Es domingo, 27 de septiembre, la tropa de Peña Guara ya estamos en el monte, esta vez por la Jacetania, partiendo de Biniés, que con su castillo vigila el río Veral, para subir al collado cercano al pico del Trueno y visitar antiguos corrales y algunas de las cuevas escondidas que hemos descubierto gracias a la buena gente de este pueblo.
La jornada amenazaba calor sin medida, por lo que cambiamos el sentido de la ruta para que la temperatura de la primera hora hiciera agradable la salida desde Biniés (670 m), ya que discurre por un camino entre campos de cultivo y algunas margas, mientras con la vista al sur disfrutamos de la ermita de la Virgen de Pueyo, en su imponente cerro (719 m), y toda la Canal de Berdún de fondo, incluyendo una pareja de corzos que tuvo a bien surgir de una margen para deleite general.
El camino nos llevó al primero de los varios corrales que nos íbamos a encontrar en el comienzo de la ruta, el corral de Castillo (760 m), y a partir de este comenzó una senda que va ascendiendo y que nos llevó más adelante al corral de Mancho (848 m), donde paramos un poco para echar algún trago y un ligero almuerzo. Tras él, retomamos la senda, que sigue subiendo cada vez con más arbolado y pasa junto al corral de Margarita (975 m), el más grande, con magnífica portada de arco rebajado y pilares de piedra interiores, que seguro dieron altura para una falsa superior bien espaciosa.
Estas construcciones para pastores y ganado, hoy en desuso, están sabiamente repartidas por el territorio, pero tienen todas ya los techos aplanados y están asaltadas de maraña espinosa. Sus muros de piedra son sólidos y están hechos a conciencia para durar generaciones. Cada una es diferente, pero todas nos hablan de unos tiempos bien distintos, con ganados llenando los montes y personas que tenían fuerza y sabidurías para sacar provecho del entorno que les había tocado habitar. Hoy, con todos los adelantos que tenemos, todavía no sabemos qué hacer con estos parajes, aparte de mucho ensalzarlos, para olvidarlos después o dejarlos arder.
Tras dejar atrás el corral de Margarita seguimos la senda que continúa ascendiendo, cada vez con más arbolado, hasta alcanzar los Mendones y seguir su senda tortuosa, aunque más tendida y muy vestida, con la vista puesta al norte en los altos picos del Pirineo al fondo.

Obligado es en esta crónica hacer mención especial de nuestro amigo Alfonso Pérez (Alfonsito), de Casa Simón de Biniés, persona generosa y amante de su pueblo como el primero, que nos ha ayudado infinito a no perdernos por estos parajes. Él solo ha desbrozado incontables sendas para acceder a cuevas y pardinas que estarían perdidas para siempre. De igual manera, ha señalizado cada senda, cueva y cruce de caminos con carteles hechos a mano de buchos, que llevan los nombres tallados por otro artista del pueblo que hace maravillas con la madera, Jorge de Casa Terren (@fustasdeterren). Un lujo contar con personas así, tan arraigadas al mundo rural y tan generosas. Mil gracias.
Recorriendo los Mendones, como el de Margarita, y sin dejar de subir, pasamos por unos escarpados miradores con excelentes vistas hacia el valle del río Veral y la Canal de Berdún, hasta alcanzar el collado (1.150 m) previo a la punta del Trueno. Aquí disfrutamos de excelentes vistas hacia el norte, con la Sierra de los Dos Ríos, los picos Bisaurín (2.668 m), Peña Forca (2.391 m), Peña d’Alano (2.162 m) y, muy al fondo, Peña Gemmy (2.371 m). Todo un espectáculo que disfrutamos y que utilizamos de marco para la foto del día con todo el grupo.
Tras el disfrute de las vistas comenzamos el descenso por el Achar de Parrondo, tramo bien escarpado, largo y de fuerte pendiente que se hizo con mucho cuidado para no tener sustos, para después seguir la senda por un paraje de nombre bien curioso como Era de la Nata. Continuamos bajando hasta alcanzar la senda principal, que es Camino de Santiago, Ruta del Santo Grial y GR-65-33, donde tuvimos una confusión con la brújula que al final solo nos costó unos pocos pasos adelante y otros atrás, hasta que la orientamos bien y seguimos bajando para encontrar la cueva de Contrabandistas.
Esta cueva es pequeña pero muy curiosa y está bien escondida, como corresponde a su nombre. Tiene acceso difícil y limitado, tanto que pusimos cuerda para facilitar la entrada y salida por turnos a los menos avezados, pero vale la pena visitarla. Otro rincón más que, de no ser por el trabajo y los carteles marca Alfonsito/Jorge, pasaría inadvertido a cualquier caminante.
Tras la visita a la cueva seguimos la senda del Camino de Santiago-Ruta del Grial hacia el sur, en dirección a Biniés, pero buscando un buen tramo de sombra y asientos para hacer un alto y comer. Cuando se encontró, nadie protestó por pararse a dar cuenta de bocadillos y otras viandas, junto con algún lamín y bebidas, muchas bebidas, porque el calor del día apretaba de lo lindo. Comprobamos así que nos había favorecido el cambio de sentido de la excursión, ya que cuando más rabioso estaba el sol nosotros caminábamos por zonas de bosque cerrado y cercanas al río Veral.
Comentario general era el dolor al ver el monte en el estado en el que está. Miles de arbustos, árboles y monte bajo no han resistido tantos días de calor extremo, uno detrás de otro, y han muerto. Buchos, artos, coscojos, romeros, encinas y otras especies muestran los efectos de este verano, mientras al resto del arbolado se le ve sufrir lo indecible, esperando que acabe este verano atroz y tenga a bien algún dios traer algo de agua, porque si no es así aún seguirán muriendo muchos más. Una pena que nos deja bien preocupados por el amor que le tenemos al monte.
Después de recuperarnos con la comida reemprendimos la senda hacia Biniés, que pasa por el Achar de la Foz de Biniés, donde se disfrutó de una excelente vista de la Foz y la pardina de Cillas, en el fondo junto al río Veral, vinculada al Monasterio de San Martín de Ciella, en torno al año 1.000. También contemplamos las imponentes Carruecas, perforadas por la carretera de Ansó, y de nuevo Berdún al final con la Canal que lleva su nombre.
La senda finalmente nos bajó casi a nivel del río Veral, por las huertas de Mancho, y entonces llegó el último esfuerzo, ya que tuvimos que subir los casi 100 metros de desnivel hasta Biniés. A alguno se le atragantó la subida, pero la Fuente Nevera, que está ya a dos pasos del pueblo, asistió a los más dañados con un buen chorro de agua fresca, que fue una maravilla de disfrutar.
Y como guinda del pastel del día disfrutamos, al llegar a Biniés, al encontrar el bar abierto, ya que la Asociación O’Focillo había tenido el detalle de abrirlo con sillas y mesas a discreción y a la sombra, además de cañas a precio pactado para facilitar las cuentas. Un lujo que pocas veces podemos disfrutar y que agradecemos enormemente.
Solo una espinita nos quedó clavada al no poder, por motivos de agenda con Diego, el propietario, visitar por dentro el castillo de Biniés, único castillo que en no sé cuántos miles de leguas a la redonda está habitado como seis meses al año. Yo no puedo prometer, pero prometo quitarnos esta espinita en cuanto sea posible. Ahí queda.
Buena jornada al fin, que nos dejó buenos recuerdos de nuestras amadas montañas. Ventura para todos y hasta la próxima.
Desnivel acumulado: +697 m / -679 m
Distancia: 13,5 km
Duración: 7 horas