Recuerdo a un humorista en un programa radiofónico en el que, ingeniosamente, se refería a uno de los mantras de moda en el pensamiento de los conferenciantes, aquello de que los errores pueden convertirse en oportunidades para la mejora a través del aprendizaje. Quizás ridiculizando la radicalización de este concepto, sostuvo que de los errores se aprende, pero los que enriquecen son los éxitos. Es compatible, pero aclaremos que, de error en error, no se puede construir una carrera de no ser que, de cada uno de ellos, florezcan virtudes que no sólo alivien aquellos, sino que multipliquen el valor del camino.
Definitivamente, el Ibercaja Estadio constituye un talismán para el zaragocismo en el partido más importante del año, el derbi que antaño era palabra despreciada y hoy admitida por la fuerza de los acontecimientos de lustros. Como se decía en tiempos de la Ilustración, por el fiel de los hechos. En el modular, el Huesca de Bolo no compareció hace un año y el de Rudé se ha presentado en sociedad en unos minutos de presencia del modelo de presión alta, hasta que una sucesión de fallos inopinados ha dado al traste con el plan por la parte más dolorosa, la de un Kembo que había sido hasta ahora un valladar y que ha errado más en cuarenta y cinco minutos que en toda la temporada. En su haber, que no se ha descompuesto y ha concluido la segunda mitad dignamente. Otro eje de las últimas jornadas, Gorostidi, ha completado el rosario de los horrores.
Tengo para mí que, por más incontestable que haya sido la victoria zaragocista, además del acierto -los estertores son propios de la desesperación y de la inferioridad-, el Huesca puede ganar a un equipo que, por supuesto, es consistente. Sin los orondos deslices, los azulgranas hubieran ofrecido una versión mucho más competitiva, porque además no han sabido los oscenses navegar en el mar de la adversidad. En esta categoría, penalizan las equivocaciones, las propias y también las arbitrales, cuyo nivel se difumina tanto como las imágenes del FVS. De hecho, Diego Gómez, en buena lid, pudo concluir el partido porque ni una ni la otra acción eran merecedoras de tarjeta. Y, quién sabe, si el banquillo de Rudé hubiera estado avispado, un episodio en el primer tiempo con derribo al gallego reconvertido por el trencilla en falta contraria cuando se iba como una bala hacia la portería podría haber cambiado el rumbo de haber sacado la cartulina azul. Este Huesca está adoleciendo de renuncia a esta herramienta.
Son detalles, empero, que no justifican la derrota, sino que constatan que la apuesta de Rudé es arriesgada si no está revestida de un aspecto nuclear: la concentración. El fallo es humano y admisible, la intensidad es innegociable. Durante minutos del acto inicial, las llegadas y las contenciones deberían haber estado revestidas de mucha mayor precisión y atención. Luego, todo ha quedado desbaratado. Los errores, en el fútbol, aniquilan, pero forman parte de un proceso que es una balanza de tinos y fallos. La apuesta me sigue pareciendo sugerente... de momento. Al final, esto va de que la pelotita entre en el arco contrario y no penetre el propio.