Las fiestas de San Lorenzo todavía no han comenzado y uno de sus protagonistas más inesperados ya ha abierto el debate. No porque nadie desconociera su llegada —el Ayuntamiento había anunciado hace días la instalación de 20 urinarios autónomos masculinos repartidos por distintos puntos de la ciudad—, sino porque verlos ya colocados ha despertado comentarios de todo tipo.
La apuesta municipal responde a una lógica difícil de discutir. Durante las fiestas, encontrar un baño libre puede convertirse en una auténtica odisea. Miles de personas llenan las calles durante horas y no son pocos los que, ante la falta de aseos cercanos, acaban recurriendo a un portal, una esquina o una fachada. Si estos urinarios consiguen reducir esas escenas, pocos vecinos echarán de menos las soluciones improvisadas de otros años.
La experiencia, además, invita al optimismo. El pasado San Lorenzo se instalaron seis urinarios de este tipo y el Ayuntamiento considera que funcionaron lo suficientemente bien como para ampliar el dispositivo hasta las 20 unidades. Cada una dispone de cuatro puestos, de modo que hasta 80 personas podrán utilizarlas simultáneamente, un refuerzo que se suma a los 22 aseos portátiles que ya se instalan cada año.
Pero, como suele ocurrir con las mejores ideas, la realidad siempre pone sobre la mesa algunas preguntas. La primera tiene que ver con el pudor. Los urinarios se han colocado en calles secundarias y adyacentes a las zonas con mayor afluencia, buscando cierta discreción sin alejarse demasiado del ambiente festivo. Aun así, siguen siendo espacios abiertos. ¿Vencerá la necesidad a la vergüenza o habrá quienes prefieran seguir buscando un baño convencional antes que compartir unos segundos con otros tres desconocidos?
Otra incógnita solo podrá responderla San Lorenzo cuando las peñas lleven unas cuantas rondas encima. Porque no todos llegan al baño con la misma precisión. En una noche de fiesta, la puntería no siempre acompaña. La pregunta resulta inevitable: ¿acertarán todos dentro del urinario o parte del líquido terminará en el suelo, sobre el propio dispositivo o alrededor? Si eso sucede de forma habitual, el problema dejaría de estar en el depósito para trasladarse al pavimento y al entorno inmediato.
Y hablando del depósito, ahí surge otra duda. Estos urinarios no están conectados al alcantarillado. Cada uno cuenta con una capacidad de 400 litros, suficiente para más de 1.300 usos, y el contrato contempla un vaciado diario mediante un vehículo especializado, además de la limpieza con agua a presión y productos neutralizadores de olores.
Sobre el papel parece suficiente. Pero entre una limpieza y la siguiente transcurren muchas horas de calor, miles de personas y un uso intensivo. ¿Será bastante para mantener los malos olores a raya o quienes tengan uno de estos urinarios bajo la ventana acabarán bajando la persiana hasta que termine la fiesta?
El debate deja además otra reflexión. Ellos dispondrán de veinte urinarios repartidos por distintos puntos de la ciudad para resolver una necesidad en apenas unos segundos. Ellas seguirán dependiendo exclusivamente de los aseos portátiles tradicionales. Si el objetivo es agilizar las colas y mejorar la limpieza de las calles, hay quien ya se pregunta si ha llegado el momento de buscar soluciones igual de rápidas para las mujeres.
Mientras tanto, el ingenio oscense ya ha empezado a hacer de las suyas. No faltan quienes bromean con convertir estos módulos en el nuevo punto de encuentro de las fiestas, quienes celebran cualquier medida que contribuya a mantener la ciudad más limpia y quienes prefieren esperar al 16 de agosto para dictar sentencia.
Porque, al final, el éxito de estos urinarios no dependerá de su diseño ni de las bromas que inspiren, sino de algo mucho más sencillo: que cumplan su función sin convertirse ellos mismos en un problema.