Sufro mucho. Lo saben mis familiares y allegados. En un partido del Huesca puedo ir perfectamente ocho o nueve veces al baño, y lo mismo me sucede con el Bada Huesca o con el Peñas. El resorte de la micción me acompañaba con Induráin y con Nadal, con el mejor Alonso y con Marc Márquez, lo sigue haciendo con Alcaraz. En El Alcoraz ha de ser contenido porque el sitio de prensa es el más incómodo de todo el estadio, algo que he repetido a Petón, a Josete, a Agustín y a Ricardo, sin éxito. Imposible salir ante una emergencia de estas características durante el partido, salvo que pises asientos y aficionados.
Este domingo estaba marcado en rojo. 65 tacos. Tranquilos quienes me aprecian, zozobra para los que no. Como Joe Rígoli, yo sigo. Esperaba que el Peñas ayer y hoy Bada y Huesca me otorgaran un buen regalo: sus victorias. Me he quedado con los de la familia, que son los más valorados. Los otros, nada de nada. En el trámite de la abulia de ayer, Lobe Huesca la Magia sucumbió contra un equipo que acabó descendiendo. Aunque en playoff de ascenso, no pinta muy allá. Ojalá me equivoque (es habitual)
Paso de página y por la mañana la alegría de llegar a los 5 millones de visualizaciones en Youtube que ratifican un liderazgo del medio más jovencito de la provincia. Uno quería pensar que era el preludio de una tarde feliz y compleja. Les aseguro, queridos lectores, que no es sencillo presenciar a la vez al Bada Huesca y a la Sociedad Deportiva Huesca entre tres pantallas, pero el hercúleo esfuerzo merece la pena si la dicha llega.
Primera estación, Cuenca, esperanza 45 minutos, desesperación 15. Ya no se asoma al abismo, está en el precipicio, aunque tiene unos cuantos anclajes, clavos y piolets para salir de ahí, pero la escalada ha de ser rápido.
Los errores recurrentes de los de José Nolasco son similares a los de los jugadores de la Sociedad Deportiva Huesca. Existe un paralelismo fatalista. Cuando asoman a la salvación, se despistan enrocados en fallos estúpidos y así, nuevamente, han de emular a Sísifo. Otra vez a subir la montaña con una piedra pesada y, casi en la cima, nuevo desplome.
Son el trío calavera. No el de aquellos mexicanos que cantaban hace casi cien años. Los que simbolizan los iconos de no ver, no oír y no hablar de la predestinación fatídica.
Es una sensación terrorífica que, en cada desprendimiento, arrastra el ánimo de uno. En fechas normales, se lleva mal. Cuando es tu cumpleaños o tu cumplelustros (13), hay que tirar mucho de virtud cristiana del perdón para olvidar y retornar la semana próxima con bríos renovados. Hoy, lo resumo, en la desesperación del fin de mi onomástica, con una palabra en mayúsculas: ¡CABRONES! Me voy a beber para olvidar.