La persiana de la panadería L’Artesa se ha bajado este martes como cualquier otro día, pero la escena interior no ha tenido nada de rutinaria. En el número 55 de la calle Martínez de Velasco, en el barrio de la Encarnación, el matrimonio formado por Conchita Lacasa Correas y Luis Sanagustín Abadía han vivido una despedida inesperada, preparada en silencio por los vecinos, en lo que ha sido su último día de trabajo.
Conchita ha descrito las últimas semanas como un desbordamiento emocional. Lo ha resumido con una frase que condensa el momento: “Hala, un mes llevo yo con emociones, con sentimientos encontrados, lloro, río”. Ha asumido la pena de cerrar la panadería, pero también ha expresado serenidad por la jubilación de su marido. “Estoy muy triste por dejar esto, pero muy feliz por él”, ha dicho, todavía sorprendida: “No me lo podía imaginar”.
Luis ha llegado al final sin alterar el paso. Ha trabajado hasta este martes, cuando ha puesto término a una vida entera ligada al oficio. El homenaje no ha entrado en sus previsiones. Se comentaba algo, ha reconocido, pero ha preferido callar. La respuesta del barrio, han coincidido, les ha desbordado.
La panadería L’Artesa ha sido un negocio heredado y sostenido en el tiempo. Conchita ha recordado una continuidad familiar que arranca en bisabuelos y atraviesa generaciones. Su hermano Miguel Antonio ha precisado que los antepasados ya elaboraban pan y que el abuelo afianzó el horno en Tierz. Luis ha añadido que el aprendizaje no fue académico, sino diario, desde la infancia.
En la Encarnación, Conchita ha puesto cifras al cambio del entorno. Cuando llegó, existían siete puntos de venta; con el cierre, solo quedaba el suyo. Ha permanecido 27 años al frente del establecimiento y ha defendido una función que iba más allá del mostrador. “Es una tienda de barrio que tiene que haber en todos los sitios”, ha dicho, lamentando que este modelo se esté perdiendo.
Juan Palacios ha detallado una organización silenciosa. La iniciativa partió de Joaquina y durante varias semanas se ha reunido dinero en un comercio próximo, bajo consignas claras de discreción. Entre 60 y 80 personas han acudido a la despedida, en la que no han faltado las jotas. El cierre, ha advertido, deja un vacío evidente: menos calidad alimentaria, menos trato directo, menos vida cotidiana.
Conchita ha cerrado la jornada con gratitud. Sabía que era apreciada, pero no en esa dimensión. “Yo aquí he sido muy feliz”, ha afirmado. Y aunque ya no esté tras el mostrador, ha dejado claro que el vínculo continúa: “No me voy a olvidar del barrio”.