A trece fechas para que concluya una temporada del "sálvese quien pueda", en el que algunos equipos llamados "históricos" como Real Zaragoza, Real Valladolid o Cádiz sufren penurias, la Sociedad Deportiva Huesca, perteneciente a ese otro grupo de pequeños davides que luchan siempre contra Goliats, se afanan por aferrarse al fútbol profesional, ese del que no sale desde aquel ascenso conseguido el 28 de junio de 2015 ante el Huracán Valencia tras un playoff soberbio culminado en El Alcoraz.
Con mucho todavía por jugarse, el equipo azulgrana tiene tiempo para reaccionar, aunque todos sabemos que, una vez llegados a este punto, las semanas y, por consiguiente las jornadas, pasan volando. Estando muy cerca de llegar al ecuador del mes de marzo, a la propiedad y la junta directiva del club altoaragonés le afloran dudas sobre la continuidad del técnico Jon Pérez Bolo (ya hay voces que han cambiado de opinión recientemente). Es normal. De lo contrario sería una locura pensar que, con el equipo en puestos de descenso y con unas sensaciones preocupantes, los máximos dirigentes no se plantearan un cese por el que ya han optado varios equipos de la zona baja de la clasificación (Cultural Leonesa, Real Zaragoza la semana pasada y Cádiz este mismo lunes).
El entrenador bilbaíno firmó un contrato hasta junio de 2027, por lo que cesarlo supondría un importante desembolso para el club. Además hay que sumar el anterior despido por el que Sergi Guilló, que había firmado hasta junio de 2026, también abandonó el club cuando el equipo estaba fuera de los puestos de descenso, aunque en una situación bien peligrosa. Sobre todo por sensaciones. Ahora, ni los números dan ni las sensaciones son positivas.
La realidad es que la llegada de Bolo supuso una especie de "revolución de contención". Es decir, tal y como expresaba el presidente, Agustín Lasaosa, en el programa "Sin Reblar" allá por el mes de diciembre, lo que hizo Bolo fue poner "un orden lógico" de los jugadores sobre el césped. Ante tanto cambio por el que apostaba Guilló en cada once, Bolo llegó, apostó por la veteranía y dejó bien claras cuáles eran sus futbolistas titulares. A priori, la fórmula podía funcionar.
Borja Jiménez, actual técnico del Real Sporting, aseguraba en una entrevista en el podcast OffSiders, que el ingrediente para triunfar en Segunda División es conformar un equipo, aludiendo a la fuerza de grupo. Añadía que, tras su paso por Primera División, se había dado cuenta de que en la máxima categoría la diferencia está en que las individualidades cobran un mayor protagonismo, básicamente porque los futbolistas que están ahí ya han tocado el cielo de la Primera. En cambio, los jugadores de Segunda saben que deben unir fuerzas para ascender con el equipo y ganarse un contrato en Primera. "Los futbolistas de Primera son más egoístas", decía.
Quizás por centrarse más en los futbolistas que en el equipo, el técnico del Huesca no ha sabido encontrar un plan claro de ejecución para meter mano a los rivales y su idea, entre tanto jugador perdido y muy lejos de sus mejores niveles, se ha diluido por completo. Porque el Huesca, en estos momentos, está muy cerca de la salvación, pero muy lejos de ser un equipo.
Lo que resta de marzo será una especie de bucle por tierras andaluzas, primero con la visita a Málaga, para después volver a Huesca y medirse al Almería antes de cerrar el mes en la ciudad nazarí ante el Granada. Abril llegará con tres partidos clave en El Alcoraz ante Cultural -rival directo-, Deportivo y el derbi ante el Real Zaragoza.
Como bien decía tras el empate ante el Albacete mi amigo Antonio Escar -siempre sana leer sus reflexiones en X-, es recomendable, "incluso responsable, tratar de buscar ese impulso" para que el equipo se levante de una vez. Tiempo hay, pero el reloj corre cada vez más rápido. La Segunda División no perdona, y la falta de mando en decisiones de magnitud, tampoco.