Quienes siguen mis desvaríos futbolísticos en este medio recordarán mi “paren la capoladora” con el que defendía la continuidad de Sergi Guilló cuando la realidad era que ya estaba tomada la decisión de cesarlo. No conforme con esa demostración de no enterarme de nada, volví a tropezar en el mismo guijarro cuando meses más tarde mostré mi confianza en que Jon Pérez Bolo diera con el número que desatascara el sudoku de la SD Huesca. El resultado: una nueva destitución y con ella la confirmación definitiva de no tener ni puñetera idea de lo que se cuece en los fogones del camino Cocorón.
Será por eso de no tener ningún prestigio que perder que hoy me atrevo a dejar constancia escrita de dos afirmaciones que van en contra del sentir generalizado de buena parte de la afición de la SD Huesca.
La primera, es que hay que poner muy en valor el punto obtenido en Leganés. Con el mismo fervor que deseaba la victoria durante el encuentro, más en frío me quedó clarísimo que lo único que no se podía permitir el Huesca en Butarque era perder. Si bien los tres puntos eran tremendamente atractivos (nos hubieran permitido depender de nosotros mismos), un exceso de ansiedad ofensiva (recuerden la segunda mitad contra la Real B) podía terminar en una catástrofe sin vuelta atrás. Con el empate, tan cierto es que habrá que ponerle pilas al transistor como que el fútbol nos regala una nueva bala en El Alcoraz.
La segunda afirmación es que creo que el Huesca va a lograr la permanencia. Y sí, ya sé que llevamos 14 exiguos puntos en la segunda vuelta, que no hemos sido capaces de ganar ni a la Cultural, ni al Mirandés ni a la Real Sociedad B y que hay grandes carencias en una plantilla a la que, para más inri, debilitó el mercado invernal. Pero también estoy viendo jugadores comprometidos, un cuerpo técnico que cree y, sobre todo, una afición que ha comprendido perfectamente el rol que tiene que desempeñar en este momento concreto de la temporada.
Con todo el catálogo de despropósitos que nos está tocando vivir, la realidad es que el fútbol nos brinda el domingo una nueva oportunidad de demostrar cómo en esta tierra podemos ser imparables cuando luchamos juntos en pos de un objetivo común.
Porque a estas alturas, las caretas se han ido a hacer puñetas. No somos el equipo más fiable, ni el más brillante, ni el que llega en mejor dinámica. No lo hemos sido en meses. Pero, ojo, tampoco somos un equipo roto. Y ahí está la diferencia.
Hay algo que se percibe —en detalles pequeños, en gestos que no se ven por la televisión sino que simplemente se sienten— que invita a creer. En un balón dividido que se gana por convicción, en una ayuda que llega cuando parecía imposible, en un salto al límite sin pensar más que en el ahora… Y por supuesto, en una afición que elige no protestar y, en lugar de eso, aprieta los dientes como si todos hubiéramos entendido, sin necesidad de decirlo, que esta vez no va de señalar culpables, sino de sostener lo que queda en pie.
Estoy convencido de que, con eso, muchas veces basta.
Porque el fútbol tiene estas cosas. A veces se decide por talento, por inercia o por presupuesto. Y otras, cuando todo lo demás se ha caído, se decide por una cuestión mucho más difícil de medir.
En una ocasión escuché que los aviones no vuelan porque alguien haya demostrado que pueden hacerlo, sino porque quienes se suben a ellos están convencidos de que van a volar. Semejante chaladura me sirve para recordarme a mí mismo que hay momentos en los que creer deja de ser un adorno y se convierte en la única manera de sostener lo que parece imposible.
Y eso es exactamente lo que tenemos delante este domingo en un partido en el que necesitaremos aguantar, persistir e insistir incluso cuando no salga nada.
Porque va a haber momentos en los que el partido se ponga cuesta arriba, nos entren las dudas y el miedo asome. Y justo ahí, cuando todo invite a soltarse, es cuando más fuertes tenemos que ser para que nadie se suelte.
Ni los de dentro.
Ni los de fuera.
Porque seguramente el Castellón sea un mejor equipo. Pero si conseguimos que nadie dé un paso atrás, que el equipo y la grada se mantengan unidos en el mismo latido aunque el reloj avance y la tensión apriete, vamos a poder inclinar el partido a nuestro favor. No por magia sino por convicción en un terreno que ya conocemos bien: el de no dar un paso atrás, el de empujar juntos, el de sacar lo mejor muy por encima de las expectativas de los demás… El terreno de juego en el que el Huesca ya ha respondido cuando más se le necesitaba.
Así que no hace falta prometer nada grandilocuente ni apelar a gestas imposibles.
Hace falta algo mucho más sencillo: que todos, absolutamente todos, decidamos que este equipo no se cae porque, simple y llanamente, Huesca no rebla.