Hay despedidas que no llegan por agotamiento, sino porque quien las protagoniza sabe reconocer el momento exacto en el que una historia debe ceder el testigo a la siguiente. José Luis Ramos se despidió el 10 de agosto de la Agrupación de Danzantes de Huesca después de 53 años vistiendo el traje de danzante. Lo hará con 75 años, convertido probablemente en el integrante en activo de mayor edad que ha tenido la formación, y con la serenidad de saber que el lugar que deja no permanecerá vacío. Ese mismo día, su hijo, que lleva su mismo nombre, inició el camino que él comenzó hace más de medio siglo, en un relevo cargado de simbolismo que une dos generaciones bajo una misma pasión por una de las tradiciones más arraigadas de San Lorenzo.
La noticia sorprendió a sus compañeros cuando, a finales de abril, anunció durante una asamblea que aquellas serían sus últimas fiestas. Nadie esperaba aquella decisión. Ni siquiera él había imaginado unos meses antes que estuviera tan cerca el final de una trayectoria iniciada en 1973. Explica que la idea fue tomando forma lentamente, sin que existiera un acontecimiento concreto que precipitara la despedida, sino como consecuencia de pequeñas señales que terminaron convenciéndole de que era el momento adecuado para cerrar una etapa. "No lo pensaba el año pasado; ni se me pasaba por la cabeza. Me gusta hacer las cosas muy bien y ves que el cuerpo se resiente, que ya no aguanta igual el calor. Valoré todo eso y pensé que era el momento".

Insiste en que nadie influyó en esa decisión. Ni su familia ni su hijo le plantearon dar ese paso. La determinación nació exclusivamente de él, aunque reconoce que todo resultó más sencillo cuando comprobó que el relevo estaba asegurado. "Estoy muy contento porque sale mi hijo en mi puesto y eso es un orgullo muy grande", afirma.
Pocas despedidas pueden resumir tan bien el sentido de la continuidad. Mientras un padre pondrá fin a más de cinco décadas de compromiso con el dance, un hijo comenzará oficialmente una trayectoria que, en realidad, empezó mucho antes de vestir por primera vez el traje de danzante. Durante años ha observado desde muy cerca esa forma de entender la tradición que ahora ha tenido la oportunidad de vivir en primera persona.

INICIO A LOS 22 AÑOS
La relación de José Luis Ramos con la agrupación comenzó en 1973, cuando tenía 22 años. Fue Cristóbal Bellón, marido de una hermana de su padre, quien pensó en él para ocupar una plaza vacante. Eran otros tiempos, cuando las mujeres todavía no podían formar parte de los danzantes, y una circunstancia familiar acabó abriendo una puerta que cambiaría su vida para siempre.
Aceptó sin dudarlo, aunque recuerda perfectamente el respeto con el que afrontó aquellos primeros ensayos. Con el paso del tiempo, aquella inquietud inicial fue transformándose en una convicción profunda sobre el verdadero significado del dance. Para él, la esencia nunca ha residido únicamente en ejecutar correctamente los pasos, sino en comprender el valor de una tradición transmitida de generación en generación. "Estaba muy nervioso. Entrar en una agrupación tan querida y tan emblemática imponía muchísimo. Hay que vivirlo y sentirlo. Si no, es complicado", resume.
Después de más de medio siglo bajo el traje de danzante, continúa hablando de emoción antes que de técnica. Considera que cada baile posee una personalidad distinta y se resiste a establecer preferencias, aunque reconoce con una sonrisa que su hijo siente una especial predilección por las danzas de espadas y palos. Él, en cambio, no encuentra motivos para elegir. "Cada uno tiene un encanto especial", asegura.
Mirando hacia atrás, tampoco cambiaría ninguna de las decisiones que tomó aquel joven de veintidós años. Lo que comenzó como un compromiso adquirido casi por casualidad terminó convirtiéndose en una parte inseparable de su identidad y en una de las experiencias más importantes de su vida.

LOS MOMENTOS MÁS IMPORTANTES
Cincuenta y tres años dentro de la agrupación ofrecen una perspectiva privilegiada sobre la evolución de las fiestas y de la propia ciudad. Sin embargo, cuando repasa los momentos que más le han marcado, no recurre a una relación de actuaciones o aniversarios. Prefiere hablar de aquellas jornadas que permanecen intactas en la memoria muchos años después de que termine la música.
Entre todas ellas sobresale la primera peregrinación a Roma, organizada en 1985 para rendir homenaje a San Lorenzo junto a su sepulcro. Seis autobuses partieron desde Huesca en un viaje que reunió a centenares de oscenses alrededor de su patrón. La celebración de la eucaristía ante la tumba del santo, presidida por el cardenal oscense Javier Lozano Barragán, convirtió aquella expedición en uno de los episodios más recordados por toda una generación de danzantes. Años más tarde regresó a la capital italiana, aunque admite que ninguna experiencia igualó la intensidad de la primera. "Aquello fue un acontecimiento muy importante. La segunda estuvo muy bien, pero la primera -suspira- aquello no se olvida".
Otro recuerdo ocupa igualmente un lugar destacado en su memoria: la procesión extraordinaria del Santo Cristo de los Milagros, celebrada en 2019, cuando la imagen recorrió por primera vez el trayecto entre la Catedral y la basílica de San Lorenzo acompañada por los danzantes. Aquella jornada tuvo para él un significado especial porque enlazaba con las historias que escuchaba siendo niño a su bisabuelo, quien le hablaba del milagro atribuido durante la peste y de la profunda devoción que siempre despertó entre los oscenses. "Fue un acontecimiento muy importante para Huesca", resume.

Durante más de cinco décadas también ha contemplado cómo se incorporaban nuevas generaciones, cómo evolucionaba la agrupación y cómo cambiaban algunos aspectos de las fiestas sin alterar su esencia. Nunca ha medido su trayectoria por el número de actuaciones ni por los años acumulados. De hecho, apenas concede importancia a un dato que habla por sí solo: haber llegado a los 75 años como danzante en activo. Nunca se propuso batir ninguna marca; simplemente continuó saliendo cada mes de agosto mientras la ilusión y las fuerzas caminaron de la mano. "Nunca he conocido a nadie que llegara a esta edad bailando. Los hubo con 60, con 65, pero con 75, no".
Este lunes llegó el momento de decir adiós. Pero quedan las amistades forjadas durante más de medio siglo, los recuerdos que evoca con varias generaciones de compañeros y la satisfacción de haber dedicado buena parte de su vida a preservar una tradición inseparable de la identidad oscense. Disfrutó con su último baile e hizo disfrutar a los demás. No cierra únicamente una trayectoria excepcional, también ha abierto la puerta a otra. El apellido Ramos seguirá ocupando el mismo lugar entre los danzantes de San Lorenzo.