La Quebrantahuesos es una sucesión de pequeños detalles. Concebir la obra como algo majestuoso sin detenerse en los matices es perder la esencia. Fue humilde y sigue humilde. Nació entre inquietudes y las incertidumbres esculpen cada edición. ¿Y si? No es una pregunta aislada de una edición concreta. Ni siquiera de la turbulenta que nos ha acompañado en 2022. Como el día de la santa Teresa, cada año tiene su afán. Sus turbulencias. Sus tristezas. Y sus alegrías que siempre, siempre, desembocan en una gran felicidad. Cuando se celebra la cena de voluntarios, la gran fuerza motriz al servicio de la causa, los abrazos y los besos son la forma fluida de relación. Sin estridencias, con naturalidad.
Después del diluvio universal de 2021, 2022 amenazaba tormenta, como canta Estopa. Y, sin embargo, el reencuentro ha estado plagado de caricias. Las mejores nunca se han manifestado con las manos. El terciopelo está en la mirada. La seda en la sonrisa. Un gesto, un rictus, significan más que cualquier aspaviento. El Comando Fideuá es una familia que riega a fuego lento las relaciones internas y las que establecen afectuosamente con los ciclistas que, exhaustos, aprecian tanto la comida que ponen en sus manos como ese imprescindible aliño de la amabilidad. Y todo, todo, empieza por un saludo, por una broma, todo sencillo. Esas bromas, ese "no pegas ni golpe", ese "para, para, que me vais a matar", ese "más madera",... Y el instante mágico en el que la almirante Susana Gracia reúne, custodiada por sus padres -Fernando es muy guardia civil aunque sea en la reserva y su madre Carmen tiene el gen de liderazgo que ha heredado la niña-, reúne a todos. Como Scariolo al equipo antes de asaltar la medalla de oro del Europeo. Y ahí van las hermanas Karla Irene y Erika Manuela Coello Pineda, bravas porque siempre han sido muy de Honduras y ahora son muy serrablesas. Y el pelotón de Larrés, Jesús Lacasta López, Celia y María José Escolano. Y el dúo mágico de Martillué, Mari Carmen Artero y Javi Pascual Sánchez. Y la representante jaquesa, Mariví Rapún. Y, naturalmente, ha de haberlos de Sabi, Mirian Suyco Aquise, María Dolores Calvo Bandrés, Ana Gil, Arancha Pardo, Mari Carmen Palacín, Conchita González, Francisco Villacampa, Raquel Acín y Jesús Antoni Ubieto. Incluso de Zaragoza -Alodia Marín, Susana Blanco- o de Huesca -Pepe López y un servidor-. Cuando estamos bajo la carpa, todos somos, sin embargo, de la república independiente de la Quebrantahuesos. Los voluntarios son, somos, como las bandadas que dibujan en el baile su propia armonía, su comunicación que apenas necesita de palabras para comprenderse.
Por eso, esta mañana, ha resultado conmovedor el abrazo hecho oración de la mariscal Gracia Antoni. Porque, en estos años de carencia, en estos años de la puñetera pandemia, no han detenido su vuelo ni las desgracias ni las alegrías. Y las segundas se han celebrado con esta jornada de convivencia. Pero las fatalidades se lloran, abiertamente, sin tapujos ni vergüenzas. Sea un familiar, sea ese animalito que tanta compañía hace. Y, luego, tras el reencuentro, tras el trabajo duro, tras atender y servir, tras sonreír y agasajar, se brinda con Ámbar. Y no precisamente para ahogar las penas. Para celebrar la vida. Larga vida a la Quebranta. Larga vida a los voluntarios.