Un proverbio gaélico asegura que las lágrimas derramadas amargan, pero pueden resultar más amargas aquellas que no se derraman. Escuché la rueda de prensa previa de Luis Carrión, entrenador del Cartagena. El míster estuvo realmente bien ante la búsqueda por parte de la prensa local de una queja evidente sobre los arbitrajes de las últimas jornadas. El club titular de Cartagonova, obviamente, no es el Real Madrid o el Barcelona, el Barcelona o el Real Madrid, pero hoy día todo el mundo sabe que el famoso refrán de "el que no llora no mama" tiende a convertirse en ley. Un equipo que vocea contra las que considera injusticias de los colegiados no sólo no se ve penalizado, sino que habitualmente tiene opciones de que las circunstancias en el filo de la navaja se decanten de su lado.
Esta tarde se ha visto. En el fútbol de antes, que era mucho más claro que el de hoy (donde hay palos cortos y palos largos, los jugadores se proyectan -como si fueran sombras chinescas- y los comentaristas emulan el afán por las metáforas de los clásicos), había una serie de verdades apodícticas, esto es, indiscutibles. Una de ellas era que, "derribo dentro del área, penalti". Musto, con su ímpetu eterno, se ha llevado por delante a Florián. Antes había tocado el balón, pero es igual. De los diez supuestos en los que el trencilla apunta los once metros, cuatro se cumplen en la acción: dar o intentar dar una patada a un adversario; poner o intentar poner una zancadilla a un adversario; golpear o intentar golpear a un adversario y realizar una entrada contra un adversario.
La segunda de las polémicas justifica mi vieja apuesta por cambiar árbitros por ingenieros en la sala del VAR... o en el terreno de juego. Unas mínimas nociones de física rechazan la idea peregrina de que el esférico cortado por Carlos Sánchez haya golpeado en el costado del defensor, porque el balón ha ido hacia delante y a él le llegaba de manera lateral. La determinación final de Ávalos a requerimiento de Areces Franco necesita de voluntarismo para anular la falta máxima.
Uno de los problemas que tiene el Huesca es que el Cuco Ziganda no sabe llorar. Ni el Consejo, demasiado reblandecido en estas -y otras- situaciones. En realidad, ni uno ni los otros están pensando en los aficionados, que sufren, que gritan, que se desgañitan y se desesperan con las actuaciones arbitrales y con las decisiones del VAR que se cuentan con los dedos de la mano en su interpretación favorable. Por esa pusilanimidad de técnico y de directivos, el público que es la razón de ser de este complejo del fútbol no mama. Y, al paso que va, no se sentirá representado y presumiblemente sea cada vez más abstinente en El Alcoraz.
A esta última conclusión se llega también por la imagen errática del equipo en el césped. No lo sé. Se nos está poniendo cara de 2021-2022, y eso es preocupante. Se busca la ilusión pero la han perdido hasta los búhos chicos del cerro. Dicho lo cual, nada me agradaría más que tener que envainármela a la mayor brevedad posible por encadenar una racha de siete partidos seguidos ganados. Pero me huele que...