La futura reina Sofía quiso escucharla dos veces. Corría la década de los sesenta y, en Frula, un niño de apenas once años acariciaba las cuerdas de una guitarra mientras sonaban los acordes de Los niños del Pireo. La emoción de la entonces princesa fue tal que pidió que aquella melodía volviera a interpretarse durante la comida oficial. Miguel Ángel Fuentes, "Boby", aún conserva intacto el recuerdo de aquella jornada. Probablemente no imaginaba que aquel instante sería el primero de una vida entera dedicada al folclore aragonés.
Desde entonces han transcurrido más de seis décadas de música, escenarios y kilómetros recorridos. Fundador del Grupo Folclórico Roldán del Alto Aragón, guitarrista, secretario en sus primeros años, presidente durante casi dos décadas y, recientemente, Académico de Honor de la Academia de la Jota, Boby ha vivido la evolución del folclore oscense desde dentro, siempre con la discreción de quien ha preferido trabajar por la jota antes que convertirse en protagonista.
La historia de Roldán del Alto Aragón comenzó en 1982, cuando un grupo de aficionados de Huesca y de distintos municipios de Los Monegros decidió crear una formación que preservara las tradiciones musicales y de baile de la provincia. Aquella diversidad geográfica marcó desde el principio la personalidad del colectivo. Músicos, cantadores y bailadores procedían de diferentes localidades, unidos por una misma pasión y por el deseo de llevar el nombre de Aragón allí donde hubiera un escenario dispuesto a escuchar sus jotas.
El reconocimiento llegó mucho antes de lo esperado. Apenas tres años después de su fundación, la agrupación alcanzó la final de un concurso nacional de folclore emitido por Televisión Española y compartió el primer puesto con una formación catalana. Aquel éxito confirmó que el trabajo desarrollado desde Huesca podía medirse con cualquiera. "Íbamos a todos los sitios donde podíamos actuar. Éramos muchísimos; llegábamos a salir veinte músicos y doce parejas de baile", recuerda Boby al evocar aquellos primeros años de intensa actividad.
La evolución del grupo ha sido constante. Han cambiado los directores, los profesores de canto, los responsables musicales y también las generaciones que han pasado por sus filas. Sin embargo, hay elementos que permanecen inalterables. Las jotas oscenses continúan ocupando un lugar esencial en el repertorio y siguen despertando la misma emoción que hace cuarenta años. "Siempre hay una jota que dejamos para el final y es la que nos emociona a todos", explica.
Su propia historia con la música nació casi por casualidad. La primera guitarra que cayó en sus manos había pertenecido a su abuelo, a quien ni siquiera llegó a conocer. Con ella comenzó a dar sus primeros acordes hasta descubrir que aquel instrumento terminaría acompañándole durante toda la vida. La afición fue creciendo poco a poco, alimentada por amistades, profesores y encuentros con otros aficionados de la provincia, hasta desembocar en la creación de una agrupación que hoy forma parte del patrimonio cultural oscense.
Aunque durante muchos años asumió responsabilidades organizativas como presidente del grupo, Boby nunca dejó de sentirse músico. Su labor consistía en coordinar actuaciones, mantener viva la actividad de la asociación y asegurar que nunca faltaran personas dispuestas a cantar, bailar o tocar. Esa filosofía de colaboración sigue siendo una de las grandes fortalezas del folclore aragonés. Cuando una agrupación necesita un guitarrista o un músico para completar una actuación, basta una llamada para encontrar ayuda entre quienes comparten la misma pasión.
Su trayectoria también le ha llevado más allá de Aragón. Ha actuado en numerosos escenarios de toda España, ha viajado en dos ocasiones a República Dominicana y desde hace tres décadas colabora igualmente con el grupo folclórico de Grañén, convencido de que la jota siempre ha crecido gracias a la colaboración entre personas y asociaciones. Para Boby nunca han existido fronteras entre agrupaciones, sino compañeros unidos por un mismo objetivo.
El reconocimiento más reciente llegó de forma inesperada. Su nombramiento como Académico de Honor de la Academia de la Jota supuso una de las mayores emociones de su trayectoria. "No me lo esperaba ni muchísimo menos. Me hizo muchísima ilusión", confiesa al recordar una distinción que interpreta como un homenaje a toda una vida dedicada al folclore. Más que un premio individual, siente que representa el trabajo compartido por tantas personas que durante décadas han mantenido viva la música tradicional aragonesa.
Después de tantos escenarios, de tantos viajes y de miles de acordes acompañando voces y bailes, Boby sigue respondiendo con la misma sencillez cuando le preguntan qué tiene la jota que ninguna otra música consigue ofrecerle. "Para mí la jota es el folclore de Aragón", afirma. En esa frase cabe toda una vida. También la de aquel niño de Frula que un día emocionó a la futura reina Sofía con una guitarra y que, sin saberlo, acababa de iniciar un camino del que nunca volvería a separarse.