Ha sido tan caprichosa esta temporada culminada en tragedia que ha colocado una senda de espejismos a los que agarrarse frente a la realidad tozuda. Que si y si, que si nos queda una fórmulta trigonométrica, que si los algoritmos pueden dar, que si el Cádiz es carne de cañón (un equipo que no ha estado en toda la temporada en descenso). Desde hace jornadas, las matemáticas se empeñaban en poner la muleta a las sensaciones, sin saber que en el arte del engaño (no el de la tauromaquia, sino el del balón redondo) dos y dos son cuatro, y cuatro y dos son seis.
Probablemente la ventaja es que, más allá del voluntarismo, el panorama estaba totalmente dibujado. En las fases del duelo de Elisabeth Kübler-Ross, creo que ya debiéramos tener superada la de negación y con las protestas al final del partido quedan para el césped del pasado las iras. Sí, volverán estos días las oscuras golondrinas de la depresión, en forma de remembranzas. Que si el desafortunado director deportivo, que si la feble determinación frente al susodicho del Consejo de Administración, que si el desacierto en la trinidad de entrenadores, de mal en peor como corresponde a las evoluciones "murphyanas", que si la crisis almeriense de Pulido, que si las marchas de Ángel y Korta, que si el incalificable mercado de invierno, y la cuesta abajo sin frenos.
Este Huesca-Castellón es la condensación de toda la temporada. Laterales que no son laterales, centrales temblorosos, centrocampistas carentes de músculo, atacantes especialistas e incompletos, cambios de frenopático desarmando el armazón, un banquillo pletórico de mercado de invierno incompetente... Y la derrota. Es la consecuencia, el reinado de la lógica.
Existe la opción lloriqueante, pero sinceramente pienso que el autoengaño es la peor de las elecciones. Esta temporada que había de ser la de la ilusión, como anunció el Consejo (olvídense de directiva, eso ya no existe), ha sido la de la catástrofe, sencillamente porque todo se ha hecho con la mejor de las intenciones y todo se ha saldado con el peor de los aciertos.
Es tiempo de aceptación. Ya mismo, porque no prepararnos para lo peor, cuando lo peor estaba abrumándonos, es sólo la opción de los verdaderamente perdedores. De los ignorantes de las leyes del deporte. Y sé que incomodaré a alguien, pero a mi edad... Hay que recobrar la senda de la humildad, la que llevó a este club a lo más alto, la que perdió por el camino hace años y no se ha reconducido éste. Nuevo director deportivo, nuevo entrenador y la necesidad de una filosofía sencilla, respetuosa y, sobre todo, que mire a la cara al aficionado, cuyo ejercicio ha sido hercúleo, increíble. Que, aunque no lidere oficialmente, es el motor y la razón de ser del Huesca.
Es tiempo de trabajar. Me viene a la memoria el personaje Fermín, de La Sombra del Viento de Carlos Ruiz Zafón: el destino está a la vuelta de la esquina; puede ser una furcia, un chorizo o un vendedor de loterías, pero lo que no hace es visitas a domicilio. Así que la reconquista no es negociable, es una meta para la que hay que tomar la senda recta y firme. Con mucho dolor y arrumbado por la emoción, quiero proclamar la mayor grandeza de este club: Fieles Siempre Sin Reblar.