En 1955 el anestesiólogo Henry K. Beecher publicó “The Powerful Placebo”, analizando 15 ensayos clínicos con 1.082 pacientes y concluyendo que alrededor del 35% de los síntomas mejoraban únicamente gracias a placebos, un hito que marcó el inicio de su investigación sistemática en medicina basada en evidencia. Aunque revisiones posteriores identificaron fallos metodológicos en aquellos trabajos, su impacto fue decisivo para impulsar décadas de investigación que confirmaron mecanismos neurobiológicos reales.
Hoy en día, las evidencias del efecto placebo se extienden más allá del dolor y alcanzan el campo de la salud mental. Tecnologías avanzadas como la Imagen por Resonancia Magnética Funcional (fMRI) o la Tomografía por Emisión de Positrones (PET) han demostrado que los placebos producen cambios verificables en áreas cerebrales asociadas a la regulación emocional, la anticipación y el procesamiento del estrés. La neurociencia contemporánea muestra así que el placebo es un fenómeno biológico pleno, con relevancia directa en trastornos como depresión, ansiedad y dolor crónico.
En lo que atañe a la SD Huesca hace tiempo que observo el efecto anestésico que tienen las victorias (qué buenos y majos nos parecen todos) así como las propiedades psicoestimulantes de las derrotas.
De hecho, estoy convencido de que es cuando van las cosas mal dadas cuando más artículos, programas, tuits y exabruptos digitales se generan y consumen. Los habituales del “todo mal” florecen en todo su esplendor y profetizan un negro futuro del que, por supuesto, llevan advirtiéndonos desde hace meses (si no décadas). Se añora a quienes se fueron y a los que pudieron venir, se ven con nitidez los defectos de los nuestros, se apunta hacia el entrenador por su incapacidad de sacar el jugo de esos futbolistas que otrora levantaban al respetable del asiento y se señala también a los moradores del palco por su peor que nefasta gestión. No puede faltar en este cóctel denunciar el colaboracionismo de la prensa cómplice así como dar por hechas conspiraciones de toda índole que tienen por objeto la destrucción deportiva del equipo de nuestros amores.
Por muy diferentes a los demás que nos creamos, esta espiral negativa de “derrotamina” que detalla el párrafo anterior se repite en todas las latitudes, con independencia de lo histórico que sea el club y de lo buenísima y fidelísima que se considere su afición. Sí que es cierto que, aunque el porcentaje de cenizos se mantenga constante independientemente de la ubicación, la intensidad y el nivel de exigencia varían por barrios y eso puede determinar la duración y gravedad de las consecuencias de estas dinámicas del apocalipsis deportivo.
Pienso que Huesca no es un lugar particularmente incómodo para gestionar este tipo de situaciones. Afortunadamente estamos más que acostumbrados a tensar el suelo pélvico para conseguir pírricas permanencias que hemos celebrado como si fueran títulos y creo que el aficionado promedio es muy consciente del privilegio que supone estar donde estamos.
Las cuentas pasan por ganar al Albacete y suena a perogrullada apelar a que todos pongamos de nuestra parte para conseguirlo. Ahora bien, en mi opinión la clave de lo que queda por delante está en cómo gestionemos las dificultades que surjan, bien para imponernos a los manchegos (si alguien piensa que hay partidos fáciles, que recuerden lo sucedido con el Mirandés), bien si por la razón que sea no se puede ganar.
Todo apunta a que tocará pelear la permanencia hasta posiblemente el último minuto de la temporada.
Lo que venga ahora no lo decidirá ni la suerte, ni la ansiedad, ni la “derrotamina” que tanto nos gusta despachar en redes. Lo decidirá nuestra capacidad de no abrasarnos vivos cada vez que algo sale mal. Si en lugar de anestesiarnos con derrotas o emborracharnos con victorias somos capaces de mantener el tipo, igual resulta que este equipo —con todas sus limitaciones— tiene bastante más vida de la que algunos llevan semanas certificando. Y quizá entonces, justo entonces, podamos guardar la hemeroteca del apocalipsis para otro año y recordar que en Huesca las permanencias siempre llegan sudando, pero llegan… y se celebran.