportivos sean lugares donde se considere normal que el personal descargue su frustración insultando y vomitando odio.

Igual que mucha gente se ha rasgado las vestiduras con los despreciables cánticos escuchados en el partido de la selección española contra Egipto, va siendo hora de que se empiece a poner coto a comportamientos que además de éticamente intolerables, son simple y llanamente ilegales.

Ya han sido varios los entrenadores que esta temporada han alzado la voz quejándose de lo que les toca aguantar desde la grada simplemente por hacer su trabajo (ya no digamos los árbitros). Este miércoles escuché claramente cómo un aficionado local le decía “Rómpete un brazo” a Dani Ojeda apenas minuto y medio antes de que se le saliera el hombro y tuviera que ser sustituido. No es normal.

Cuando las cosas van bien, todos nos subimos al carro. Los lomos de los jugadores son acariciados y nadie cuestionamos nada de lo que se decide en los despachos de Cocorón. Cuando vienen mal dadas, las caricias se convierten en descalificaciones y junto a la frustración emerge un peligroso sentimiento de propiedad que nos puede hacer llegar a pensar que sólo nuestra manera de sentir el Huesca es la correcta.

El Huesca no es sus dirigentes. Tampoco sus empleados ni por supuesto la plantilla. El Huesca somos todos: los veteranos, los jóvenes, los zagales, los de la grada de animación, los de General, Preferencia, las tribunas o los fondos, los cenizos, los optimistas, los caracolillos y hasta los comepipas. De hecho, nunca me ha gustado que al terminar los partidos los jugadores se dirijan únicamente a una grada concreta del Alcoraz.

Y ahora sí, permitidme que os hable directamente a vosotros. A los que os vestís cada semana con la camiseta de la SD Huesca. A los que salís al verde conscientes de que el ambiente no es el ideal y sintiendo que la mochila pesa más de lo que debería.

Nadie os pide que seáis lo que no sois ni que hagáis lo imposible. Nadie os exige jugar como el mejor Huesca que se recuerda ni ganar partidos por decreto. Lo único que necesitamos es que se os note que os importa. Que se os vea competir como un equipo. Que demostréis al rival que cada balón dividido tendrá acento azulgrana, aunque sea a base de orgullo y piernas temblorosas.

Esta afición ha vivido derrotas mucho más duras que las que puedan venir. Ha ovacionado un 2-6 contra el Valencia que certificaba un descenso. Ha aplaudido equipos rotos en lo deportivo pero enteros en lo humano. El Alcoraz sabe distinguir cuando no da y cuando no se da. Y cuando se reconoce en los suyos, responde.

Quedan partidos. Quedan puntos. Queda tiempo. Pero, sobre todo, queda la posibilidad de cambiar el relato desde dentro. De que cada gesto, cada carrera y cada envite le devuelvan sentido a esta camiseta y hagan que la afición vuelva a reconocerse en el equipo que hay ahí abajo.

La permanencia, si llega, no será fruto del talento ni de la táctica. Será fruto del compromiso. De la unidad cuando aprieta el miedo. De darlo todo cuando la cosa se tuerce.

Jugad pensando en el equipo. En que nadie pueda decir que este Huesca se rindió.

Porque aquí, en esta ciudad, eso de reblar nunca ha sido una opción.

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