Hay vocaciones que llegan sin anunciarse. Basta una tarde cualquiera, una amiga del barrio y unas clases de jota para que el azar termine convirtiéndose en el hilo conductor de toda una vida. Así comenzó el camino de Ana Laplana, que con el tiempo pasó de ocupar un lugar entre los alumnos a asumir la responsabilidad de formar a quienes hoy mantienen vivo el baile en Estirpe de Aragonia.
"Fue algo que empecé por casualidad. No había tantas extraescolares como ahora y nos apuntamos una vecina y yo. Me picó el gusanillo de la jota y hasta hoy. Recuerdo que siempre iba con ilusión y ganas de aprender; eran un par de horas a la semana que siempre disfrutaba".
Aquellos primeros pasos encontraron muy pronto un referente que marcaría para siempre su forma de entender el escenario. La técnica fue importante, pero nunca suficiente. Lo que realmente acabó definiendo su manera de bailar fue la capacidad de emocionar, de convertir cada interpretación en una expresión sincera. "Más que en una gran técnica, que es importante, me fijo en lo que puedan transmitir los bailadores. Pienso que todos aportan algo y de todos se puede aprender".
Ese aprendizaje tuvo un nombre propio. Carlos Vidal fue el único maestro con el que se formó y la persona de la que conserva algunas de las lecciones que todavía hoy procura transmitir. "Sonreír, siempre. Carlos bailaba con una sonrisa en la boca y, unido sobre todo a su gran elegancia en el baile, lo hacía único".
Los recuerdos se acumulan después de tantos años de ensayos, festivales y actuaciones, pero no todos ocupan el mismo lugar. Hay momentos que permanecen por el significado que esconden más allá del escenario. "Hay uno que me enorgullece y emociona especialmente: el Villancicosca, un festival que organiza Estirpe en el que participan numerosos grupos folclóricos y corales para recaudar fondos para causas solidarias". Entre todas las citas del calendario también reserva un espacio especial para las fiestas de la ciudad. "Otro momento siempre emocionante es actuar delante de San Lorenzo cada año".
Fuera de los focos, la jota también le ha regalado algunos de los recuerdos más íntimos de su vida. No habla de premios ni de reconocimientos, sino de afectos. "Nunca olvidaré una fiesta sorpresa de mis cincuenta años. Celebrarlo con mi familia de sangre y mi familia jotera fue muy emocionante".
Como profesora, su mayor aspiración no consiste en reproducir un estilo determinado, sino en conseguir que cada alumno encuentre el suyo. "Que disfruten bailando y lo transmitan al público que nos esté viendo".

Para Ana Laplana, preservar el folclore significa proteger una parte de la identidad colectiva sin renunciar a mirar más allá de las propias fronteras. Defiende las tradiciones porque cree que ayudan a comprender quiénes somos, aunque esa convicción no le impide admirar las de otros pueblos. "Pienso que hay que defenderlo y mantenerlo, no solo el nuestro, sino todos. Particularmente me encanta ver y disfrutar del folclore de cualquier parte del mundo".
Cuando termina una actuación, la satisfacción nunca depende del aplauso. Lo verdaderamente importante es marcharse con la certeza de haber respondido a lo que el público esperaba. "El haber dado todo, haber hecho una buena actuación y que el público se quede contento y con ganas de más".
Quizá por eso le resulta tan fácil definir qué representa Estirpe de Aragonia en su vida. No necesita buscar una explicación elaborada. Le basta una palabra para resumir décadas de convivencia, esfuerzo y amistad: "Familia". Y la desarrolla con una convicción nacida de la experiencia: "Una segunda familia, una familia en la que luchamos para que el grupo y nuestro folclore continúen sin reblar".