El cambio del paradigma de la felicidad

El fútbol de hoy exige trabajadores liberados para explotar su talento, pero sin olvidar que el sudor es la base de la remuneración

24 de Septiembre de 2022
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Público en el Huesca-Leganés. FOTO LA LIGA
Público en el Huesca-Leganés. FOTO LA LIGA

Hoy hemos firmado un contrato. Sin saberlo. Tan intangible como real. Atrás han quedado dos, quizás tres años de espejismos. Nos creímos ricos. Nuestro orgullo era jugar más bonito que los demás (lo de mejor es harina de otro costal). Como en los viejos tiempos del Real Madrid, nos gustaban los futbolistas guapos, repeinados. Fueron depauperando en su rendimiento y el pelo ni se les movía. Cada cual que llegaba nos traía una tierra de promisión. Y vino a ser que no. Que llegaban los elcheses, los cádices, los burgos, los ibizas, los amorebietas y nos colocaban el espejo de una medida que quizás sobrevaloramos, pavoneados como estábamos con los ascensos a Primera. Perdimos la humildad. Sí, perdimos la humildad. Unos más que otros. Los dirigentes más, porque ellos son más responsables. Pero quizás fue, en verdad, la atmósfera, como si un Chernobyl nos hubiera echado radiactividad de inmodestia.

No es necesario mentar a la bicha del curso precedente. A mí me gustó muchísimo que, en pleno volcán Oikos, Míchel nos asegurara que todo lo que no fuera ascenso era un fracaso. Tenía sus argumentos. Luego vino uno que no expresó sino mediocridad y también se vendió como si fuera oro de ley. El Cuco no. Este vuela en rasante pensando en la posibilidad de ir escalando, poco a poco. Su discurso es certero. Quiere mejorar detalles, pero en ese tono de cura franciscano tan sólo promete trabajo. Y mejora sin milagros. Quizás hoy se le ha ido la mano, porque al menos los tres puntos han sido un prodigio. Otros le llamarán "chamba", pero esta manera de dejarse someter empieza a recordar al reino animal y las maniobras de seducción para atraerse con los colores de la fascinación a la víctima para acabar engulléndola. Definitivamente, atrás quedan los señoritos y han sido sustituidos por curritos. Que encima, en la séptima jornada, están "de pretemporada", que en el Cuco suena inocente, en otro sería un ataque en la línea de flotación de la planificación directiva. El currito se lleva el bocata para almorzar y el señorito espera que se lo lleven. Las expectativas frustran al segundo mientras al primero las sardinas le parecen caviar. Y entonces rinde como un jabato... en lo suyo. Sobresaliente.

Hoy hemos vivido una cierta distopía. La sensación es que el Leganés ha arrollado al Huesca. Le ha sometido, como dice su entrenador. Y es cierto, pero cuando juegas como un señorito resulta que toda la impresión de peligro se queda en apenas un remate al poste a puerta vacía (¡Dios mío, Nyom, te quiero!), alguna media oportunidad y el gol anulado. Y, a lo tonto, los currantes, en su famélica legión, hacen parar un mano a mano a Kento y entrecortan su respiración por un tiro al larguero.

No sé, el Leganés nos ha dado un meneo de aquí te espero, cierto, con ese porte displicente de gentilhombre burgués. Pero el fútbol de hoy exige trabajadores liberados para explotar su talento, pero sin olvidar que el sudor es la base de la remuneración. El público lo sabe. Lo asume. Y lo aplaude. Volverán tiempos de abundancia. Hoy va a ser que no.

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