Amigos, este sábado hemos sido víctimas propiciatorias de una primavera que nos ha explotado en la cara nada más salir desde Castillazuelo.
En todas nuestras excursiones seguimos unas pautas que difieren mucho de las nuevas tendencias tan cercanas al deporte de competición. Sí, el montañismo romántico nos ha cautivado desde siempre y es un horizonte al que dirigirnos a pesar de que el montañismo de hoy en día consigue más adeptos gracias a la concurrencia. Es cierto que los nuevos socios MAB son cada vez más jóvenes, más inquietos y numerosos, más populares; como nuestros colegas de la sección de Trail, quienes este fin de semana correrán la carrera de la Fueva y ojalá que dejen el pabellón del Club en lo más alto.
Sin embargo, l@s de Marcha Nórdica, privilegiamos de forma unánime salir a caminar desde Castillazuelo para disfrutar oliendo a tomillo, romero y espliego; siendo hipnotizad@s por el amarillo chillón de las aliagas en flor y sintiendo esa relajación tan placentera del verde esperanza tiñendo los sementeros que flanquean el camino. La comunión con las plantas es tan grande que incluso nuestra guía Esther, buena conocedora del terreno, explica sus riquezas y propiedades e incluso invita a llevarnos a la boca flores u hojas inofensivas.
¡Son tan bellas que apetece comerlas…!
El encanto no sólo está en el exterior. Dentro del grupo se respira una tranquilidad tan cómplice como afable. Una amistosa tranquilidad que solo se ve alterada cuando las monitoras deciden hacer grupos y presentarnos a una reválida del estilo y la técnica de la Marcha Nórdica más genuina.
Nada mejor que un cruce de cuatro caminos para dividirnos en las cuatro direcciones opuestas y seguir prosperando en el uso de los bastones. Sí, gracias a los magistrales consejos de las compañeras, coordinamos con equilibrio las cuatro extremidades. Alargamos tanto el paso que de nuevo rompemos la tranquilidad. Sentimos el acelerón como si fuera un despegue suave porque con la ayuda de brazos y piernas aumentamos el rendimiento hasta el 110 por ciento.
La pasión por mejorar acelera los ánimos hasta que en un pequeño descanso volvemos la vista atrás, al norte, para jugar a adivinar las cimas del quebrado horizonte pirenaico. Se muestran blanquísimas tras un invierno plagado de precipitaciones.
Ascendemos lentamente para rodear la partida de la Guardia mientras observamos, por el sur, la escuela de Valcheladas, verdadera cuna de escaladores en los años setenta del pasado siglo.
La armonía de estas paredes calcáreas se vio rota hace pocos años cuando reanudaron la excavación de la antigua cantera. Ahora, finalizada definitivamente su explotación, vemos con agrado cómo la herida blanca que rasgaba sus entrañas está siendo cubierta de tierras para restablecer la cubierta vegetal de esta montaña, hermana pequeña de la montaña del Pueyo.
La belleza de nuestra atalaya más representativa, El Pueyo, produce sensación de agrado y recogimiento. Entre esas cuatro paredes se guarda el origen cristiano y milagroso de un Barbastro milenario.
Una vez superado el punto más alto de la excursión y tras una última mirada al sur hacia Berbegal, Laluenga y Lagunarrota con sus molinos, volvemos a girar al norte en un descenso que se muestra tan placentero como fue el ascenso.
La templada mañana de primavera nos ha hecho explotar desde dentro como una florecilla más de esas que hemos visto abrirse al sol.
Es increíble, parecemos rejuvenecer de regreso a Castillazuelo…
Como las flores al borde del camino…