La tradicional salida Sobrarbe-Ribagorza de los clubes de montaña de estas dos comarcas se desarrolló en esta edición por los caminos de la vertiente oeste de la sierra de Torón, una alineación montañosa que divide las aguas de las cuencas del Cinca y del Ésera. Cerca de 60 personas hicieron esta ruta que enlazó Pano, Caneto, Trillo, Salinas de Trillo y Troncedo, en un día soleado y limpio, en el que destacaron las panorámicas del Pirineo y de amplias zonas del Alto Aragón. El Centro Excursionista de la Ribagorza, radicado en Graus; el Club de Montaña Nabaín, con sede en Boltaña, y el Club Atlético Sobrarbe, de Aínsa, participaron en esta cita.
Románico, castillos, casas fortificadas, arquitectura popular, pequeñas ermitas y grandes iglesias son, junto a los paisajes, parte de los alicientes de este recorrido que discurre por antiguos senderos -hoy marcados como GR1 ‘Sendero histórico’-. Localidades que, a través de distintas vías, han vuelto a la vida, tras despoblarse el pasado siglo por la ola de emigración rural -que se vio agudizada en esta zona por la pérdida de pueblos vecinos y vías de comunicación hacia el oeste tras la construcción del embalse de El Grado/Lo Grau- y otras que lograron mantenerse en esas difíciles décadas, son otro de los elementos que marcan la ruta.
Los 57 participantes nos reunimos en la pequeña localidad ribagorzana de Pano. Un restaurante y décadas de trabajo de la familia que lo regenta han permitido recuperar este pequeño núcleo que se asoma sobre el filo de una proa al valle del Cinca -desde hace medio siglo anegado por el pantano-.
Kuki guía la ruta. El sendero se abre camino hacia el norte entre carrascas y barrancos. Rápidamente llegamos a otra proa hacia el Cinca, que marca el límite entre Ribagorza y Sobrarbe, sobre la que se asienta la ermita de San Vicente. Nos acercamos a ella. Está ubicada en un potente mirador que nos abre la mirada hacia el Pirineo -con Treserols o el Cotiella aún tímidamente nevados-, hacia La Fueva -con Muro de Roda camuflado sobre el monte-; o hacia Poniente, con Abizanda, el valle del Susía, las sierras de Arbe y el Alto El Pino, Guara, Canciás, Nabaín,… Ya se ve Caneto, nuestro próximo objetivo.

A la izquierda aparece la casa de La Selva, que también está habitada y recuperada. Grandes masas forestales ocupan toda la vertiente que recorremos. El camino supera sobre fajas colgadas y gradas las paredes calizas. Algunos bojes secos, que habían arraigado en las grietas de la roca dan testimonio de la dureza del pasado verano.
Llegamos a Caneto, otra localidad que ha recuperado la vida en las últimas décadas, hasta el punto de tener una escuela. Las casas muestran en los detalles de sus fachadas que han sido restauradas con mimo. Los vecinos están desbrozando los alrededores del pueblo, contribuyendo a ir creando ese “paisaje-mosaico” que ha de dificultar el avance de los incendios. Tras almorzar continuamos hacia Trillo, que se asoma al otro lado del barranco.
Altivo sobre las rocas, a Pasquale le recuerda los pueblos costeros de Calabria. Su gran iglesia destaca sobre todo. Desde el barranco ya toda la ruta será de subida. Una vez arriba visitamos esa bonita localidad y conversamos con sus vecinos. Un trago en la fuente y partimos hacia Salinas de Trillo. Pasamos la ermita de San Sebastián, bastante dañada, y remontamos hasta la carretera para llegar al pueblo. La Casa Palacio, con su torre defensiva; su iglesia románica -con añadidos de siglos posteriores– o la vista lejana de sus salinas destacan en esta localidad.
El recorrido discurre ahora entre campos, por carretera, hasta retomar el sendero, que haciendo zetas, pasando sombreados barrancos y laderas soleadas nos lleva a Troncedo que -con su castillo en lo más alto del valle- ha vigilado nuestra subida-. La belleza del pueblo y la acogida de sus vecinos, que nos han abierto su local social para poder tomar algo, para charlar con ellos, y para comentar el recorrido, ponen el broche perfecto a esta jornada de encuentro entre comarcas hermanas.