El Huesca-Albacete ha sido un punto de inflexión. Por vez primera se han escuchado voces de reclamación de la marcha del entrenador. Y nunca hasta ahora el propio Pérez Bolo había exhibido tal defensiva ante las preguntas de los informadores, una de ellas abortada por una respuesta intempestiva: "Estoy fuerte aunque esto me lo preguntáis siempre". El técnico vizcaíno, además, siempre había expresado categóricamente que a final de temporada todos celebraríamos juntos la continuidad en el fútbol profesional. Atención a la expresión de esta tarde lacónica: ""No sabemos lo que va a pasar a final de temporada".
Este cambio de discurso y de entonación del siempre correcto técnico es la expresión palmaria de la falta de soluciones desde el banquillo que inducen a la confusión de un plantel de jugadores que exhiben más carencias que fortalezas, fruto de una planificación deportiva veraniega nefasta con nombre propio en la responsabilidad y de una insuficiencia en el fortalecimiento en invierno. Centrocampistas que parecen bailarines haciendo escorzos mientras los rivales les marean con su presión alta, laterales de broma, delanteros Crusoe -náufragos en una isla imaginaria-, centrales dedicados a achicar aguas y un espléndido meta que incluso ha llegado hoy a una cierta inseguridad. Una falta de equilibrio que constata que no hacen falta jugones, sino jugadores. Y, si puede ser con compromiso, que hasta se puede poner en entredicho, mucho mejor.
Paradójicamente, después de temporadas de catástrofe institucional, la recuperación de una normalidad en las cuentas y el cambio de estatus económico en la Segunda División está trayendo los mayores quebraderos de cabeza. Quizás venga a suceder que en el reparto de roles, no ha habido consciencia de que los que son buenos consiguiendo patrocinios no tienen porqué ser eficientes gestionando la parcela deportiva, por más que crean que saben horrores de esto del cuero rodante entre veintidós tipos en calzones y camisetas calzados con borceguíes. Asegura la propiedad que mantiene la confianza plena en Bolo, y este firmante cree más en la doctrina de Descartes, para investigar la verdad es preciso dudar, en cuanto sea posible, de todas las cosas.
Esta misma noche y las horas siguientes los máximos responsables están llamados a la reflexión y a la duda, como constatación de su inteligencia y respeto a la afición que, en estos momentos, está legítimamente atribulada. Un respetable que, contrariamente al anuncio, no ha llenado ni de lejos las gradas, despoblamiento achacable a la lluvia o a la celebración de la Vaclav Nijinsky, ni una ni otra. Cuando los resultados se resisten, la pasión se merma, un escenario en el que los directivos no pueden permitirse la desidia o el inmovilismo. Más bien al contrario, el análisis, la balanza de los pros y los contras de cualquier decisión o de toda dejación.
No tengo la solución y me aplico a la máxima de Descartes: dudo. Tampoco es la misión de un periodista la imperativa. Tan sólo la de remover la batidora desde una consciencia no perfecta de que Jon Pérez Bolo no está acertando y, si tiene soluciones, hasta hoy no las aplica adecuadamente. No sirve entrenar extraordinariamente, como reitera, porque el único deporte en que las previas dan puntos es en el motociclismo. Y aquí no tenemos nadie que vaya como Marc Márquez.
Eso sí, este Huesca necesita un esprint, y es imprescindible que los jugadores den un paso adelante y que el banquillo aporte. No necesitamos a su inquilino fuerte, sino clarividente. El músculo lo tienen que poner los jugadores y la inteligencia táctica el míster. Quiero creer, pero me cuesta. Como seguro que el Consejo ratificará su continuidad, espero brindar con manzanilla de Málaga, y hasta ese día FSSR con Bolo. De no traer algo positivo, la manzanilla habrá de ser de infusión amarga. Nos jugamos mucho, sobre todo la afición, que merece abandonar el viacrucis de sufrimiento. Toda determinación ha de ser enfocada a ella, por más que sea traumática. Todos somos contingentes, menos el respetable.